Opinión

Notas sobre la evaluación de competencias

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En mi artículo anterior analizaba algunos problemas que entrañan los exámenes estandarizados, con los que se pretende evaluar a estudiantes o docentes y determinar si son “aptos” para ingresar a un nivel superior, o bien, para ejercer la profesión.

Señalaba que considero absurdo evaluar, mediante exámenes estandarizados (de papel y lápiz y de opción múltiple), las llamadas “competencias para la vida” (como establecen los programas oficiales), así como las que debe manifestar un “buen” maestro, en los exámenes “de oposición”.

Si quienes dirigen el sistema educativo mexicano estuvieran realmente interesados en evaluar las competencias de los estudiantes, o de los profesores, tendrían que interesarse ANTES por conseguir que en las escuelas se pudiera trabajar cabalmente, según ese enfoque educativo.

Oficialmente, una competencia es un dominio complejo que integra diferentes conocimientos, habilidades, actitudes y valores, que permiten a un sujeto enfrentar de manera adecuada, pertinente y eficiente una situación determinada (problemática, nueva o imprevista).

Se infiere de esta definición que las competencias son algo de lenta cocción. Adquirirlas requiere de experiencia, no sólo ir a la escuela. Requiere enfrentar, una y otra vez, tareas complejas de la vida y del trabajo (o del trabajo-juego, como diría Freinet), ensayando, errando, reflexionando, volviendo a intentar, buscando otros caminos…

Solemos llamar “competente” a quien hace algo muy bien; sabe comunicarse y seducir; no se le cierra el mundo; conoce los contextos, usos y costumbres del sector en donde se desenvuelve; sabe dónde buscar información o a quién acudir si no puede resolver un asunto solo, etc.

El enfoque de competencias se instaló en el sistema escolar a partir de la presión de la clase empresarial, que enfrenta muchas contrariedades con los egresados de las deficientes escuelas mexicanas. Los empresarios esperan contar con trabajadores “competentes” que les resuelvan los problemas, en lugar de que se los compliquen… Y esto es comprensible.

Lo que no se comprende es la pretensión oficial de educar a los estudiantes según ese enfoque, sin cambiar un ápice las estructuras relacionales y epistémicas (de los educadores-educandos consigo mismos, entre sí y con el mundo). No se puede desarrollar competencias tratando a los chicos como potenciales delincuentes o soldados (rapándolos por parecer “cholos”, como lo hizo ese director de Jalisco, que no es el único que piensa así), ni teniéndolos hacinados, inmóviles por largas horas en pupitres incómodos, viendo todos al pizarrón, siguiendo el mismo libro o contestando cuestionarios al unísono, en sesiones de 45 minutos; no se puede, saturándolos de tareas que usurpan su tiempo extraescolar.

Hay otras formas de evaluar las competencias, mucho más eficientes que las pruebas de papel y lápiz, y otras formas de adquirirlas, mucho más adecuadas que la escuela verbalista, libresca y autoritaria que ya he señalado.

Ejemplos claros son esas series televisivas, en las que ciertos individuos o equipos (tatuadores, cocineros, pasteleros, modistos, etc.) contienden por el único puesto disponible, eliminando a todos los demás colegas.

Merece especial mención la película (sátira) de Marcelo Piñeiro, “El método Grömhol”, en la que los aspirantes a un puesto concursan enfrentándose a ciertas tareas desafiantes que se les proponen a través de un ordenador. Así, han de demostrar sus aptitudes, para diseñar estrategias comerciales, convencer a un cliente, enfrentar conflictos, hablar otras lenguas, etc. El quid de dicho método se devela en el siguiente “diálogo” entre instructor y aspirantes:

“Ustedes son los finalistas de las entrevistas y pruebas anteriores. No obstante, hoy se decidirá quién es el más apto. Vuestra primera tarea consiste en averiguar quién de ustedes no es un auténtico candidato”. –“¿Hasta dónde tenemos que competir; hasta que nos arranquemos los ojos?”, pregunta una. -“No voy a darte el gusto de ver cómo me marcho”, dice otro. –“No parece que se respire toda la colaboración que debiera haber en el grupo”, señala el instructor. -“¿Qué grupo?: estamos compitiendo por el mismo puesto de trabajo…”

Admito que cualquier lector informado sobre este tema podrá señalar que estoy confundida, pues los ejemplos citados nada tienen que ver con los planes oficiales. Nombrarán a Chomsky, a Perrenaud y a otros gurúes del enfoque de competencias y citarán algunos apartados de los programas, que hablan del afán de “superar las desigualdades sociales”, de “desarrollar el pensamiento crítico”, de “fomentar la solidaridad”, etc.

Tales discursos, que parecen sólidos, coherentes, y hasta bellos, confunden las cosas, porque, EN LOS HECHOS, ya se instalaron, en muchos lugares del planeta, esas formas de relación/evaluación que denuncia “El método”. En los hechos, adquirir competencias se vincula íntimamente con eliminar a los demás. De eso se trata competir. Por eso hay “eliminatorias”.

Otras formas radicalmente distintas de desarrollar y evaluar aptitudes complejas (o “competencias”), más acordes con una educación democrática y popular, y que ya esbocé en un artículo anterior, son las que practica la Escuela Activa, desde hace casi 100 años.

Quienes logran trabajar de acuerdo con dicha alternativa, si quieren sobrevivir en los contextos neoliberales, deben convencer a los supervisores de que esta forma de educar es mucho mejor, más eficiente y menos dañina para lograr y evaluar integralmente los aprendizajes esperados por la SEP.

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