Opinión

Marilyn, te informo: te amo diferente

Por Edmundo González Llaca

 

Marilyn, en el mes de mayo que pasó cumplirías 88 años y hoy quiero que sepas, de lo que ya estás enterada desde hace tiempo: te amo. No tengo mucho mérito, estoy consciente de ello, también te amaron el beisbolista más famoso, el dramaturgo más reconocido, el bailarín más cotizado, el actor más talentoso, el cantante más consagrado y los dos políticos más encumbrados. Únicamente entre los conocidos que se saben. Hoy te reitero que te amo y ya sin celos.

 

En mi recámara de adolescente tenía dos carteles tuyos. En uno, el que te lanzó a la fama, estabas acostada, completamente desnuda sobre un tapiz rojo. Estirándote como un felino que se desamodorra después de una noche de placer. Contemplaba tu voluptuosidad, la opulencia de tu carne atenazada con la suavidad de tus curvas. Eras en mí el sexo punzante; la mirada que me perseguía en el sueño con una pócima insaciable.

 

En la otra foto estás sentada en un escalón, las piernas abiertas con unas medias en forma de malla que cuadriculan tu piel blanquísima. Una blusa escotada que en un hermoso descuido se caía un poco y mostraba la redondez de tu busto. La cabeza recargada en la pared; los ojos con los párpados a media asta y los labios dibujando una sonrisa fatigada.

 

Pensaba que así te colocarías en la cama después de haber hecho el amor conmigo: el instinto aparentemente apagado; una breve tregua después de la “revolución de nuestros sentidos”. Solo quedaba el recuerdo de un sexo como un lago, al que apenas unos momentos antes sólo hubo que entregarse sin inquietudes ni sobresaltos.

 

Jugaba a volver la mirada de un cartel a otro y sentir los cambios en mi cuerpo y en mi mente, en una pasteurización de mis sensaciones tan superficiales como penetrantes. En uno: la avidez, el impulso incontrolable, el deseo nunca satisfecho. Luego el otro: la embriaguez profunda del orgasmo; el latir de los sentidos ya exhaustos; la flama que se extingue.

 

Como buen adolescente queretano después de rezar mis oraciones nocturnas me sometía a todo tipo de culpas. En medio de estas turbulencias mis reflexiones adquirían un pretencioso cariz filosófico. Veía una vez más los carteles, los escaneaba una y otra vez y luego me preguntaba: ¿Dónde está la muerte? ¿Dónde la resurrección de la carne?

 

Ahora Marilyn te tengo una noticia, ya no te amo ni por tu cuerpo ni por tu rostro, aunque sigo confesando que cuando te veía en la oscuridad sentía, que si estiraba la mano, tocaría la vibración misma de tu piel; si fruncía levemente mis labios chocarían con los tuyos y, con sólo cerrar los ojos y concentrarme un poco, olería los pliegues húmedos de tu alma. Reconozco tu talento para, a pesar de estar tan lejos, hacerme sentir que tú y tu belleza se encontraban a mi alcance.

 

Pero insisto, ya no te amo por eso. Te amo por tu pancita, tus pecas, tus dientes delanteros salientes, tus senos un poco fláccidos, tu nariz demasiado ancha. Te amo porque hasta tus imperfecciones las hiciste perfectas.

 

Nunca rechacé que fueras un símbolo sexual, de ningún modo te amé sólo por eso. Ahora, al verte, no puedo olvidar que te violaron dos veces, la primera a los nueve años, y que te hicieron una veintena de abortos. Tanta rudeza sobre un cuerpo no puede reclamar sexo sino, a lo más, ternura.

 

Te amo porque a pesar de tener tu carne dolida pudiste representar en mi adolescencia la exigencia animal, ávida e insatisfecha. Tu provocación era un pecado inocente, tu entrega la de la prostituta y la de la santa.

 

Ya no te amo por tu alegría, tu sonrisa, ni por tu vanidad contagiosa. Ahora te amo porque comprendo tu soledad, tu angustia, tu desamparo. 10 hogares adoptivos no es cosa fácil. “De niña, en las noches, me quedaba despierta y trataba de imaginar ¿qué era el sexo?, ¿qué era el amor? Quería hacer mil preguntas pero no había nadie a quién preguntar…”

 

Un verso que escribiste anunciaba lo que después ibas a intentar: “Ayuda, ayuda, ayuda, siento la vida acercarse cuando lo único que quiero es morir”. Creo que me hubiera muerto contigo. Afortunadamente Lena, la sirvienta, alcanzó a tomarte de la cintura cuando estabas a punto de lanzarte al vacío: “Lena, no, déjame morir. Quiero morir, merezco morir. ¿Qué he hecho con mi vida? ¿A quién tengo? Hoy es Navidad”.

 

Te amo porque ahora sé que cada sonrisa tuya era un acto de heroísmo, y aun así, la hiciste el espejo luminoso de la alegría y la plenitud de la vida. Recuerdo, de adolescente, cuando le confesé a un amigo mi secreto. Estábamos en su casa y yo bebía cerveza por primera vez. Me armé de valor y le dije: “Estoy enamorado de Marilyn”. Alzó los brazos escandalizado y me gritó: “¡Que bárbaro! Me preocupas. ¿Qué urgencia traerás? Mira que para enamorarse de una rubia tonta se necesita ser más bruto que ella”. Maldito, nunca se lo perdoné. Lo miré con rabia pero también con compasión. Yo bien lo sabía. Otra vez los habías engañado a todos.

 

A casi todos, por supuesto a mí no. Recordé tu talento: “La fama se irá… y adiós. Te he tenido, fama. Si te vas, siempre supe que eras volátil. Por lo menos es algo que experimenté, pero no es ahí donde vivo”. Para quien todavía sostenga que reías como boba, opongo el filo inteligente de tu ironía: –¿Qué se pone usted para ir a la cama?– Un poco de Chanel No. 5 –¿Nada más?– Bueno, sí, al ir a la cama también pongo el radio. “Querido Billy, por favor, vísteme por siempre”. O tus palabras de agradecimiento al recibir una copa de champaña con tu nombre grabado: “Esto sí que es bueno, ahora sabré quién soy cuando tomo”.

 

Ahora te amo porque aprecio como nunca tu sentido del humor: ¿Tiene intereses amorosos?– Intereses serios, no. Pero siempre estoy interesada. ¿Qué opina del sexo? –El sexo forma parte de la naturaleza y yo, adoro a la naturaleza. ¿Le gusta el amor libre? –Nunca lo he hecho con las manos amarradas.

 

Marilyn, mi Marilyn, sensualidad a flor de piel, tormento a espina de neurona. Fuiste la dialéctica misma. Soledad, dolor, experiencia honda, muerte. Marilyn, mi Marilyn, luminosidad, artificio, erotismo, alegría, energía vital. Amo tu enigma y tu contraste. Hoy, como en mi adolescencia, te amo, aunque ya sin celos y de otra manera. Es obvio, pero te lo quiero recordar, no te olvido.

 

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