Opinión

Más vale no hacerse ilusiones

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Ayotzinapa. Tlatlaya. Etcétera. Más vale no hacerse ilusiones. Lejos de Querétaro pero no tanto. La misma clase política, los mismos ideólogos acomodaticios y confortables, con sus manifiestos y sus manifestaciones, cuya única explicación es, dicen, porque de todos modos hay que hacerlas. La misma compleja sociedad civil.

El dolor y la indignación, el coraje y las lágrimas, tobogán en que se deslizan oportunistas de toda laya. Los muertos no acaban de irse. Habitan las mentes de los familiares y amigos que les perduran. No acaban de irse pero no hay manera de regresar.

Lejos de Querétaro pero no tanto. En los pasillos violencia contenida, venganza y miedo. Obsesión y enojo. De la moral privatizada irradia instrucciones de vida, o no vida, de los otros. Y la vida de los otros pende siempre del hilo que el poderoso sostiene.

En el capitalismo tardío, el neoliberal, el salvaje y penetrante, el dinero es todopoderoso. Es, propiamente, el “Todopoderoso”.

El dinero produce y acompaña este reino del deseo. Le rinden tributos conservadores y reaccionarios, liberales, socialistas, comunistas, anarquistas, católicos y protestantes, analfabetos e intelectuales. En los hechos observables y en los resquicios del discurso:

Los pobres venden sus órganos vitales a los ricos. Niños víctimas del lucrativo tráfico sexual. Mentes elevadas danzan como animales de circo cuando los medios agitan el dinero que se les va a pagar. La corrupción aliento de la política, del mercado.

¿Existe algo que no esté en venta? Obtener ganancias depreda lo que resta de nuestros bosques, devasta los océanos, contamina el aire. En el capitalismo urbano de la megalópolis, también en la miseria de las barriadas, el alarido del dinero nunca ha sido tan descarado como ahora. Raquíticos niños escudriñan la basura tóxica en busca de desechos que se puedan vender; conglomerados multinacionales explotan el mar abierto en busca de petróleo y de metales preciosos; las cosechas se valoran cuando son lucrativas y su fruto es el “dinero”.

Y

Quizá no exista otro tema que haya desvelado más a los hombres, pensando colectivamente, como la búsqueda de la mejor forma de convivir.

Guardamos una memoria sistemática de esa preocupación desde La República de Platón, escrita hace ya veinticuatro siglos, y todavía no encontramos una forma ideal.

Es más, ni siquiera estamos seguros de que se trate en realidad de una búsqueda cuanto de una adaptación, pues al final de todas las reflexiones y de todas las comparaciones entre las distintas formas de gobierno que se han dado los seres humanos en el tiempo pasado y presente, acabamos topando con el mismo obstáculo que jamás ha sido vencido. La propia naturaleza humana.

Creemos que las sociedades pueden funcionar mejor, pero tampoco nos hemos puesto de acuerdo en qué significa funcionar mejor.

Optamos por la paz frente a la violencia, optamos por salvaguardar nuestro Estado frente a la voracidad ajena, buscamos construir sociedades justas, equitativas e igualitarias, pero cuando optamos por la igualdad violentamos la justicia, o la libertad.

Lo mejor ha significado muchas cosas, casi nunca armoniosas. Estremecedora tragedia.

Inventamos la democracia pero

No se puede esperar que la democracia produzca igualdad social y económica. No vamos a dejar de vivir en sociedades desiguales. En las sociedades capitalistas, los recursos y los ingresos los asigna principalmente el mercado. Entonces convive la igualdad política con la desigualdad social y económica. Un segundo punto es que la gente siente impotencia respecto de sus efectos en la participación política. La democracia es un mecanismo que trata a todos los participantes por igual. Pero cuando individuos desiguales son tratados en forma igualitaria, su influencia en las decisiones colectivas es desigual. Pensemos en un partido de básquetbol en el que un equipo está formado por jugadores de 1,90 y el otro por hombres de 1,50. Las reglas de juego son iguales para todos, pero eso implica que el resultado dependerá de los recursos que cada equipo tenga.

La democracia no producirá igualdad social ni económica. Esto lo saben perfectamente los promotores de la igualdad social y económica.

Círculo perverso, cómico: los defensores de la igualdad social y económica lo hacen no solamente desde la desigualdad misma, sino acentuándola como fatalidad histórica.

(Con base en Merino, Steiner, Przeworski)

@rivonrl

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