Opinión

Maurice Blanchot con otros nombres.

Catálogo Público

Por: Carlos A.García

@cgarca_a

Una voz viene de la otra orilla. Una voz interrumpe el decir de lo ya dicho.

E.Lévinas

 

El mutismo no es silencio.

Lo intratable del habla permea la posibilidad del solipsismo, lo ilusorio del diálogo y el entendimiento, los límites de la tonalidad de las lenguas, sus lenguajes y el siempre intento del sujeto moderno por tratar de hablar. En verdad, hablamos solos. La soledad del habla es la performatividad por excelencia de la palabra que muere.

Libres bajo los dominios epigramáticos, alfabéticos de una identidad acentuada entre el nosotros que nos habla: Si es que ella dijo: “A los que se cruzan sin verse y a los otros que se encuentran”; entonces ambos dijimos. Desdoblamiento de la persona, no eres tú, es lo neutro donde se suspende el habla. ¿Hacia dónde va el habla, cuando la única consistencia es el escrito? Cada vez que hablamos, escribimos. Recordemos a Sócrates que habló para que otro reconociera su voz; así Platón.

Le escribo, te escribo…les… hablo…les escribo…muero. Usted, que es a veces un tú donde yo indago, y ¿Qué indago más allá de los planteamientos metafísicos, existenciales y de la manera en que nombro el mundo? Al menos, mi relación con la muerte.

Pausa intermitente del silencio ocular que permea los poros. Espéreme una cita:

“Si el habla se da al otro, si ese don mismo, ese don para nada puede otorgar la esperanza de que será acogida alguna vez por el otro, recibido como un don. Habla externa siempre externa al otro en la exterioridad de ser (o de no ser) cuyo indicio es el otro: el no lugar. Sin embargo, usted dice eso con la seguridad de las palabras abstractas, serviles, soberanas.-Pero para nada, para nada.-Es dicho con demasiada seguridad.- y eso también” (Maurice Blanchot).

Saber lo que se dice, lo que se ha dicho, lo no-dicho aún, la palabra que emerge y nombra un  no-lugar: un aeropuerto, una terminal de autobuses, un sepelio, una estación de trenes, un museo de arte contemporáneo. No-lugares de encuentros, de miradas petrificadas buscando el intervalo de un destino, a partir de un identidad súper montada en un pasaporte o credencial del INE (que nos revela el fracaso de la supuesta democracia), que me registra en algún archivo; pero seamos honestos, esa imagen no dice quien soy, solamente me identifica frente a los estatutos burocráticos, de la misma manera, opera el acta de defunción. Pareciera extraño pero el reconocimiento siempre será frente a otra voz, a una estructura que opere como soporte y escuche la mirada del otro, de uno y lo mismo, dibujando la tesitura de la muerte. El nombre que me nombra, grafías y voces donde a veces me has nombrado; te nombro:

“Cada día haciendo lo que hacía por  última vez y por la noche, reiterándolo constantemente” (Maurice Blanchot, La comunidad inconfesable).

El hablar no es pasado, es meramente un presente al presentarse en la voz del futuro anterior, le sigo diciendo:

Así la muerte se vincula con el silencio, mientras la noche con sus sonidos flagela el entorno del deseo. Rebelión por las ausencias del uno, de lo otro y del mismo; en consecuencia el devenir acopla, amortigua la existencia, esta última, plagada de soledad, entre tanto de anhelo.

Soledad y Anhelo: son dos formas, en  estricto sentido,  de dos posibilidades de existir o meramente, la unión de ambos signos producen un solipsismo por una convulsión gramática. Como un corolario furtivo, donde la muerte hace presencia e insiste como un destino manifiesto tamizado por el dolor de existir.

Dolor exhaustivo por la pérdida del objeto. Cabe señalar, que dicho objeto es como una sustancia porosa, sin atributos, quizá, el objeto sólo sea un signo por la añoranza, aquella producida por el deseo y la ensoñación de un nombre marcado por: cicatrices, guiños, alientos o lo fragmentario del cuerpo y lo siniestro; son atisbos de un paraíso efímero como es la belleza.

Por otro costado, la muerte genera elucubraciones y se posiciona con otras palabras que adquieren su materialidad en relación con su espacialidad vacilante.

Gracia y humor, que destaca Peter Sloterdijk, al denunciar a la muerte ontológica como el espacio tanatológico, entre tanto el filósofo de Karlsruhe, instiga que la muerte ontológica y la ruptura es la única posibilidad de encontrar una casa, un hogar, una pared, al menos una cobija. Una moral que permita nombrar el mundo; entre tanto el acontecer de la existencia emerge del olvido, de todo aquello que se ha perdido, a partir de nuestra relación con la muerte.

Recordemos como ya Albert Camus hacía un gesto en su excelsa novela El extranjero, donde ponía de manifiesto, esa homogeneización de los afectos y de las formas morales que, condicionalmente, la cultura genera, como formas de sentir y dejando de costado el carácter fúnebre de la muerte. Camus desimboliza dicho estatuto de la muerte, que a partir de miradas médicas, antropológicas, sociológicas, presentan una forma de rictus generalizable, como un dolor mimetizado, por ejemplo, cualquier fiesta funeral, donde aquella persona que revienta en un llanto inconsolable, produce el rumor y exclamación de los asistentes -¡Cómo sufre!- Y de manera contraria, la viuda que muestra aplomo y gallardía exalta los calificativos que la revisten de una entereza admirable; dichas formas morales no son para Camus el sentir de la propia existencia, sino meramente un rito social donde se pierde la particularidad del duelo. Camus, revela que los avatares de la existencia se presentan en el cotidiano, y no por la muerte en sí, es decir a secas, la existencia es más compleja que la muerte.

Camus, muestra la imposibilidad de pensar la muerte, que las taras de la propia existencia se ponen en juego entre lo absurdo y lo azaroso, por la perplejidad que se  frecuenta durante cada amanecer, las consecuencias de lo que acontecimientos y en tantas ocasiones, donde las casualidades serían un infortunio que se escabulle, de la propia voluntad, pero que a la vez, son esos acontecimientos inexplicables, donde se fragua el tejido de la existencia.

NOTA: Se recomienda el libro “Sobre Maurice Blanchot” de E. Lévinas, ed.Trotta, 2000.

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