Los Pasillos Tomados

Hay ocupaciones que no hacen ruido. No llegan con botas ni con golpes de Estado, sino con fotocopias arrugadas, PDFs y afirmaciones categóricas sobre justicia, historia y estructura. Entran en silencio por las grietas de la adolescencia, se instalan en los pasillos húmedos de las instituciones, y desde ahí colonizan las conciencias con la meticulosidad de una humedad sin prisa.
Todo empieza como un bostezo prolongado. El estudiante, apenas saliendo de su infancia narcisista, cree estar a punto de acceder al conocimiento. Ignora que está ingresando en un templo de reciclaje mental. El primer síntoma es la fascinación por palabras grandes: hegemonía, deconstrucción, biopolítica. El segundo, la sospecha de que pensar por cuenta propia es una forma de traición.
Los profesores que los guían por esta niebla son ancianos prematuros, víctimas de una ocupación anterior. Cuando les tomaron la casa aún se usaban proyectores de cuerpos opacos. Eran los tiempos del acetato y del polvo de gis, del proyector de diapositivas como símbolo de vanguardia pedagógica. Se dejaron tomar sin resistencia. Cambiaron la búsqueda por la cita, la duda por el marco teórico. Y como buenos derrotados, ahora educan desde su rendición.
La mente, al principio, opone cierta resistencia. Pero la rutina y el consenso la desgastan. Los salones no están hechos para el pensamiento, sino para su domesticación. Un día cualquiera, mientras toma apuntes sobre Foucault o escucha una denuncia sobre el colonialismo de los semáforos, el estudiante siente que ya no piensa: repite. Y repite bien. Como un eco eficaz. Como un párrafo aprobado por la asamblea.
Entonces, ya tomada la mente, llega el delirio. No hay vértigo más confortable que el fanatismo en grupo. Como en el aquelarre de Las Ménades, las nuevas cohortes, ahora fanáticas de lo propio, danzan en torno al dogma. No importa cuál: basta con que esté cargado de indignación. Gritan por el planeta, por los cuerpos, por la historia. Y lo hacen con una energía tan absoluta que cualquiera que titubee parece enemigo.
El teatro de la furia se repite con cada generación. Hay quienes aún recuerdan cuando la causa era Nicaragua, Vietnam y sus muchachos barrenderos de minas, luego el lenguaje inclusivo, luego la crítica al lenguaje inclusivo, ya luego vendría Palestina. No importa el contenido: importa el tono. El mundo, ya sin redención, les ofrece al menos la posibilidad de un juicio moral en cada frase. Y eso basta.
Cuando alguien osa preguntar, matizar o -peor aún- callar, se activa la maquinaria de purificación. No hay sangre, pero sí escarnio. La cancelación no necesita argumentos, solo gestos. Un profesor desplazado, un estudiante silenciado, una lectura prohibida por “descontextualizada”. La revolución, ya sin causa concreta, se vuelve método. Método de exclusión.
Y así, los pasillos son tomados una y otra vez. Como casas abandonadas por el sentido. Las mentes son evacuadas, llenadas con consignas. Y los cuerpos, esos últimos restos de humanidad, marchan obedientes hacia su pequeña gloria en cofradías de autoelogio.
Al final, como en todo lo que huele a humano, no queda más que el desgaste. La casa ha sido vaciada, el rito cumplido, la consigna olvidada. Solo permanece el eco de un entusiasmo que no supo transformarse en lucidez. Y los profesores -los viejos, los nuevos, los próximos -siguen ahí. Caminando como espectros satisfechos por los pasillos tomados. Esperando a la siguiente generación, para continuar el ciclo del vacío que se llama educación


