No es desinformación: es magia mediática de servidumbre

En Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges cuenta la historia de un mundo ficticio —Tlön— creado por una sociedad secreta de intelectuales que, gracias a su coherencia interna y belleza conceptual, termina colonizando la realidad. En Tlön no existen los hechos, sino las interpretaciones; la causalidad se desvanece, y la historia se vuelve una rama de la literatura fantástica. Lo más inquietante del cuento no es la existencia del mundo inventado, sino la docilidad con que la humanidad lo adopta.
Años después, Ioan Coulianu, historiador rumano y discípulo incómodo de Mircea Eliade, retomó esa idea desde otro ángulo. En Eros y magia en el Renacimiento, explica cómo ciertos pensadores desarrollaron una “magia de las imágenes” capaz de manipular la imaginación —y con ella, el deseo y la conducta social— sin necesidad de tocar el cuerpo. La magia, lejos de la superstición, era una forma refinada de control simbólico.
En México, TelevisaLeaks ha abierto una grieta en ese telón hechizado. La filtración masiva de más de cinco terabytes de datos expuso que, dentro de la televisora más grande del mundo en habla hispana, opera un grupo clandestino dedicado a difundir noticias falsas y atacar a quienes considera enemigos, con el fin de apuntalar los intereses económicos y políticos de sus patrocinadores. Lo que se reveló no fue un simple caso de parcialidad o línea editorial sesgada, sino una infraestructura secreta para manipular la esfera pública.
Pero como en Tlön, la revelación no desató una revolución. Apenas generó un murmullo, un ligero malestar sin consecuencias. Porque hoy la verdad no compite con la mentira, sino con ficciones mejor producidas. El noticiero no informa: enmarca. El reportaje no indaga: justifica. El periodista no interpela: repite lo que conviene.
Aquí entra el otro gran personaje de esta historia: el periodismo vendedor de silencio. Ese que ya no cobra por publicar, sino por callar. Que se presenta como neutral, mientras acaricia el lomo del poderoso en ascenso. Ese que, con olfato de trinchera, detecta quién ganará la elección y acomoda sus adjetivos con obediencia profesional. Que aplaude con una mano, mientras con la otra extiende la factura.
Ese periodismo —el oficioso, el domesticado, el que dice “nos preocupa la democracia” mientras obedece órdenes— es la versión decadente del mago renacentista: no lanza hechizos, redacta boletines. No invoca demonios, sino ratings. No incomoda al poder, lo adorna.
Lo que Borges imaginó como un cuento filosófico es hoy una estrategia de relaciones públicas. Lo que Coulianu vio como alquimia espiritual se ha convertido en branding institucional. La realidad ya no necesita ser cierta: basta con que sea consistente, compartible y emocionalmente seductora.
Por eso, TelevisaLeaks no ha alterado el guion. Ha confirmado sus reglas. Nos recordó que el poder ya no le teme a la crítica (la integra), ni al escándalo (lo amortigua), sino al desajuste narrativo, a ese ruido incómodo que amenaza con romper la armonía del espectáculo. Lo importante no es la corrupción, sino que nadie desafine mientras se actúa la farsa.
Tlön ya está entre nosotros. Tiene consignas, cobertura en horario estelar y trending topics. Y quienes deberían alertarnos —los periodistas— ya no escriben desde el filo, sino desde la genuflexión. El libreto está listo, los aplausos grabados y el olvido asegurado en el próximo corte comercial. Las excepciones no son contrapeso.