Los mestizos se comen a los indios

En Tancoyol, los mestizos se comen a los indios. Eso fue lo que me dijo doña Justina Eufrosina, una mujer de unos 57 años que me dio hospedaje durante cuatro días en su casa, en Las Nuevas Flores.
Para llegar a las Nuevas Flores hay que viajar a la Sierra Gorda queretana. La primera parada obligada es Jalpan de Serra. De ahí, hay que viajar hacia Tancoyol y luego, buscar la desviación a Las Nuevas Flores.
La entrada al pueblo es oscura y polvorienta. Las Nuevas Flores es una comunidad pobre y sucia. Y justo así es como se describe a Justina: “Yo soy muy cochina. Soy india y cochina”.
Acá la pobreza es de pobreza sin filtros. Hay historias de migrantes muertos o desaparecidos… también historias de migrantes que abandonan. Que se fueron y nunca regresaron.
En Las Nuevas Flores los perros ladran poco. Están hambrientos… igual que todos. Los gatos son flacos y lerdos. Casi no hay niños. Las mujeres son tristes… los hombres, machos y altaneros.
Justina se casó a los 20 años. Pero antes de casarse viajó a muchos lados. Trabajaba en casas. Trabajó en México por más de cuatro años y vivió en Estados Unidos cuando ya hablaba mejor el español.
“Pero no me gustó. Por eso me regresé. No tenía amistades, no conocía gente”.
A lo lejos, se escucha el ahogado ladrido de los perros. Justina mira al suelo como recordando. Y luego reacciona. Se acuerda de su infancia y del español que tanto trabajo le costó aprender:
“Antes nadie hablaba el español. No sabíamos hablar español. Le teníamos miedo a las personas. Nomás oía que hablaban español y me escondía. Yo les tenía miedo. Porque me acuerdo que mi tío me decía que las personas que hablaban español se comían a los indios… yo les tenía miedo.
“Yo estaba chiquilla. Me acuerdo que yo corría, me escondía cuando veía que alguien iba a la casa y los escuchaba que hablaban. Yo no les entendía nada y entonces me escondía. Pensaba que me iban a comer.
“Ya después me empecé a juntar con niñas que hablaban español. Ellas me buscaban y me empezaban a hablar. Yo no les entendía mucho, pero ahí iba… Tenía como ocho años”.
En su casa solo hablaban xi’oi.
“Por eso yo me enojé cuando ya estaba grande y luego nacieron mis otros hermanos. Mi mamá ya les hablaba español y yo decía, pero cómo a ellos sí les hablan español y a mí nunca me hablaron español. Yo les preguntaba si querían hacer con mis hermanos gente así, de esa que hablaba español… A mí me dejaron crecer hablando idioma.
“Yo me crié como muy tontilla. Nunca fui así… yo tenía miedo. Me crié con respeto a todos”.
Casi todos sus hermanos salieron de la comunidad. Los hermanos que aprendieron español se fueron de ahí. Uno vive en Estados Unidos y de vez en cuando regresa; una hermana se casó en México, pero ella nunca regresó. Saben que vive, -pero nunca viene-, me dice.
Justina se siente orgullosa de vivir en Las Nuevas Flores. Me presume todo lo que tienen en su comunidad: “Hay capulines, nopales, chochas, chibeles, cosas que comer del campo”. Yo le pregunto qué son las chochas o los chibeles y sus ojos se iluminan y empieza a explicarme:
“Chochas, son unas flores grandotas, crece la mata con hartas espinas. Hay un lugar con unas matotas así, con unas floresotas. Se hierve el agua, se cocen, se guisan con comino, ajo, cebolla y tomate”.
Cuando habla, siempre hay un sonido doméstico que la acompaña… Habla y se escucha cómo chocan sus manos haciendo tortillas.
Habla y se escucha cómo corre el agua cuando lava los trastes…
Habla y se escucha cómo cruje la leña mientras cocina…
Justina Eufrosina… siempre sola. Callada cuando está sola. Y cuando la visitan o llegan los hombres del jornal, ella siempre en la cocina. Siempre oliendo a leña.
Pareciera que ella siempre es leña… a veces ceniza… a veces encendida, a veces, llama completa.
Recuerdo a Justina Eufrosina, mientras leo y escucho las noticias sobre los bloqueos en Zaragoza, las denuncias ante la fiscalía que anunció el presidente Felifer Macías y los intentos de CÍVICA Querétaro por mejorar la convivencia de artesanos indígenas, comerciantes establecidos y la autoridad en el centro histórico. Y todo eso me hace recordar justo lo que Eufrosina decía: los mestizos se comen a los indios.
Los mestizos se comen a los indios porque los abusan, los agreden, los juzgan y engañan. Los reinventan y revictimizan. Los mestizos se comen a los indios cuando los expulsan; cuando los ignoran; cuando los intentos para “rescatar” al centro histórico del ambulantaje se hacen desde la implementación a rajatabla del plan orden, sin mediar una política pública que le aporte a la gobernanza y no a la fuerza.
Los indios, como les dice Justina, migran para sobrevivir. Aprenden español para sobrevivir. Aprenden oficios en la ciudad para sobrevivir. Dejan de ser “indios” para sobrevivir, porque desde niños entendieron que los mestizos se comen a los indios.



