Opinión

Mentiras, travestismos políticos y otras trasgresiones en el México salvaje

Por: Joaquín Antonio Quiroz Carranza

“Pasaba de la medianoche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco”.

Ensayo sobre la lucidez

José Saramago

Premio Nobel de Literatura 1998

¡Cachun cachun ra ra, México, México, ra, ra, ra! En algún momento de nuestra historia reciente se acuño la frase de que “la corrupción somos todos”, realidad que se soporta con datos duros emitidos por organizaciones internacionales, las cuales colocan a México entre las naciones más corruptas. Pero más que darnos risa o indignación, debemos entender que la corrupción, el cohecho, la transa y la mentira se dan de manera escandalosa entre la esfera gobernante y entre aquellos que pretenden llegar allí, porque la corrupción es un paradigma, es decir una creencia, una forma de pensar mayoritaria, parte de la superestructura ideológica de los mexicanos.

Así como los partidos compran votos y las policías federales, estatales y municipales entran en cohecho con conductores y transportistas, algunos estudiantes y profesores intercambian evaluaciones por favores de diverso tipo, los comerciantes venden objetos robados, carne no certificada o en mal estado, los productores pecuarios utilizan hormonas y otras sustancias prohibidas, las empresas trasnacionales compran favores a políticos, las instituciones responsables de emitir las Normas Oficiales Mexicanas establecen límites favorables a las empresas y así, un larguísimo etcétera.

Sería interesante, si los mexicanos leyéramos algo más que “El libro vaquero” o algún periódico amarillista, recomendar la obra de José Saramago “Ensayo sobre la lucidez”, con la finalidad de que hipotéticamente nos arrancáramos de cuajo las sacrosantas vestiduras de la hipocresía y por una vez en la historia moderna fuéramos honestos y no validáramos el circo electoral.

¿Qué pasaría si no votáramos? sería una posición moral, la máxima expresión de la resistencia civil pacífica de la sociedad civil para autocriticarnos y parar en seco todo el conjunto de mentiras, travestimos y trasgresiones de la farsa electoral.  Pero, es obvio que la historia contada en el “Ensayo sobre la lucidez” de José Saramago, no puede ocurrir en México, porque así como los candidatos de uno y otro partido reciben millones de pesos de procedencias oscuras, los votantes esperan recibir las migajas de la gran comilona y seguir cada uno en su zona de confort, por miserable que sea.

Es común escuchar críticas a los diputados, senadores y otros representantes electos “democráticamente” por sus prebendas y escandalosos ingresos y desmanes. Pero esa crítica no propone cambios radicales, sino que es una critica de envidia, es decir “si aquel roba es malo, si yo robo es bueno”. Una critica sana sería aquella que implique, por ejemplo, promover una iniciativa de ley ciudadana para reducir los salarios y prestaciones de los representantes “populares” a no más del 10% del monto actual y que demuestren así su verdadero afán de servicio.

Esta propuesta tampoco tendrá eco porque son muchos los que desean participar en la piñata electoral y enriquecerse a costa del erario público. Ni modo, hay que reconocerlo la deshonestidad es la gran ganadora en este juego político 2015. La palabra corrupción implica sobornar, adquirir bienes de forma ilegal, pervertir procesos y personas, dañar bienes materiales, recursos naturales y humanos, evadir la ley o “flexibilizarla” a favor de unos y en contra de otros.

Los cambios verdaderos no se dan dentro del sistema sino fuera de este. Para destruir el paradigma actual es necesario construir uno nuevo: ser equitativos en lo familiar, cumplir nuestras responsabilidades, hacer comercio justo, no dañar a personas, bienes materiales y recursos naturales, no buscar caminos fáciles, educar a los hijos para la vida y no en competencias, ser solidarios, mejorar nuestro nivel cultural, de conocimientos, habilidades y capacidades para ser auténticamente libres.

Una nueva sociedad no se construye con procesos electorales amañados y negociados: la presidencia de la República por tantas gubernaturas; una gubernatura por tantos presidentes municipales; determinado número de presidentes municipales por diputados o senadores.  Una nueva nación se construye con actos reales, no con actos hipócritas e inmorales, como lo es el costo del proceso electoral y el financiamiento de los partidos y organizaciones políticas a costa de recortes en educación, ciencia y tecnología, encarecimiento de la energía eléctrica y otros costos que se cargan a la economía de la población.

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