No se puede comprar el futbol

Cuando en septiembre se anunciaron los precios de los boletos para la Copa Mundial de Futbol, la mayoría de los hinchas comenzaron a hacer cuentas y llegaron a la conclusión de que era mucho mejor ver a su equipo en una pantalla.
Las entradas por partido superaban, en algunos casos, los cien mil pesos. Y eso antes de que la famosa tarifa dinámica de la FIFA les dijera que siempre se puede cobrar más. Del negocio de la reventa -sabido por todos, menos por el gobierno- mejor ni hablamos.
Desde antes de la inauguración teníamos claro que este no sería un Mundial cualquiera. Sería un escaparate corporativo. Un club de lujo y, dicho por los aficionados, cinco veces más caro que Qatar y Rusia.
Boletos exorbitantes, experiencias VIP, accesos exclusivos para patrocinadores e “influencers”, playeras oficiales que nos cuestan más de seis salarios mínimos en México, pausas de hidratación convertidas en pausas de consumo, derechos de transmisión vendidos al mejor postor, centros remodelados para el extranjero adinerado mientras el vecino esquiva los mismos baches.
Conseguir un boleto para ver a la Selección terminó siendo, para esos aficionados que religiosamente llenan sus estadios durante la Liga MX, más improbable que levantar la Copa.
Analistas y periodistas llevaban meses asegurando que este sería el Mundial de las élites. El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez escribió que “nunca la copa del mundo nos había parecido más venal y más mercantilizada, en su voluntad de lavarles la cara a las autocracias”. ¿Quién iba a discutir eso?
El pronóstico era que la FIFA convertiría el gran torneo en un producto exclusivo y le arrancaría el fútbol al lugar donde siempre perteneció: la calle.
Sin embargo, el marcador terminó por dar la vuelta. Resulta que Infantino pudo comprar un Mundial, pero nunca aquello que lo convierte en fútbol.
Cuando las puertas del estadio se cerraron para la mayoría, las plazas públicas comenzaron a llenarse de aficionados. Sin acreditación, en cada partido los hinchas apartaban lugar desde temprano frente a una pantalla instalada por el gobierno de su municipio o alcaldía. Las zonas “fest” se desbordaban. En las calles, ni las lluvias de Ciudad de México ni los 40 grados en Monterrey han frenado a las tribunas. Se bañan en cerveza, se reparten tacos y elotes. Se baila payaso de rodeo y se hace volar al más descuidado reportero.
El día que México se convirtió en líder de grupo en su tercer partido, con tres goles y el país entero esperanzado, más de 800 mil personas se congregaron en avenida Reforma, con el mismo ánimo con el que checos celebraban y saltaban la cuerda en colonias donde no llegó la Transformación, sin importar mucho la derrota de los 90 minutos.
La FIFA, esa manga de viejos hijos de puta, como los llamó el buen Pepe Mujica, pudo comprar el espectáculo, pero no nos despojó del fútbol. Es más: nos recordó que la pasión y la pertenencia no necesitan acreditaciones ni butaca en palco.
El fútbol le pertenece a la calle. Lo sabe Messi, Mbappé, Neymar; todos aquellos que salieron de la cancha improvisada y del sueño imposible.
“Esto es de otro mundo”, dijo la futbolista española Jenni Hermoso cuando festejaba el triunfo de México en el Ángel de la Independencia.
Y sí. Esto es de otro mundo. Porque esta sede terminó demostrando que el verdadero estadio puede ser una plaza pública, el zócalo, un malecón, una banqueta o el patio de una casa. Así es el fútbol.
Ya lo dijo Residente en 2010: no se puede comprar la luna ni comprar el sol. Y pensándolo bien, tampoco se puede comprar el fútbol.



