Opinión

“Marketing” mata comprensión

Por: María del Carmen Vicencio

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En los últimos meses, hemos sufrido la persistente y abrumadora aplanadora mediática, dirigida a “vender” las reformas estructurales de Peña Nieto. Sus promocionales utilizan un fuerte y seductor “marketing” político, culminando en apoteótico segundo informe de gobierno, con frecuentes y casi unánimes vítores, aplausos y gritos de júbilo. Y es que, cuando Peña subió a la presidencia, “era tiempo de mover a México”.

Entre los anuncios más patéticos para vender las reformas están aquellos en que algunos ciudadanos “comunes” dicen haber leído y haberse informado sobre todos los beneficios que traerán estos cambios estructurales a la población (quizás, el publicista creativo buscó diluir el recuerdo del presidente no-lector).

Ha sido tan poderoso el bombardeo oficial, que una lectura seria (imprescindible en una democracia participativa y una ciudadanía responsable) resulta prácticamente imposible. Leer es comprender; no simplemente pasar los ojos por los escritos. Y comprender lo que sucede en México es cada vez más difícil, frente al tremendo maremagno de confusiones que impide escuchar voces distintas, y menos compararlas.

El sentido común, muy saludable, ayuda a entender muchas cosas (cuando está sano). Las condiciones de vida de la mayoría de los mexicanos son tan difíciles, que no se requiere de mucha ciencia para ver con escepticismo los entusiastas mensajes gubernamentales. Por más que nos endulcen los oídos o nos doren la píldora, resultan más convincentes las experiencias directas de no estar pudiendo salir adelante.

Sin embargo, tanto satura la chatarra mediática, que se obstruyen los conductos intelectivos y la gente termina por dudar de su propia percepción. “Si por todos lados escucho que todo está bien y a mí me va mal, será por mi mediocridad o porque no he sabido adaptarme”, me confesó compungido una vez un vecino.

Así tiene éxito la colonización neoliberal de la mente, de la conciencia, de los afectos y, sobre todo, de los deseos de los mexicanos; a tal punto, que Peña Nieto (ese a quien los chistes populares sancionaron de “tonto” e “ignorante”) logró “mover a México”, en contra de los mexicanos y gracias a la desmovilización de los mexicanos: Muy pocos son los que se atreven a protestar, a pesar de sus amargas quejas, y a pesar de que el 60% (78% en el DF y 73% en estados del sur) dice estar inconforme con el actual gobierno (La Jornada, 17/08/14).

El espíritu de este segundo informe coincide plenamente con un contexto mucho más amplio. La colonización mental (por la que no reaccionamos) se ha venido dando no sólo a través de los mass-media, sino también de la forma como se estructuran las grandes ciudades. Éstas impactan de tal modo la vida cotidiana, que el pensamiento crítico se vuelve inviable e, incluso, indeseable. (Líbrenos San Judas Tadeo de la “Ciudad de la Cultura y las Artes”, de la “Ciudad Maderas”, de la «Ciudad de la Salud»…)

En estas macrociudades, con sus megaedificios, megaemporios comerciales, megaeropuertos, megahospitales…, se va cocinando paulatinamente un sentimiento de mutua desconfianza, por lo que más vale vivir encerrados y “absolutamente individuales” (como me dijo un amigo).

Ahí también se vuelven invisibles y se transforman en “nadies” los menos pudientes.

Como citadina, no siempre logro evitar los “malls”, y al atravesarlos, no dejo de pensar en el impacto que tendrán en la mente de la gente que pasa varias horas en ellos. Tantas luces y colores, tantas ofertas, tanto ruido entremezclado, tantos mensajes, tanto movimiento, tantas invitaciones a “ahorrar” (léase, a comprar más y más)… terminan por bloquear el pensamiento.

Así, “son innecesarios” los parques y jardines y las casas de la cultura, pues en los megacentros, además de adquirir mil fruslerías y de comer “fast food”, puede uno subirse al carrusel, o al trenecito; recibir masajes faciales o “relajarse” en sillones “confort”; hacer zumba; escuchar un concierto; ira al cine; jugar a las maquinistas, etc., mientras recibe gran cantidad de mensajes subliminales: recreación=ver-aparadores; libertad=elegir-mercancías; belleza=blanquitud-anoréxica; sentido-de-la-vida=tener-objetos; amor=comprar-regalos; solidaridad=dar-propina o redondear; audacia=irse-sin-pagar; futuro=ancianos-cerillos…

Este contexto explica, en buena medida, por qué, por más “intentos” gubernamentales de “arreglar las cosas”, éstas siguen igual (porque no interesa arreglarlas).

Peña Nieto reconoce en su informe que pese al esfuerzo, “la proporción de mexicanos en pobreza es prácticamente la misma desde hace tres décadas”; ¿solución?: cambiar “Oportunidades” por “Prospera”. Reconoce que 7 de cada 10 adultos y 3 de cada 10 niños tienen sobre peso (nótese cómo el problema crece con la edad); ¿solución?: eliminar anuncios (en ciertas horas), prohibir comida chatarra (en las escuelas), gravar más los refrescos azucarados, etc.

Pero los problemas se mantienen.

Este poderoso contexto mercantil explica por qué, a pesar de tantos estímulos, tantos programas nuevos, tantos libros de texto y laptops entregados, tantos exámenes, tantas capacitaciones y concursos de oposición…, los profesores no logran que sus estudiantes hagan algo tan simple como poner la basura en el recipiente adecuado (a pesar de todas las horas y los años que pasan en la escuela).

También explica por qué las madres de familia no logran preparar a sus hijos un desayuno nutriente y “decidan” comprar, en cambio, yogures, jugos artificiales y demás carbohidratos en la tiendita de al lado.

Éstos son sólo micro ejemplos que se repiten en casi todos los ámbitos sociales del país.

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