Opinión

Los días del demonio

Por: Luis Corona

El frío empieza a disminuir, mientras los colores brillantes se tornan en secos tonos ocre. El ligero roce, del extraño aire otoñal, me produce un escalofrío que perfora mi columna de principio a fin. Con todo eso, no puedo evitar sentir la ambigüedad de sentimientos que me arrebatan todo sentido de lógica. Viajo lentamente a una espeluznante parte de mi pasado, una que pasé años tratando de borrar de mi memoria.

Ahora que las espectrales sombras del suelo se pintan monstruosas, ahora que las hojas caen de los arboles, ahora que acaba el año número treinta de mi inútil vida, sería tan ridículo como imposible seguir negando la horrible realidad que estuve tratando de obscurecer, en lo que llevo de vida adulta: mi infancia.

Mi fantasía atraviesa la ventana del salón. Soy a la vez maestro, tal vez solo porque tengo que serlo, e infante. En un mismo plano. Me esfuerzo por mantenerme cuerdo, mientras una jovencita de ojos grandes continua su exposición. Pero no puedo evitar sentirme niño, otra vez.

Escucho la rasposa voz del locutor de televisión interrumpiendo al demencial Pato Lucas y al elegante “conejo de la suerte”. Se ha escapado, su rostro me va a perseguir por siempre. Sus ojos desorbitados, su barba descuidada y sucia, la baba escurriendo de sus dientes amarillos; ese es el retrato de mis pesadillas.

Todas las caminatas a casa se convirtieron, desde ese momento, en una paranoica persecución. La nada, mis miedos contra mi figura de niño pequeño. Los converse sucios se fregaron más en esa espantosa carrera a casa, después de la escuela.

La niñera consolaba algunos de esos temores con un ligero y grosero desinterés, y me quedaba solo, a merced de las figuras de cruz del “Hijo de Dios”, como único alivio a los carteles que dicen: “se busca asesino prófugo”.

Fue una noche después de orar, que ahora me parece tan inútil, después del beso de las buenas noches, en ridícula pijama de seres del espacio, cuando en medio de la obscuridad sentí la presencia del intruso y vislumbré la figura del aterrador gorila.

Al principio asocié esa aterradora experiencia a mi descarriada imaginación. Pero cuando los sonidos se hicieron más lúcidos y los dedos me tocaron, caí en cuenta de que no era un sueño.

Sus manos se aferraron con brusquedad a mi tronco, me levantó como a una muñeca de trapo y plantó la fina y fría punta del cuchillo en mi yugular. Pero ahora soy adulto, vuelvo a mi salón, con mis alumnos tan jóvenes. Deseo que jamás tengan un retorno a la infancia como los que ahora tendré yo.

En estos días del demonio, que no nos pertenecen, pero en los que irremediable vivimos. Maldito octubre, que mis viajes a la niñez no son más que mi retorno a las profundidades del infierno.

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