Mi cuerpo sigue sintiendo miedo, aunque hoy sea 17 de mayo

Desde el 2004, cada 17 de mayo se conmemora el Día internacional contra la homolesbitransfobia, para celebrar que en el año de 1990 se eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales; sin embargo, las barreras materiales, económicas, sociales y políticas hacia las personas LGBTI+ siguen existiendo.
Esto no es casualidad
Durante décadas, como lo menciona Michel Foucault, los dispositivos biomédicos fueron los encargados de relegar a la enfermedad a las diversidades y disidencias sexo-genéricas; la patologización biológica, funcional y mental, no sólo se encarnan en el imaginario social, sino que producen discursos y crean realidades materiales que tienen repercusiones psicológicas, cotidianas e incluso legislativas. La patologización de la diversidad sexual y de género no sólo fue una categoría médica, sino que organizó la realidad, distinguió quien importa de quién no, creó la diferencia entre “normal” y “anormal”, quienes cuentan y quienes quedan fuera. Esta lógica, a pesar de la despatologización formal de la diversidad sexual, no ha desaparecido.
Sigue presente en discursos que aparentan neutralidad, en políticas que regulan sin proteger, en espacios que dicen incluir, pero siguen marcando límites. La patologización ya no siempre es explícita, pero continúa operando. Este miedo, no es irracional, pues en un contexto donde el fascismo y la ultraderecha se está consolidando como opción política real con la deshumanización de la diversidad sexual que esto implica, relega la existencia a un constante estado de excepción.
Por ejemplo, aún existen países que castigan con pena de muerte la diversidad sexual, mientras que Estados Unidos es declarado un estado de emergencia, por la cantidad de proyectos de ley contra las identidades trans. Mientras que México es el segundo país con mayor índice de transfeminicidos a nivel mundial y hay un aumento desproporcionado de crímenes de odio.
Y aunque hoy diversas instituciones -gubernamentales, académicas, digitales- se adornan con la bandera de la diversidad, vale la pena preguntarnos: ¿Qué tanto compromiso real existe más allá de lo performativo? ¿Qué se necesita para garantizar condiciones dignas para las personas de la diversidad sexual en todos los espacios que habitamos?
Quizá necesitamos preguntarnos por qué seguimos pensando la diversidad como un tema de tolerancia y no de justicia. Incomodidad para reconocer que no basta con el reconocimiento simbólico si las condiciones materiales siguen siendo desiguales. Incomodidad para aceptar que el problema no es la “falta de inclusión”, sino la persistencia de estructuras que producen exclusión.
Porque mientras la violencia siga siendo estructural, la conmemoración no puede ser celebración ni estará desligada del miedo. Tiene que ser denuncia y también, estrategia.
A estas alturas, no basta con que ya no nos llamen enfermedad, si las condiciones siguen siendo invivibles.
*Responsable de Intervención en materia de Disidencias y Diversidades Sexuales/DIIGEPaz UAQ


