Opinión

Nuevos nombres, viejos sucesos.

Por Ricardo Rivón Lazcano

…podría abrir un café, ponerme arracadas

y ropas de gitano y llamarme Madame Olga.

Charles Simic

Cuando Marx habló del mercado, dijo que éste tenía una vocación mundial. Uno va de curioso leyendo cosas variadas: Un poeta francés que recorre la Sierra Tarahumara y le escribe a la mierda, un economista liberal que le escribe a los no liberales, una novela policiaca ambientada en Los Andes con rituales brujeriles, un trasterrado español pitorreándose y “rediezcubriendo” México. Nada como El 18 Brumario de Luis Bonaparte, pero tampoco El derecho a la pereza queda atrás. En fin.

Entonces uno va cayendo en la cuenta de los grandes cuentos. Por ejemplo, en el párrafo que sigue se vive ya lo que 40 años después será la globalización y la condición posmoderna. Digo será por sólo decirlo, porque en realidad no sería sino ya estaba. La globalización y la posmodernidad ya estaban ahí, como Marx lo vio más de un siglo atrás:

“La realidad nunca me ha parecido muy realista, afirma Charles Simic. Yo crecí –cuenta– en un mundo comparable a un poema surrealista: en Belgrado, durante la II Guerra Mundial, con cines que proyectaban películas norteamericanas, alemanes que colgaban a gente de los postes de la luz en la calle mayor de la ciudad, parejas jóvenes bien vestidas que flirteaban y refugiados llegados del campo que pedían limosna. Cuando llegué a Nueva York en 1954, lo cierto es que todo era muy parecido. Era una noche calurosa de julio en la calle 42 con marineros borrachos, salas de baile, cines que exhibían westerns y películas de terror, periódicos que llevaban en la portada fotografías de algún gánster que yacía en un charco de sangre y alguno que otro predicador que gritaba en una esquina que el mundo se acabaría el jueves siguiente”.

Marx y muchos otros filósofos nos ponen en el límite de la existencia cuando nos empujan a la ficción. Apariencia y esencia que se traducen en ficción superficial y ficción profunda. Simic en aforismo, de nuevo:

“Cada objeto es un espejo; La forma es el aspecto visible del contenido; Me gustaría demostrarles a los lectores que las formas más familiares que los rodean son ininteligibles; Es el objeto que miro el que fija las reglas de su visibilidad; Tratándose de tenedores todo mundo es un experto; A veces –y esto es una paradoja– sólo las imaginaciones más descabelladas pueden tender un puente sobre el abismo entre la cosa y la palabra. Espero permanecer abierto, experimentando tanto como pueda, incluso hacer el ridículo de vez en cuando. La única cosa que me da miedo es la amargura, la bilis acompañada de la certidumbre de que por fin he entendido todo”.

Recordando a Wright Mills

La imaginación es un atributo compartido pero la imaginación sociológica es una carencia ampliamente difundida. Por ello no podemos comprender nuestra propia experiencia y evaluar nuestro destino. Para lograrlo, cada uno tendría que localizarse a sí mismo en esta época, con sus propias posibilidades y las de todos los individuos que comparten sus circunstancias. Es una lección terrible, y en otro inevitable sentido una lección magnífica. No conocemos los límites de la capacidad humana para el esfuerzo supremo o para la degradación voluntaria, para la angustia o para la alegría, para la brutalidad placentera o para la dulzura de la razón.

Hemos llegado a saber que los límites de la “naturaleza humana” son espantosamente dilatados. Hemos llegado a saber que todo individuo vive de una generación a otra, en una sociedad, que vive una biografía, y que la vive dentro de una sucesión histórica.

Por el hecho de vivir contribuye, aunque sea en pequeñísima medida, a dar forma a esa sociedad y al curso de su historia, aun cuando él está formado por la sociedad y por su impulso histórico.

rivonrl@gmail.com

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