ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

LOS SUEÑOS DE ANDRÉS

Hace dos meses, más o menos, Andrés vino a buscarme. Me pidió que lo acompañara a la CDMX, porque necesitaba sacar su pasaporte. Cuando sus papás vivían en México, él nació en un hospital de la zona, y allí mismo lo registraron. Un mes después, sus padres se vinieron a Querétaro, porque una empresa nueva le ofrecía a Bernardino, su papá, chamba de plomero. Sin dudarlo, aprovecharon la oportunidad, agarraron sus chivas y a su chamaco, y se vinieron p’acá. Allá lo parieron, pero aquí se crió, de modo que él siempre ha dicho que es de dos mundos. Y no sólo eso; también se cuelga la medalla de ciudadano sin fronteras, porque dice que para él no hay límites.

El día que nos encontramos, me platicó entusiasmado que le surgió una oportunidad para ir a los Yunaites. Al tío Leo, hermano de su mamá, se lo llevaron desde niño a Albuquerque, Nuevo México, donde aprendió inglés con la familia que lo adoptó y lo metió a la escuela. Ya grande, montó un puesto de tacos. Le fue bien, y ahora quiere hacer crecer el negocio, y puso un local de “Mexican’tacos”. Pero busca quién se lo administre. Pensó en Andrés, su sobrino, y lo invitó a que le eche la mano. Le aseguró que ganará buen dinero y, pronto, si no se queda por allá, podrá regresar al barrio con mucha lana y hasta les pondrá una casa a sus papás.

En la Central, tomamos el autobús que iba a la CDMX. A bordo, Andrés no paraba de contarme los planes que tenía para cuando ya estuviera del otro lado; según decía su tío, la comida mexicana es muy solicitada y mi amigo puede hacer fortuna muy pronto. Con cada detalle que me contaba Andrés sobre sus planes, yo me emocionaba, aunque no soy quien viajaría a Albuquerque.

Ya en la gran ciudad, entendí por qué los papás de Andrés decidieron dejarla y venirse a vivir acá. Hay tanta gente que es difícil caminar en las calles sin chocar con alguien; el transporte público siempre va al tope. Todo queda lejos y, para llegar a tu destino, tienes que andar a las carreras.

Después de dar muchas vueltas ‒una manifestación cerró algunas vías de acceso‒, llegamos al fin a la Dirección general del registro civil (DGRC). Andrés tenía que ir pa’allá para corregir un detalle de su registro. En el que tenía, decía que era hijo natural, o sea, que sus padres no se habían casado por lo civil cuando él nació. Como nunca antes Andrés había tramitado su pasaporte, no sabía que su acta lo tenía catalogado así; apenas ahora se daba cuenta, pero le urgía su pase pa’l otro lado, y por eso estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Lo peor de todo es que, aunque él se consideraba ciudadano del mundo, la realidad oficial no estaba a la medida de sus planes personales, y no podía tramitar en Querétaro su pasaporte, porque él es chilango, y todos los trámites oficiales tiene que hacerlos en el anterior DF.

En la DGRC, para llegar a ventanilla, Andrés tuvo que hacer fila y, apenas entonces, iniciar trámites. Por fortuna, en un jardincito cercano, estaba un arbolito solo, como huérfano que permitía una sombrita. Bajo de ella me senté, para esperar a mi amigo. En cambio, él tuvo que aguantar el sol, pues el trámite iniciaba bajo un toldo, en la calle. De allí lo pasaron a una ventanilla, en el edificio, ya no bajo el rayo del sol; pero sí apestoso: en la misma fila estaban cientos de personas, para procurar el mismo trámite. Al ver eso, me sentí afortunado: yo sólo era acompañante.

Cuando mi amigo Andrés salió del edificio, su aspecto me dio lástima. Salió con los brazos colgando a los lados. Se me figuró un boxeador, al que, ya que lo noquearon en el cuadrilátero, lo hacen despertar y, todavía sin conciencia clara, lo colocan al lado del árbitro, o referee, para levantarle la mano al contrincante, como triunfador del encuentro. Parecía que, en efecto, mi amigo perdió la batalla. Le pregunté cómo le fue y si, después de tres horas que estuvo en las filas, pudo terminar sus trámites. Me contestó, cabizbajo, como púgil derrotado, que no: tenía que regresar en una semana para recoger el documento que le permitiría comenzar, propiamente, la regularización de su acta de nacimiento; sólo después de eso, podría iniciar los trámites para su pasaporte.

A mi amigo le urgía pasar p’al otro lado, p’atender al llamado de su tío Leo. No podía esperar tanto y, menos, seguir el tortuguismo de la burocracia. Por eso, decidió irse, nomás así, sin los documentos necesarios; o sea, irse ­de mojado. Un día, allá por febrero, metió en una vieja mochila algo de comida que le preparó su mamá y las garritas de ropa limpia que tenía a la mano; se trepó al techo del tren que iba a Nuevo México y se fue, sin haber arreglado sus documentos de trabajador migrante en los EEUU.

Desde entonces, no sé más de Andrés, ni de los sueños por los que él logró la admiración de sus amigos y, sobre todo, de las chicas que andaban tras de sus huesitos.

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