Opinión

Motivaciones electorales inconscientes

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

La trillada frase de “los pueblos tienen el gobierno que se merecen” resuena en tiempos electorales, cuando algunos analistas exponen el dramático grado de analfabetismo funcional de la mayoría de los mexicanos. Es éste una condición de ignorancia, incomprensión o falta de conciencia sobre lo que sucede en el mundo real que padecen, en menor o mayor medida, amplios sectores sociales, a pesar de haber ido a la escuela o, incluso, de ser universitarios.

Hay muchos tipos de analfabetismo funcional; uno es el político. Entre sus síntomas están, por ejemplo, lo que dicen las encuestas sobre preferencias electorales. ¿Cómo puede obtener Peña Nieto notas tan elevadas, a pesar de su incultura, su frivolidad y de pertenecer al partido que más tiempo ha dañado al país, con sus trácalas, abusos, corrupción, complicidades delictivas y demás (ampliamente documentado por diversas investigaciones)?

Cierto. No podemos fiarnos de las encuestas. En “El enigma electoral”, Víctor Toledo (La Jornada, 10-04-2012) muestra cómo, mientras unos sondeos serios dan amplia ventaja a Peña Nieto, otros en las redes sociales, igual de serios, se la dan a AMLO. Sea cual sea la explicación a dichos indicadores, sabemos que muchos volverán a votar por el PRI, y esto desconcierta. ¿Qué mueve a esa decisión? ¿Se trata sólo de ignorancia, de amnesia o hay otra explicación a su extraño comportamiento, así como el vicio por el tabaco no se explica por simple ignorancia? No importa que le pongan a uno, frente a sus narices y a todo color, esas grotescas imágenes del daño que produce fumar, sigue fumando, igual.

Además de información, para comprender hace falta voluntad de conocer (Zemelman), pero como el conocimiento requiere esfuerzo y la lucidez causa dolor, lo común es querer no enterarse, para no sufrir. No en balde, la sociedad de mercado vuelve valores supremos la facilidad, la comodidad y el placer inmediato.

Hay otros motivos –afectivos, inconscientes–, que los psicoanalistas conocen mejor. Uno coincide con esa extraña alianza de la víctima con el victimario. Ésta se solidariza con aquél para aliviar su “culpa” por ser agredida. El vínculo se agrava cuando el abusador inculca en su presa que más vale coligarse contra un tercero, potencial destructor de ambos (el “peligro para México”).

Otra razón para votar por “el que, de todos modos, va a ganar” implica la negación, mecanismo que revela Quadri, del PANAL, al decir: “Basta de estimarnos pobres, somos clasemedieros” (sic). Similarmente, diversos actores sociales consideran inconveniente apostar al vaso medio vacío (el de los pobres), por ser un barril sin fondo; es mejor apostar al vaso medio lleno (el de la clase “bonita”), por estar más cerca de la plenitud.

La compensación de la incompletud del yo también explica el extraño voto por el PRI. La lógica mercantil induce a avergonzarnos de ser “jodidos”, “feos o “inferiores”, y la herida narcisista se atenúa en la alianza con los triunfadores, poderosos o bellos. Por eso impacta la publicidad del “éxito”, en especial cuando “el exitoso” nos tutea y “mira a los ojos”. La sensación de poder que da unirse “al que va a ganar” es una solución patética al triste complejo de inferioridad, que parece idiosincrasia mexicana (Cfr. Octavio Paz o Santiago Ramírez).

Otro mecanismo es el abandono a la fatalidad. Asumir la absoluta impotencia frente al poder ominoso alivia. La resignación del “nada podemos hacer” (fortalecida por la religión) libera de responsabilidades. La impotencia, ciega frente a cualquier alternativa, elude el compromiso que se exige desde el fuero interno. Y es que con la alternancia panista nos fue mucho peor.

El miedo a perder privilegios, obtenidos a fuerza del desorden generalizado, “naturaliza” o “justifica” la propia corrupción. ¿Quién se anima a votar por el que amenaza con poner orden y operar en la legalidad, cuando tiene años de haberse apoltronado en la irregularidad de las instituciones corruptas o en la corrupción institucionalizada?

El terror por el violento narcotráfico lleva a muchos a confiar en que, “como el PRI pacta con él, puede apaciguarlo mejor” (sic).

Una motivación críptica es la tozudez inercial del “nomás porque sí; si siempre voté así, ¿por qué habría de cambiar?” Desde el conductismo, otra clave mucho más simple es la saturación: Tanta publicidad harta, obnubila e impide distinguir.

Ciertamente, la prioridad de la mayoría de los políticos no es servir al pueblo, sino conseguir para sí jugosas ganancias.

Todos prometen cambios, por mera mercadotecnia, pues a nadie gusta lo que hoy vivimos. Pero, independientemente de lo que presuman Fulano o Zutana, sólo tenemos dos opciones reales: la de la derecha (PRI-PAN-PANAL-PVEM), que niega toda alternativa al capitalismo (concentrar la riqueza en unas cuantas manos, pretendiendo que de ahí se derrame a la población), y la de la izquierda, que busca producir y distribuir la riqueza equitativamente entre todos, demostrando que la primera opción es un fiasco. El autoproclamado “centro”, bodrio tibio, amorfo y oportunista, se mueve según los intereses egoístas de sus promotores.

Apostar por la alternativa (izquierda política, económica y cultural) implica un fuerte gasto de energía; significa asumir la incertidumbre frente al rumbo inédito y cargar con la responsabilidad de los trastornos que esto implica. Muchos críticos (sean “mediáticos” o “de buena voluntad”) no toleran esa incertidumbre. Así, se lavan las manos en nombre de la decencia y deciden abstenerse o anular su voto (porque “todos los partidos son un asco”), sin querer asumir que con eso (además del error a que inducen con su falsa generalización) inclinan la balanza en favor del que más aparece en los medios.

Por muy criticable que sea AMLO, su postura representa el único proyecto social alternativo, construido colectivamente –por muchos intelectuales, científicos, trabajadores, campesinos, oficinistas, artistas, luchadores sociales, etc.–, que puede detener y revertir la catástrofe social que vivimos. Optar por este proyecto implica, entre otras cosas, superar los obstáculos, descritos aquí.

Lo que debiera quedar claro es que ningún candidato es Mesías, ni que su triunfo nos redimirá. Por lo que debiéremos optar, más bien, es por el triunfo de la población misma, de nuestros proyectos comunes, y no por el de unos cuantos que pretenden seguir siendo parásitos del pueblo.

Como adultos que somos, habremos de asumir no sólo los resultados electorales, sino, más importante todavía, lo que le suceda a este país y, con él, a nosotros mismos.

¿Qué motivaciones lo guían a usted al votar?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

 

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