Opinión

Modernizando la granja

Por: Rafael Vázquez Díaz

 

Don Lázaro tenía dos hijos a los cuales les había heredado un predio de algunas hectáreas. Como la tierra michoacana es fértil y bondadosa, crecían por doquier cientos de naranjeros que en época de cosecha se llenaban de hermosos y jugosos frutos.

 

Cuando falleció el viejo, todos sus familiares y el pueblo entero acudieron a su funeral. Ese día hasta el cielo lloró… y de esas lágrimas cargadas de dolor, renacieron en la tierra las hojas que habrían de poblar los árboles y llenar los naranjos de vida. Ese año las ramas de los árboles se doblaban por su pesada y dulce carga.

Enrique y José, hermanos y herederos de las tierras y la riqueza que ahí estaban contenidas, se pusieron a planear el futuro de sus nuevas posesiones. Ambos habían disfrutado de los bienes recibidos pero nunca los habían administrado; mientras José, el  hermano mayor había sido cauto con su dinero, Enrique acostumbraba despilfarrarlo con sus amigos en vicios y excentricidades.

Mientras tomaba pala y azadón, José comentó en voz alta:

– Padre no supo administrar las tierras, aseguró –debemos dejar de vender naranjas, podemos ahorrar un poco, quizá yo podría apretarme el cinturón… tú deberías de dejar de beber con los vagos del pueblo y con lo ahorrado comprar una máquina que exprima y envase el jugo de las naranjas. Con eso podemos adquirir una camioneta y comenzar a distribuir no sólo en el pueblo, sino en las comunidades vecinas.

¡Es una tontería vender naranjas a precios regalados si podemos obtener mejores ganancias con algún producto más trabajado!  –exclamó exasperado.

Enrique, cuya visión era mucho más limitada y su interés un tanto más egoísta, escuchó el comentario, fingió desinterés, asintió y calló.

Un par de días más tarde fue con Bill, el vecino gringo de la parcela contigua que durante varios años les había hecho ofertas por las fértiles tierras, encontrando siempre una negativa debido al obstinado viejo Lázaro.

– ¡Hola Bill! ¿Cómo estás? –saludó Enrique con efusividad

– Hi –respondió el estadounidense con frialdad y continuó arreglando su jardín.

– Bill, te tengo un negociazo –comenzó Enrique y de inmediato los ojos del gringo brillaron de forma interesada– resulta ser que mi padre me heredó esas viejas tierras, yo estoy cansado de ellas y no me importaría deshacerme de esas hectáreas, obviamente sin malbaratarlas, ya sabes que son muy buenas para sembrar.

– Go on… –dijo el gringo fingiendo un bostezo pero parando la oreja para no perderse una sola palabra.

– Pues verás… mi hermano le tiene mucho cariño a esas tierras y no creo que quiera venderlas, ya sabes es un idiota sentimentalista. Trae una idea absurda de vender naranjadas, ahorrar, limitarme los pocos pesos que apenas me proporcionan una sana distracción de las arduas labores del campo y no estoy de acuerdo con ello, sería mucho trabajo…

– ¡No amigo! –Interrumpió el gringo, ya sin poder fingir su emoción– Yo tengo la solución a todos tus proublemas. Mira, yo tengo máquina de exprimir naranjas. Tu convencer a tu hermano de no comprar. Yo hacer todo el trabajo, ir, poner máquina, envasar, distribuir. ¡Yo resolver todos tus troubles! Incluso –y le guiñó un ojo cómplice– si tu convencer a tu hermano, yo darte buena retribución económica.

– ¿Y qué ganarías tú a cambio? –preguntó Enrique, emocionado y un tanto excedido ante la excelente oferta del gringo.

–Yo quedarme con un pequeño porcentaje de las ganancias… digamos… el 80%… digo, tomaré los riesgos de la empresa, te enseñaré a hacer cosas que ustedes no saber. Me parece justo.

Enrique pensó y pensó durante varios días, finalmente fue con su hermano y decidido, mientras compartían la cena, le comentó:

– Bill, el vecino me hizo una excelente propuesta, propone venir, modernizar la granja. Y ya que a ti te interesan esas cursilerías de la tierra, asegura que nos seguirá perteneciendo, así como las naranjas que de ella nazcan, él puede venir y administrarla, ya que nosotros tenemos muchas pérdidas y pocas ganancias…. Y él sólo se llevará un porcentaje. Con el gringo nuestra granja se fortalecerá, producirá más y dará mejores rendimiento, tal como quería nuestro difunto padre Lázaro, ¡Seremos ricos en muy poco tiempo! ¡No permitas que te ciegue ese amor absurdo por este terregal!.

José lo miró un segundo estupefacto, esbozó una sonrisa y con toda la paciencia y cariño que pudo juntar le respondió:

– Nuestra granja es hermosa, los naranjeros crecen sanos, fuertes, amo esta tierra. Pero esto no se trata de mi amor o el recuerdo de nuestro padre. Es simple y sencillamente una cuestión económica; la granja es muy productiva, incluso con los gastos excesivos que tú generas al derrochar el dinero embriagándote y con lujos idiotas, nos alcanza para vivir, para pagar el hospital cuando nos enfermamos, para pagar la escuela, nos da un salario seguro. ¿No te das cuenta de que el gringo pretende robarnos? Nosotros podemos ahorrar y hacer todo sin él, tenemos la experiencia, somos dueños de la tierra, la idea de nuestro padre no sólo era que no pasara a otras manos, sino que nosotros fuéramos capaces de hacerla rendir para el bienestar de nuestra familia. Si se la concedemos al gringo… ¿De qué nos va a servir ser dueños de ella si las ganancias que genere se van a ir para él? Venderla es una reverenda tontería, es un insulto a la memoria de nuestro padre, que le costó hacerse de estas tierras y de dejarnos los naranjos produciendo cientos de kilos de buena naranja. Lo que pretendes, lisa y llanamente es una total estupidez.

Enrique lo miró desafiante, se levantó de la mesa y se fue indignado. Cualquier parecido con la realidad, es pura casualidad.

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