Opinión

Neoliberalismo y falta de trabajo

Por Víctor Hernández Mata

Las condiciones actuales para obtener y conservar un trabajo remunerado parecen limitarse cada vez más por la lógica del mercado que impera y determina que lo fundamental sean las utilidades para el capitalista, en detrimento de lo que la Ley Federal del Trabajo dicta y de lo que es propio y preciso para la dignidad del trabajador y su familia.

 

Considero que el neoliberalismo está debilitando o socavando en el sujeto su condición de ser que trabaja. Podríamos preguntarnos: ¿Qué requiere el ser humano del trabajo? ¿Qué requiere del Estado? ¿En qué sentido el neoliberalismo debilita la condición de ser de trabajo del hombre?

 

Comencemos con un asunto que parece banal: la ocurrencia de Fox, que se recuerda como “la changarrización”, fue evidencia de cómo el Estado elude su responsabilidad. Todos recordarán que el guanajuatense propuso que quien no tuviera trabajo optara por poner su pequeño negocio o “changarro”. Pero, el hombre o mujer de esa época y de ésta, no podía ni puede, las más de las veces, levantar su propio negocio. Si bien es cierto que muchos mexicanos lo han hecho creando el llamado comercio informal, la gran mayoría no puede hacer ni eso.

 

Otra manera de referirse al asunto es que el Presidente de la República Mexicana en su momento, apeló al esfuerzo individual. Se convirtió en el asesor de muchos mexicanos. Los motivaba a que se superaran, que trascendieran su condición de falta de empleo. Hablaba a los ciudadanos como si fueran empleados de una trasnacional. Pero era claro que ése no era su papel como Presidente. A él le correspondía proponer las políticas públicas en materia de trabajo.

 

Es conocido por todos que la función del Estado es velar por el bienestar de los ciudadanos. Debe cumplir y hacer cumplir la ley. El artículo tercero de la Ley Federal del Trabajo dice que el trabajo es un derecho y un deber sociales. Dice también que no es artículo de comercio, exige respeto para las libertades y dignidad de quien lo presta y que debe efectuarse en condiciones que aseguren la vida, la salud y un nivel económico decoroso para el trabajador y su familia.

 

Pero la ley está superada por la ideología. No puede argüirse que Fox tuviera tal desconocimiento de su función que incurriera en una omisión por ignorancia. Creo que la ideología del libre mercado se había filtrado tanto que hasta el Presidente la proclamaba. Bajo ese esquema no tiene trabajo el que no quiere, seguramente dirían quienes asumen esa posición.

 

Pero, contrariamente a esos conceptos y a fin de esclarecer los efectos nefastos que genera, es preciso reconocer que la persona que no tiene trabajo está sola. Se desvanecieron los discursos de los trabajadores. Está perdiendo sentido la agrupación para defender los derechos laborales. Pero, algunas voces se levantan en contra de esa situación.

 

Arturo Alcalde Justiniani no ofrece los conceptos de Krugman, prestigioso economista de Princeton, quien considera, como también lo hace la Organización Internacional del Trabajo, que es necesario implementar estrategias que limiten la competencia entre trabajadores por su fuerza de trabajo. Que es preciso generar nuevas condiciones de trabajo enmarcadas en el diálogo social, con la negociación como eje estratégico. Utilizar el diálogo social para el establecimiento de las políticas públicas, lo que incidiría en una transformación del sindicalismo (La Jornada, 10 de septiembre de 2011).

 

No hay duda de que es el Estado al que le corresponde asumir la tarea de ordenar el intercambio laboral. Dado el predominio de la vida urbana, hombres y mujeres ya no pueden recurrir a la naturaleza ni a la provisión de bienes en huertos familiares o en criaderos de animales en casa. La condición mayoritaria ahora es la de empleado, de ser una persona que desempeña un destino o empleo.

 

Así lo hace saber el ciudadano y así lo reconoce el gobernante. Basta ver cualquier día los periódicos para constatarlo. Por ejemplo, un titular dice: “Vivienda, empleo y salud, las principales demandas. La inmigración presiona los servicios: J. López Portillo (Secretario de Planeación y Finanzas del Gobierno del Estado de Querétaro)” (Diario Noticias de Querétaro, viernes 26 de agosto de 2011).


El gobernante habla, en su lógica política, de sus logros en materia de empleo. Puede hacerlo de distintas formas. Muchos lo hacen desde la campaña política. Un caso muy interesante y singular: tenemos todavía al autodenominado presidente del empleo. Sin embargo, pese a su optimismo de campaña, los resultados que tenemos son los siguientes: de la población económicamente activa casi 49 millones está ocupada, mientras que casi 48 millones están desocupados, incluidos hombres y mujeres, en el segundo trimestre de 2011 (INEGI, consultado el 9 de septiembre de 2011). ¿Dónde quedó entonces su intención de campaña?

 

Quizá otra noticia nos ayude a entender la situación: “Salarios millonarios para ministros, magistrados y consejeros electorales”, solicitud del Ejecutivo (el presidente del empleo), dicen Enrique Méndez y Roberto Garduño, en el paquete económico 2012, enviado a la Cámara de Diputados para su revisión y eventual aprobación (La Jornada, viernes 9 de septiembre de 2011).

 

Luego entonces, se ve claro: la clase dominante, sea en lo económico o en lo político, nunca en lo moral y ético, se enriquecen a costa del empobrecimiento de la mayoría. Qué lejos ha quedado el sentido expreso de la ley, a saber: el principio de que todo trabajo debe ser justamente retribuido (Comentarios al artículo 127 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, 1993).

 

No hay duda de los efectos del todo desfavorables del neoliberalismo para la mayoría de la población de México. Está siendo evidente que es la teoría política que tiende a reducir al mínimo la intervención del Estado. Parece ser que el predominio de la lógica de mercado se sobrepone a las funciones del Estado.

 

Los efectos visibles de esa política económica son que el trabajador experimenta miedo a perder su trabajo, tiende al individualismo, hace suyo el tema de la eficiencia y el espíritu de la empresa (Vaquero, 1999).

 

En otro sentido, cómo puede el trabajador, hombre o mujer, cumplir con su papel de proveedor si no tiene trabajo y, consecuentemente, ingresos. Cómo puede ejercer la función social de autoridad en la familia si está siendo privado del derecho a un trabajo, un salario, el seguro médico, entre otras cosas. Puede ser, existe ahora la hipótesis, de que bajo tales condiciones sociales y económicas decaiga el sentido de autoridad paterna y materna (Ribeiro, 2011).

 

Además, el trabajo ha sido visto como una continuidad del juego del niño, en tanto en cuanto permite un horizonte de vida y de destino para el joven adulto, sobre la base de lo que la familia aporta en términos de las expectativas para el hijo y de lo que este último consigue concretar (Rodulfo, 1992). En ese sentido puede entenderse que el horizonte de deseo puede verse coartado en los adolescentes por un sistema que imposibilita el tránsito a la adultez, particularmente cuando hablamos de indígenas (Colín, 2011).

 

Si para Sigmund Freud las dos condiciones favorables del ser humano son la capacidad para amar y para trabajar, y si una de ellas está siendo obstaculizada, por lo que respecta al tema que nos ocupa, la posibilidad de trabajo, el individuo encontrará pues mermado su potencial de vida psíquica.

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