Opinión

Ojalá…

Comentarios a “El mito de la transición democrática.

Nuevas coordenadas para la transformación del régimen mexicano”

 

Por:Gonzalo Guajardo González

El libro de Ackerman es de denuncia, denuncia que conmueve hasta las entrañas, porque no le falta razón. Y también conmueve porque, como el espejo de la madrastra de Blanca Nieves (“Dime quién es la más bonita de este reino”), la imagen que regresa a los mexicanos pone al desnudo varias razones de nuestro infortunio.

Una de esas razones es que los grupos en el poder (para este caso, encabezados por el sempiterno PRI y Televisa) monopolizan y reescriben cada día la historia del país y de cada mexicano.

Don Luis González, historiador mexicano, hablaba de cuatro intereses que guían epistemológicamente las formas de escribir la historia. El primero de ellos, y que a don Luis le interesaba denunciar, es el que da lugar a la “historia de bronce”, es decir, esa historia que se plasma en las efigies, las estatuas, los monumentos, etc., para significar los momentos culminantes y más dramáticos del acontecer nacional o local. Así, por ejemplo, está la estatua monumental de Conin sobre la autopista que va a la ciudad de México, a la altura de Miranda, y que presenta a un hombre hierático, fuerte y con gesto decidido. ¿Quién fue Conin? Un cacique, que contrajo matrimonio con una mujer de la nobleza local, en Maxei (Querétaro), cuando se estaba consumando la conquista en Veracruz y Tenochtitlan, y que se puso a las órdenes de los españoles cuando llegaron finalmente a Querétaro en su marcha hacia el norte. Fue bautizado como Fernando de Tapia, y puso a disposición de los conquistadores todas sus influencias y su capacidad de mando sobre la población autóctona, para obtener una posición de privilegio. En la historia que se enseña en las escuelas queretanas aparece como el gran apaciguador de los otomíes, e impidió las agresiones de los feroces chichimecas.

Como ésa, todas las historias locales y la historia nacional han sido hurtadas y reescritas por el poder político, económico e ideológico del país. No son lamentables esas narraciones meramente porque signifiquen un engaño, sino porque a final de cuentas son un despojo de la identidad de los pueblos, que ya no pueden contar su propia historia.

Y no queda sólo en eso, sino que la historia de bronce, a la manera descrita, también significa despojo de proyectos, de futuro. Si el pasado es hurtado y trastornado, la consecuencia natural es que también queda así cooptado el futuro; los hombres no pueden ya planear cómo construir su vida y la de sus hijos y nietos; la historia social y las historias familiares e individuales quedan en el aparador y dejan de tener significados y de ser propuestas de futuro.

Los engaños sistemáticos del PRI durante 80 años, la habilidad sistemática de los monopolios económicos, la sutileza de los aparatos ideológicos del Estado han estado sometiendo incesantemente a la población, para dejarla completamente indefensa.

 

Al menos eso quisieran…

Pero hay voces, como la de Ackerman, que horadan con su estudio la fuerza intrínseca del pueblo mexicano que, con respaldo científico y epistemológico, le preguntan, como dice la canción: “¿quién dice que todo está perdido?”.

Ackerman expresa confianza, pero no ciega ni fanática, en que nuestra sociedad cuenta con recursos prácticos, conceptuales y de tradición de lucha, para enarbolar esfuerzos en favor de la emancipación política, económica e ideológica.

Eso se hace más patente ahora, cuando la credibilidad de la derecha ha perdido fuerza en el mundo entero y en México. Es profundamente endeble en su discurso y en la justificación de sus tropelías. Por ello, ha tomado el meollo del discurso de las izquierdas que, desde el siglo XIX, hablan de justicia social. Peña Nieto dice que Pemex no se privatiza; la entrega de las comunicaciones al capital privado la justifican no en su privatización, sino en la promesa de lograr mayor eficiencia en el servicio. La entrega de tierras de cultivo a los monopolios transnacionales se legitima para favorecer producción suficiente de alimentos para abastecer a toda la población. La rapacidad extranjera en los trabajos de minería se explica porque, de esa manera, se provee de nuevos recursos a la población. La explotación del ser humano se adereza con el discurso revolucionario de emancipación y bienestar general, pero cuyo contenido se ha trastocado.

Hablar de democracia no significa hacer uso de una palabra cuyo contenido sea único e idéntico en todo tiempo y lugar.

Cuando se explican las reformas estructurales en educación, en comunicación, en la propiedad de la tierra, en la habilitación de los espacios viviendísticos, en los recursos energéticos, en la producción agrícola, etc., siempre se echa mano del discurso de la igualdad y del reparto de beneficios a toda la población. Se trata de una manera de manipular los reclamos de la izquierda, para darles otro derrotero.

Y se justifica diciendo que, con ello, se está respondiendo democráticamente al mandato de la población. Quieren que pensemos que son los demócratas más convencidos y comprometidos. Pero la representatividad en las cámaras que hoy tenemos no es la única manera –ni la mejor– de organización democrática de un pueblo. ¿Dónde quedó la democracia comunitaria?, ¿dónde está la democracia directa, sin representantes?, ¿cuándo se posibilita, en esta democracia representativa, intervenir directamente en lo único que es común a todos nosotros, que es nuestra calle, nuestro pueblo, nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país, nuestra economía, nuestra cultura, nuestra educación, nuestro trabajo?

 

 

 

 

 

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