Opinión

Nuestros dioses reclaman sangre

Hermoso suelo mexicano alimentado con sangre desde épocas precolombinas devora, insaciable y voraz,manantiales rojos y negros que se derraman ante el estupor y modorra de sus habitantes. Borbotones de agua escarlata recorren nuestras venas ágiles y ligeras buscando una grieta ínfima, precipitándose para inseminar la tierra, cerrando así un círculo de vida.

Estamos pasmosamente acostumbrados a percibirla con nuestros sentidos; saboreándola de tanto en tanto sintiendo su textura mientras se nos escapa, escuchando su fúnebre canción anunciándose por la radio, pero sobretodo observándola en notas rojas,  sello y marca literaria exitosa  (¡BestSeller!) de los últimos sexenios.Pero no estamos conformes.

El Partido Verde (verde/vida, verde/salud, movimiento/verde verde/esperanza) nos la vende en sus comerciales, ofreciéndola a precios baratísimos para el beneplácito de nuestros dioses, tan semejantes a nosotros en su glotonería; “Muerte a los secuestradores… muerte a los corruptos… muerte a los que contaminan y lucran con muerte”, es bien sabido, en México la muerte sube los índices de aprobación (por eso el PRI es tan exitoso en su política práctica).

La sociedad  se ha divorciado de la naturaleza. Encontramos numerosos movimientos que defienden al animal; al inocente puerco o vaca de granja, al atropellado pequeñito amigo peludo que encontraron en la esquina, al mamífero cuya falta de adaptación natural lo está llevando a la extinción, al cetáceo que desaparece por el abuso del hombre en su caza, todos ellos tienen su sitio, ya tan validado por el Status Quo, pero…  ¿quién defiende al hombre?

Una bodega con 22 simios masacrados hubiera causado una revuelta entre los ciudadanos, sin embargo,  ¿qué nos dejó Tlatlaya? Una  viva muestra -carne expuesta, costra abierta- del éxito en la calumnia al prójimo que ha dejado este sistema: “EnAlgoDebieronEstarParaQueLosMataran”, como apología de la culpabilidad del individuo por estar en el momento y el lugar incorrecto. Hoy todos somos esa mujer que violan y asesinan por traer falda, pantalón, levita o sotana o cualquier ropa/ideología  que al abusador/fuerzas del orden le parezca sugestivo.

Pero también crucificamos ansiosos al pobre; al que trae el uniforme militar y que más que la disciplina a las marchas forzadas y al sol, le teme al estricto régimen de hambre en el cual su familia se debatía mientras escarbaban en las moronas miserables que les daba el Estado, ese también es objeto de calumnias –“rata vendida al servicio del poderoso”, le dirán las comprensivas y tolerantes fuerzas progresistas- y sólo cambiarán su perspectiva al defenderlo cuando comete un asesinato a sangre fría contra su hermano que en lugar de la férrea disciplina y maltrato del ejército, decidió apostar por la peligrosa vida del narcotráfico.

En parques, plazas, pueblos y rancherías se hace sangrar al indígena, culpable del delito de la suciedad y negrura. Las fuerzas de la razón del Estado, les quitan de las manos y arrastran por el piso las chingaderas esas que venden, trozos agonizantes de una cultura vencida y que necesitan ser sepultadas junto a sus creadores de forma definitiva para dar paso al progreso y al desarrollo.

Se hace también un sacrificio de la mujer, espiga fuerte y rejega que se niega a someterse las redes sangrientas que utilizan sus caderas como moneda de cambio. La política (también está manchada de sangre, semen y saliva), busca reducirla a un papel de espectadora mientras los hombres manejan sus destinos. No es papel de ella cuestionar sino poner el cuero por el “partido de las madres de familia que también trabajan”, como reza el slogan de cierta organización política.

Y en esa lógica en la cual pagamos y compramos con sangre, también le ponemos los pies al fuego al que no se acostumbra a las reglas del mercado, al que sana las heridas hablando de dignidad, de rebeldía, de decoro; dejamos pudrirse en el cadalso al que con el ejemplo detiene hemorragias, sutura la piel del corazón lacerada con bálsamo justiciero. Ese nos hace más daño porque nos recuerda que el sufrimiento es opcional.

En algunos años, la historia sabrá con horror cómo sepultamos a millones en fosas clandestinas. Qué vergüenza y qué horror de país.

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