Opinión

Miércoles de Ceniza

Texto: Julio Figueroa / Imágenes: Mauricio Álvarez

Marzo solar, mes entrañable y cumpleañero de amigos. Pienso y siento, todavía estoy vivo.  Miércoles de Ceniza.

Son las 6 de la mañana y escucho las campanas de la iglesia, los gallos del campo y los motores de la ciudad.

Ya no soy católico pero sigo siendo cristiano.

Creo en las enseñanzas de Cristo, sin creer demasiado; poco o nada creo en los intereses de la Iglesia.  Soy hombre de ciudad pero revaloro cada vez más el campo.

Ayer una amiga me dijo: “Mañana es miércoles de ceniza, procure comer algo ad hoc”.  En broma le respondí: “Una chela y ‘La vida sencilla’ de Octavio”.

Salgo a la calle, el diluvio solar aviva la verde marea.

Pienso en mis amigos cumpleañeros (Luis, Arturo, Efraín, Guadalupe, Eloísa, doña Raque, Octavio…) y en mi hija Marinola.  Grandes hijos y padres chiquitos. Buenos maestros y malos alumnos.  ¿Y los amigos? Ay, los amigos.

Si el enemigo de mi enemigo no es mi amigo, en automático, mis amigos siguen siendo mis amigos aunque yo deje de serlo para ellos.

La lucha de los caracteres (los racionales y los irracionales, los confiables y los no confiables, los tempestuosos y los serenos, los duros y los suavecitos) no los hace incompatibles sino humanos.

Miércoles de Ceniza. Vida difícil, sin salida y sin aliento. En lugar de tomar ceniza, tomo los últimos versos del poeta Octavio:

“Y que a la hora de mi muerte logre

morir como los hombres y me alcance

el perdón y la vida perdurable

del polvo, de los frutos, y del polvo”.

Amén.

 

A Esme y Perlita:

“Tocar la mano de un desconocido

en un día de piedra y agonía

y que esa mano tenga la firmeza

que no tuvo la mano del amigo”.

–Octavio Paz, “La vida sencilla”

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