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Mucho poder, poco poder

Me he preguntado muchas veces, como tantos otros interesados en la historia de México, cómo fue posible la conquista del gran Imperio Mexica por parte de un pequeño ejército invasor proveniente del Reino de Castilla. Se oyen innumerables causas: que si el caballo, o la pólvora, o las armaduras o hasta las barbas crecidas de los militares europeos. Pero, sin ser historiador, ni mucho menos, me parece lo más lógico pensar en dos hipótesis principales, no excluyentes. Una se basa en el liderazgo que pudo establecer Cortés sobre varios pueblos, habitantes del territorio que hoy es México, muy inconformes con el dominio que sobre ellos ejercían los mexicas; sobre todo, tlaxcaltecas y totonacas. Ellos aportaron sus ejércitos y sus conocimientos para alcanzar la caída militar de la gran Tenochtitlan.

Una segunda explicación se basa en el gran poder unipersonal, sin contrapesos y, sobre todo en los tiempos de Moctezuma II Xocoyotzin, prácticamente hasta sin consejeros que ostentaba el Huey Tlatoani. Ello estaría fundado, entre otros principios, en el carácter sagrado que se atribuía a su persona y en que lo hacía jefe de todo: de la administración, de los ejércitos, de los tribunales, etc. De esta manera, su punto de vista -su gran error, en realidad- no pudo ser cuestionado, salvo muy tardíamente, y quizá solamente por Cuauhtémoc. En efecto, cuando éste reaccionó fue ya demasiado tarde como para establecer una defensa efectiva del reino. Es un problema de la excesiva concentración del poder: parece grande, pero solo lo es por un tiempo.

Esto me ha venido a la memoria, claro, después de los comicios del 2 de junio pasado, guardadas las proporciones. Es, quizá, natural que quien está en el poder no tenga agrado por aquello que le reste poder. Pero ni modo. Se sabe bien que equilibrios, discusión -tomando en serio y con respeto a quien te contradice- pluralidad en los puntos de vista, etc., es, a la larga, más redituable para la supervivencia del reino. 

No conozco estudios empíricos sobre el tipo de apoyo que se le brinda a Andrés Manuel como líder, pero aparentemente es más de tipo emocional que racional. No quiere esto decir que sus innumerables seguidores no tengan razones para serlo, sino que privan más mecanismos de una dominación carismática. (Entre paréntesis, si así fuera, su dominación seguirá indefinidamente, hasta su desaparición como persona, pues la trasmisión del carisma es, entre todas las formas de sucesión, especialmente difícil). Lo digo sin entrar en valoraciones, sin afirmar qué es mejor y qué es peor. Quizá les ha ocurrido observar cómo ante cualquier crítica a su actuación, el interlocutor amloísta reacciona más bien airadamente, como cuando se le cuestiona una posición religiosa a un religioso. Entonces, por cierto, tampoco cabe la autocrítica.

Frente al gran triunfo de Morena en todos los ámbitos del poder, puede haber diversas interpretaciones. Me parece que la que priva entre los beneficiados mismos del proceso es que una enorme mayoría de los electores participantes (que no de todos los ciudadanos, ni menos de todos los mexicanos) desea seguir adelante con todo lo que ha hecho el gobierno de López Obrador y con todos sus planes: sus obras y lo que se plantea en sus iniciativas de reforma constitucional enviadas a principios de año a la Cámara de Diputados. Como si dijéramos “queremos seguir con todo, lo que ha salido bien y lo que no ha salido bien”. Eso puede ser; y claro, entonces se sigue adelante y consultas y parlamentos serán solo simulados.

Pero también cabe otra explicación: no nos fijamos tanto en lo que viene, sino en lo que vendría se regresaran priistas y panistas al palacio. Es expresión de lo que no queremos, de una decisión de evitarlo. Entonces no cabría ser tan triunfalistas como para pensar “vamos con todo”.

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