Opinión

Nicolás Alvarado y el humor

Jicotes

Edmundo González Llaca

Reconozco la inteligencia, valentía y erudición de Nicolás Alvarado, pero metió la pata. Sus burlas y descalificativos a Juan Gabriel no fueron solamente un problema de inoportunidad, como el talentoso intelectual argumenta, sino algo más grave, una transgresión a la ética del humor. La provocación de la risa está condicionada a los valores culturales de la sociedad.

Nos podemos reír de todos y de todo, pero no podemos soltar la carcajada ante la debilidad, la diferencia étnica, la enfermedad, la elección de la sexualidad, la vejez, el horror, la pobreza, el duelo. Ya lo decía desde hace siglos Aristóteles: “Si se dobla es cómico, si se rompe ya no es cómico”. El humor es el rescate del gozo y la alegría ante los embates del dolor y la amargura, pero no se puede romper lo que justificadamente provoca lágrimas y tristeza. Aprendamos del error de Nicolás Alvarado y tengamos la sensibilidad para usar con mucho cuidado el arma poderosa de la ironía.

Un triste grito

La ceremonia del grito fue el claro reflejo del estado de ánimo presidencial y el humor social del país. En la plancha del zócalo ampliaron el espacio entre la gente y el balcón presidencial, expresión concreta de un presidente que se aleja cada vez más del pueblo. Por si fuera poco y en el colmo de la desconfianza y el miedo, las primeras filas ocupadas por acarreados. Ni los artistas para entretenerlos podían cambiar sus rostros de fastidio, no los hubiera reanimado ni Juan Gabriel resucitado.

Un Peña Nieto sin vigor ni estamina, en un acto nacionalista y patriótico parecía cargar la lápida de la invitación a Trump. El grito desangelado, con voz insegura y un toque de campana errático y tembloroso. La única que cumplió su papel, quizás por sus dotes de artista, fue su esposa Angélica Rivera, quien se vio apapachadora ante un presidente indiferente. Quien me acompañaba viendo el Grito, dijo: “Al menos hay alguien que lo quiere”. Un grito para olvidar.

El parque Cimatario amenazado

Graves, muy graves las acusaciones de Pamela Siurob, hasta hace unos días directora del Parque Nacional El Cimatario. Denuncia que tras de su fulminante cese están los desarrolladores inmobiliarios que se les hace agua la boca para darle una mordida a las zonas protegidas; quieren fraccionar 36 hectáreas del ejido Casa Blanca para ampliar la zona habitacional Colinas del Bosque. Pamela es una estimada y respetada ambientalista y lo ideal es que hubiera denunciado previamente a las presiones a las que estaba sometida y no esperar hasta su cese.

La obligación ética de la ecologista es hacer un seguimiento de esa amenaza al parque e informar a la sociedad. Con una respetuosa sugerencia para Pamela, la corrupción como todo cáncer tiene una metástasis, es decir, el mal está lejos de donde se origina. Los voraces inmobiliarios deben tener cómplices dentro del gobierno, de los dos grupos debe dar sus nombres y apellidos.

En estado de coma

Si el gobierno del presidente Peña Nieto fuera un cuerpo humano podríamos diagnosticar que se encuentra en estado de coma. Varios problemas lo han llevado al umbral del fin. La seguridad de los ciudadanos, principal responsabilidad de los gobiernos, no es garantizada en un territorio en el que día a día aparecen cementerios clandestinos.

La economía con salarios abatidos y el dólar por los cielos, son oscuras señales de un ascenso de la inflación. Ante las angustias de ingresos la Casa Blanca y otros casos de corrupción y despilfarro provocan una mayor irritación. Por si fuera poco, la visita de Trump hirió en lo más profundo el nacionalismo de los mexicanos.

El país está adolorido y con la sensación de estar a la deriva. El problema es que faltan todavía dos años del gobierno de Peña Nieto. La solicitud de su renuncia me parece que provocaría mayores problemas que soluciones. La gran cuestión es ¿Qué hacer? ¿Hay alguien que lo sepa?

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