Opinión

Los logros de Peña a dos años de gobierno

La política y la ciencia

Por: Marta Gloria Morales Garza

Del análisis del segundo informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto, y pese a los pocos resultados obtenidos en materia económica y social, se pueden deducir dos logros —en el ámbito político— para el mandatario y el grupo al que pertenece.

En cuanto a la parte económica no hay mucho qué decir: no hubo ni crecimiento en empleo ni en lo económico. El aumento de la población fue mayor que el crecimiento económico, lo que aumenta la tasa de desempleo y anula al anterior. La promesa de que todas las reformas permitirían un mayor desarrollo de la economía no se ha cumplido y eso pone a Videgaray ante una situación bastante delicada, de cara al tercer año de gobierno y ante la falta de resultados en la micro y macroeconomía.

El primer gran logro político de la administración de Peña Nieto son las famosas once reformas estructurales —que ni son once ni son reformas, como veremos más adelante— y el llamado “Pacto por México” que las hizo posibles al neutralizar a la izquierda, que se había comportado como una férrea oposición ante las propuestas legislativas del PRI y el PAN.

Así, el segundo gran logro es, justamente, la práctica aniquilación de la izquierda, que —en el caso de un gobierno de derecha como el de Peña Nieto— conduce a la aprobación de todas las reformas que la izquierda había estado combatiendo.

Respecto al primer logro, el presidente ha hablado de once reformas, pero se trata más bien de muchos cambios a leyes ya existentes, por lo que tampoco se trata de «reformas estructurales»: éstas se refieren a cambios legislativos que, en principio, suponen una reforma constitucional, y que además son de gran envergadura, rompen tradiciones o tendencias que habían tenido la economía o la política en México.

En ese sentido, reconozco —cuando mucho— apenas cinco; podría mencionar una sexta, pero la reforma que ellos llaman «fiscal» es más bien meramente hacendaria, porque es impositiva, no completamente fiscal.

La primera de estas reformas es, entonces, la laboral: originalmente enviada por Felipe Calderón pero aprobada en noviembre de 2012 —con todos los votos de la izquierda en contra— durante el periodo de Peña Nieto, con éste ya como candidato electo, aunque aún no asumía el cargo. Ésta sí es una reforma estructural, muy solicitada por los empresarios con anterioridad; aunque, una vez aprobada, éstos insistieron en que no había sido suficiente.

Supuestamente, la reforma laboral incidiría directamente en el aumento del empleo y el crecimiento económico pero hasta la fecha eso no ha sucedido. Medidas como la contratación por honorarios, los contratos a prueba y el outsourcing fueron legalizadas con esta reforma. De pronto, todos los que vivían en la ilegalidad se volvieron legales y eso es, justamente, lo grave de estas reformas: se convierten en ciudadanos decentes aquellos que llevaban a cabo prácticas ilegales.

En segundo lugar está la reforma energética: otra vez, la toda izquierda votó en contra (me congratulo de que en nuestro país aún existe —al menos— una izquierda que se preocupa por defender a los trabajadores, aunque sea pequeña). Aún así, la reforma energética es un tema nacional, más que estrictamente de izquierda; de ese nacionalismo revolucionario que se inaugura en la época cardenista.

Luego está la reforma educativa, en la que la izquierda vota dividida: mitad a favor y mitad en contra. A pesar de ello, por supuesto, los votos del PRI, PAN y los partidos pequeños permitieron su aprobación. Lo mismo ocurre en la reforma de telecomunicaciones, aunque  en ese caso todas las fracciones tuvieron un voto dividido: ni siquiera los priistas, que normalmente son muy disciplinados, votaron todos en contra.

Es decir, la reforma de telecomunicaciones es tan grave como la energética, pero hay una diferencia: en el caso de la reforma energética, se retrocede en un proceso de propiedad del Estado; aunque se diga que no se va a privatizar la industria energética, de hecho, se está privatizando. En cambio, en la reforma en telecomunicaciones no se eliminan los monopolios de la iniciativa privada, particularmente las televisoras; se mantiene el monopolio y se abre un espacio para que existan —de alguna forma— monopolios por sector. Mientras la reforma energética es un atraso, la reforma en telecomunicaciones no nos permite avanzar de verdad.

La última reforma aprobada es la que el presidente llama reforma de Estado, que no es tal sino una reforma política; importante, sí, pero no más que eso. En este caso, la izquierda vuelve a votar en forma dividida.

Así que, finalmente, los gobiernos del PAN y el PRI lograron sacar adelante las reformas que estaban peleando. La única en la que el PAN no participa como socio mayoritario es en la reforma hacendaria/fiscal; en ésta todo el partido vota en contra, bajo el argumento de que resulta inconstitucional en aspectos como la eliminación del REPCO y el IVA diferenciado en las fronteras.

Por último, el segundo gran logro de este gobierno es la aniquilación de la izquierda. La izquierda, de forma interna, se está desbaratando: van a quedar dos grandes fuerzas divididas que, sin embargo, no van a poder contener nada. De 1997 a 2012 —a pesar de los grandes triunfos en ciertos periodos de los candidatos a la presidencia de la República— los diputados del PRD no alcanzaron a tener más del 25% de los escaños en las legislaturas que van del 97 al 2015.

En 2000 y 2006 obtuvieron el 25% de los escaños; ahora tienen el 20%. Con esta nueva división de poderes, quedarán reducidos a un 10% por cada parte. Si con 20% sumados, discutiendo entre ellos y como una sola fuerza electoral no pudieron parar las reformas, ahora sí la izquierda está aniquilada. Por fin, los panistas y los priistas van a poder avanzar en todas las reformas estructurales que —según dicen ellos— «necesita» México.

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