Opinión

Micro historias del tiempo perdido

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

¿Cómo fue que nos fuimos quedando sin horizonte y sin tiempo? Antes, nuestros tatarabuelos amaban la tierra y, después de la labor, solían sentarse frente a la milpa para conversar y reír por largas horas, bordando recuerdos, imitando la música de las aves, contemplando el imponente crepúsculo y, por muchas horas más, el fascinante cielo estrellado.

¿Quiénes de nosotros, citadinos del tercer milenio, podemos darnos un lujo semejante? Aunque nos lo propusiéramos, son tantos los obstáculos, tantos los edificios, los puentes, las moles publicitarias, las torres crecidas…; es tan excesiva la contaminación lumínica, que ya no logramos ver más allá. Sólo algunos ancianos se niegan a perder la costumbre de sentarse a la puerta de sus casas para charlar.

En general, la gente joven, en cambio, no encuentra gusto ni sentido en hacer algo así. Quizá sea porque ahora, en lugar de río, sólo puede verse el arroyo vehicular; en lugar de ocaso, la mirada se llena de mugre y de paisajes tóxicos y, en lugar de verdor, domina el gris del cemento.

O quizá sea por otra causa. Muchos explicarán que “porque no hay tiempo”, pero ¿por qué no?

Semejantes reflexiones han surgido, entre muchas otras, por parte de chicos y grandes en el taller “Pintemos nuestra historia”, coordinado por Luis Arturo Rodríguez, en la Casa de la Vinculación Social de la UAQ, Carrillo Puerto. Un taller que busca rescatar de vetustos baúles olvidados, varias microhistorias de los ancianos de esa comunidad, no sólo para lucirlas en un libro colectivo y en un pintoresco mural comunitario sino, sobre todo, para contribuir a rescatar y fortalecer la identidad colectiva de los lugareños.

Un conocido relato de León Tolstoi contribuye a profundizar en el tema: Cierto pescador yacía bajo una palmera, contemplando plácidamente el mar, cuando un rico empresario que pasaba por ahí lo cuestionó, horrorizado: -¿No te da vergüenza?, ¿por qué estás así, sin hacer nada? El pescador respondió tranquilo: -Porque ya pesqué lo suficiente por hoy. -Pero, ¿qué no tienes ambición?, ¿por qué no pescas más de lo que necesitas?, insistió el empresario. -¿Por qué habría de hacerlo?, respondió el pescador. –Pues porque así, ganarías más dinero; podrías comprar un motor más potente a tu barca, para navegar en aguas profundas y pescar más… Podrías comprarte redes de nylon, luego otras dos barcas… ¡incluso una verdadera flota! En fin, te volverías rico y poderoso como yo. -Y eso, ¿para qué?, preguntó de nuevo el pescador. –Así podrías sentarte y disfrutar de la vida, respondió el rico. -¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?, respondió sonriendo el apacible pescador.

¿Qué nos impide ser como el pescador? Las razones son muy complejas. Solo esbozo algunas ideas.

Una explicación material es que el tiempo de buena parte de la población (al menos del 60% en México) ha sido secuestrado por un sistema inhumano y voraz que hunde a los sujetos en tal precariedad, que han de someterse a jornadas laborales extenuantes para salir adelante. Fuera del trabajo, tienen que atender además diversos quehaceres domésticos, trámites administrativos, o a sus enfermos, y un largo etcétera.

Carecer materialmente de tiempo, sin embargo, no es toda la explicación. Otra consiste en ese extraño modo de comprensión de la vida que tenía el hombre rico del cuento de Tolstoi. Esta extraña comprensión de la vida, contagia y domina incluso a quienes no son ricos, llevándolos a naufragar en deudas, por comprar lo que no pueden.

Según ese modo de comprensión, hay que ocuparse más y más para merecer el lujo y la distinción social, no importa enredarse en el destructivo círculo infernal de afanarse sólo por ganar dinero y consumir más, quedar exhaustos, ver la tele buscando descanso, dejarse seducir por su publicidad que insta a comprar más; endrogarse y aumentar la jornada para poder pagar las deudas…

¿Y por qué no simplemente parar una lógica tan absurda?

Es ingenuo esperar que el freno y cambio de rumbo vendrán de quienes, desde el poder, secuestran nuestro tiempo, pues la inercia aumenta sus ganancias. Por eso, los ciudadanos comunes habremos de arrebatar, para nosotros mismos, tiempo libre al imperio, con múltiples acciones hormiga. Una de esas acciones es, precisamente, el taller que comento en este texto.

Epílogo: La dicha inocua de perder el tiempo, conversando con los ancianos, nutre la humanidad de interlocutores chicos y grandes. En una de las sesiones de “Pintemos nuestra historia”, la charla con don Epitacio y doña Juana, don ancianos muy humildes, de 83 y 75 años respectivamente, fue tan grata, que una semana después, una amiga los encontró en la noche, sentados en la banqueta, frente a la Casa de la Vinculación, cerrada una hora atrás. -¿Pero qué hacen ustedes por acá, don Epi?, preguntó mi amiga. El anciano respondió -Vinimos a la reunión, pero está cerrado. -¡Es que la reunión era a las cinco, y son las ocho; ya se fueron todos! – ¡Lástima!, respondió don Epi. -Es que, sí…, salimos a las cinco, pero como nos venimos caminando, nos tardamos un poco.

No importó a los ancianos andar con bastón dos kilómetros en tres horas, con tal de sentir nuevamente el gozo de ser tomados en cuenta.

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