Opinión

Mariana y las contradicciones de la libertad

Por José Luis Alvarez Hidalgo

A la periodista Mariana Chávez le dieron merecidamente la primera versión del premio “ Ezequiel Martínez Ángeles”, sólo que el contrasentido pretendía imponerse nuevamente en la absurda realidad mexicana: le otorgan un reconocimiento en honor a la libertad de expresión que siempre ha ejercido sin diatribas esta singular periodista, pero el Congreso estatal, responsable de otorgar dicha condecoración (ignoro las también absurdas razones de dicho encargo), intentó negarle el uso de la máxima tribuna legislativa para hacer uso de la palabra y decirles unas cuantas verdades a quienes se empecinan en hacer hasta lo imposible por evitar que los periodistas de conciencia ejerzan en plenitud este derecho a expresarse con total libertad.

Finalmente, a los diputados locales no les quedó de otra que dar su bracito a torcer y, obligados por elementales circunstancias, le concedieron el uso de la palabra (¡que magnanimos son estos señores!) a la periodista homenajeada. Y dijo lo que tenía que decir: que las condiciones en las que se ejerce el periodismo en nuestro estado suelen ser adversas para el ejercico pleno de la libertad de expresión; que se debe garantizar la transparencia y el acceso a la información por parte de la esfera gubernamental. Situación bastante palpable, por cierto, en el gobierno de José Calzada Rovirosa en donde campea la opacidad y la desinformación en su máxima expresión.

Mariana dijo verdades incuestionables y la tibieza e indiferencia de los legisladores fue el marco deleznable y menos propicio para una ocasión tan especial (¿No se habían agarrado a moquetazos un par de forajidos diputados ese mismo día en esa cantina legislativa en la que han convertido al Congreso?). Nuevamente nos enfrentamos al engorroso entuerto de que un homenaje que debiese ser estrictamente ciudadano y del gremio periodístico, tiene que ser avalado por nuestras sagradas instituciones para que adquiera el valor oficial que de suyo no debería necesitar. Hemos constatado hasta la saciedad que las instituciones oficiales lo único que hacen es autoadularse con sombrero ajeno y entorpecer cualquier iniciativa ciudadana, a la que enlodan con la fetidez del protocolo institucional.

Me declaro abiertamente iconoclasta y aunque yo no mando a las instituciones al diablo, si las mando mucho más lejos porque hemos llegado al hartazgo de la desconfianza y la incredulidad. Ya no les creemos nada y se lo han ganado a pulso.

De alli mi necedad en que los reconocimientos que provienen directamente del pueblo, de los ciudadanos y, en este caso, los propios periodistas, tendrían que ser otorgados por estas mismas instancias. ¿Porqué acudir presurosos a buscar el cobijo de las instituciones formales que, casi por consigna, son las más feroces destructoras de cualquier tipo de libertades?

En ese mismo sentido me viene a la memoria la última entrega del Premio Estatal de Periodismo por parte de la Asociación de Periodistas de Querétaro (APEQ), que en en 2005 dirigía Alejandro González (de quien se ignora su paradero en el exilio) y que fue la primera y la última entrega de este premio sin la bendición de las autoridades gubernamentales, ya que siempre existió la perniciosa costumbre de que dicho premio estuviese palomeado en todas sus categorías por la benemérita complacencia del gobierno estatal en turno.

Por ello, el día en que verdaderamente fueron los periodistas quienes se abocaron a dignificar la entrega de este reconocimiento a los mejores trabajos periodísticos del año (evento en el que fui orgullosamente miembro del jurado), en la siguiente versión dejó de existir y todo el esfuerzo para convertirlo en un premio verdaderamente independiente de los infaustos designios del poder, se fueron directamente al caño.

Ahora que se pretende revalorizar nuevamente el reconocimiento al ejercico periodístico en nuestro estado, vuelven las sombras al amparo del poder que intentan obnubilar este sano ejercicio libertario y democrático. El justo reconocimiento allí está: Mariana Chávez Castañeda es la digna merecedora del “Ezequiel Martínez Angeles”, y es, con toda justicia, la periodista del año. Así que será menester alejar a los fantasmas del poder que todo lo que tocan lo ensucian. Aunque muchos de los que estamos comprometidos con el periodismo crítico y libertario —y al que yo llamo periodismo disidente—, ya estamos curados de espanto.

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