Opinión

Necesitamos puentes, no murallas

La política y la ciencia

Por: Marta Gloria Morales Garza

La frase con la que titulo esta columna pertenece al papa Francisco. Viene a cuento por los acontecimientos de los últimos días, mismos que han generado dos reacciones en los medios de comunicación: los que piensan que no se justifican los paros y las marchas, y mucho menos la violencia, y que de algún modo han iniciado lo que se ha llamado la criminalización de la protesta; segunda, la que califica de justa la demanda de la sociedad, pero observa el derrumbe del Estado mexicano y está preocupada por construir puentes y destruir murallas.

Quiero pensar que es posible construir puentes no para legitimar al gobierno sino para construir una sociedad civil más fuerte y una democracia que vaya más allá de lo electoral.

Primero

Los hechos que sucedieron en Guerrero no son privativos de Iguala ni de Guerrero, sino que en ese estado se exacerba la corrupción, la opacidad de las autoridades y de los partidos, la vinculación descarada entre los políticos y los narcotraficantes y la injusticia. Por todo esto no sólo es justo manifestarse, sino que aquellos que no lo hacen muestran que son participes, ya sea de acción o de omisión, de eso que se denuncia.

Cada uno de nosotros nos manifestamos de la forma en que podemos y sabemos hacerlo; es responsabilidad de los comunicadores y de los que contamos con un espacio de opinión no ocultar la información y trasmitirla lo más objetivamente posible y, si es necesario, tomar partido de manera evidente, y no ocultando información y manipulando a la sociedad. Los artistas deben manifestarse a través del arte; y todos a través de las marchas y, sobre todo, de la organización.

Segundo

Es muy importante no caer en la provocación que claramente está generando el gobierno al infiltrar grupos violentos en las marchas; que los marchistas se organicen de tal manera que puedan crear cinturones de seguridad para saber quién es quién en cada una de las actividades, dejar claramente aislados a los infiltrados y de esta manera impedir el uso de la violencia y también evitar un discurso que criminalice la protesta. En este aspecto, el movimiento del Politécnico ha sido ejemplar; el problema es que en el caso de este nuevo movimiento de los Indignados es muy difícil la organización, porque los unen motivos distintos, porque los manifestantes provienen de muchos movimientos, de muchos lugares y de muchas tradiciones políticas. Es, en estricto sentido, un movimiento ciudadano espontáneo y sin cabeza.

¿Cómo conducir un movimiento así? Hay que iniciar por un mínimo de organización. Porque, además, todos los manifestantes comparten la indignación de ser dirigidos mal y quieren un modelo de dirección horizontal en la cual es muy complejo llegar a acuerdos.

Tercero

La actuación de los políticos en este evento ha sido no sólo equivocada sino aterradora, compuesta de una cantidad enorme de errores que han agregado al primer hecho —es decir, la matanza— otra serie de problemas y muestras de la ineficiencia y de la corrupción del gobierno de la nación, y esto ha llevado al conflicto a un juego tipo dilema del prisionero, donde no hay salida ganadora para ninguna de las partes. Es decir, la guerra.

Los políticos de todos los partidos y de todos los niveles de gobierno se han mostrado insensibles; desde la tardanza para el deslinde del PRD, el ocultamiento por parte de la PGR; de los antecedentes criminales del presidente municipal Abarca, el ombudsman omiso y preocupado más por su puesto y su salario que por cumplir su función, una presidencia de la República insensible que decide que es muy importante irse a China a una cumbre de negocios a la que bien podría ir Videgaray, pues el presidente de todos modos no entiende nada de eso, ni de nada, dada su actuación.

Los diputados y senadores, ante el fracaso de la presidencia y de las instancias de investigación criminal, no han sido capaces de tomar la cabeza del Estado. No sé si los políticos realmente acaban de entender que estamos a punto de un estallido social que puede conducir a una guerra civil, y ellos podrían construir los puntos de diálogo entre las partes en conflicto, pero no aparecen por ningún lado.

Agotadas las instancias de gobierno porque han demostrado incapacidad e insensibilidad, o porque no se han dado cuenta del problema y que, por otro lado, la confianza de los ciudadanos en ellos está totalmente minada, se hace necesaria la intervención de la sociedad civil con dos objetivos: primero, evitar que el gobierno criminalice a los manifestantes y conduzca al movimiento a un charco de sangre; segundo, obligar al gobierno a cambiar de rumbo, a reconocer su incompetencia y a desistir de sus reformas estructurales que sólo generan más marginación y más pobreza y, por lo tanto, más indignación.

Propongo que el rector Narro (de la UNAM), quien se ha mostrado sensible, ecuánime pero claramente preocupado por la situación, convoque a una reunión de rectores y de ciudadanos intelectuales, conocedores de la vida política nacional, para hacer una propuesta de mediación entre el gobierno y la ciudadanía.

Nombrar un nuevo procurador, propuesto por esta asamblea de rectores y de ciudadanos, el cual —de manera conjunta con una comisión amplia de ciudadanos, nombrados por la asamblea de rectores— revise todos los expedientes e informe a los padres de familia sobre lo sucedido en Guerrero. Que esta comisión reciba el apoyo de los forenses argentinos que están trabajando en el caso y de organismos internacionales para agilizar la revisión de todos los cadáveres y huesos encontrados, y que no permita que la verdad sea ocultada.

Que esta misma comisión proponga la formación de un organismo autónomo encargado de analizar la corrupción en México, entendido esto en todas sus dimensiones.

Por otro lado, propongo que los padres de los desaparecidos convoquen a una reunión nacional de representantes de todas las organizaciones que han convergido en el movimiento y que entre todos designen un colectivo que sea responsable de la seguridad del movimiento para evitar que sea infiltrado.

El Estado mexicano no puede sobrevivir en este estado lamentable de corrupción, de solapamiento y de injusticia, por eso es necesario que la ciudadana aproveche este acontecimiento para formar una organización vigilante de los gobiernos.

Los ciudadanos siempre estamos en busca de un líder, y yo creo que hoy, en México, no necesitamos un líder, sino una sociedad organizada, indignada y demandante.

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