Ónde viviremos

Yo y Lauro crecimos en San Rafael. Nuestros padres eran vecinos y por eso fuimos a la misma escuela, anque él es mayor que yo. Mis apás m’estaban inscribiendo en primero, y Lauro ya iba en tercero. Ellos me llevaban a clase, mientras que Lauro ya s’iba solo.
Mi’acuerdo cuando yo andaba por los quince y él por los dieciocho: un día me dijo que quería que nos juntáramos. “Pero, eso sí, tú sigues con tus ’apás y yo con los míos, hasta que nos cásemos”, mi’alvirtió. Terminando l’escuela, me pidió que me fuera con él. En un inicio, estuve en su casa, porque no teníamos un lugar aparte: yo dormía con sus hermanas y él en otro cuarto. Pero, di’al poco, nos quedamos juntos, y sus ’apás no dijeron nada.
Con el tiempo, yo no me sentía a gusto, le pedí que buscáramos una casa pa’ los dos solos. Mi Lauro dijo qu’él había pensado lo mismo, anqu’él quería que fuera lejos de su casa y de mis ’apás, porque ya teníamos un hijo, y no’staba bien que se metieran en su educación: “ni los tuyos ni los míos”, dijo. Me dio mucho gusto qu’él pensara igual que yo. Al otro día, tempranito, cuando se fue al taller, yo cargué a mi chilpayate y también salí, pero a buscar ónde vivir solos. Caminé mucho, por todos lados, re lejos de la casa de mis papás y de mis suegros. ’Staba cansadísima. Con much’hambre, regresé al cuarto. Lauro ya’bía llegado; ya’sta había hecho la comida. Ni tiempo me dio pa’ decirle que no había encontrado nada. Me contó, entusiasmado, que le ofrecieron seguir en el taller, pero en el de Querétaro, y que él lueguito aceptó, con l’idea de vivir solos los dos.
Como le aconsejó Almanza, su jefe del taller, al otro día mi marido no fue a trabajar, sino que cargamos al chamaco y agarramos pa Querétaro a buscar casa. En el barrio hallamos un cuarto de buen precio y lo rentamos. A los tres días, ya’stábamos acá con nuestras chivas. A mi Lauro lo pusieron en l’agencia con los coches que tovía tienen garantía. Al final, mi viejo se quedó a cargo de las llantas, lo que ya di’antes, hacía en San Rafael, con Almanza.
’Tábamos rete contentos en Querétaro. Pero, después, ya no cabíamos en el cuarto que teníamos; igual que en San Rafael, que también nos había quedado chico. Más ’ora, qu’esperábamos al segundo hijo: todo se nos dificultaba, por tanta gente que hay aquí.
’Tons nos dio por conseguirnos una casita, y nos hizo mucha ilusión. En ésas andábamos cuando nos dejaron en la puerta la publicidá di’una compañía: anunciaba casas totalmente nuevas, con jardín, mucho arbolado, y pagos cómodos: sólo había que dar un enganche inicial (de casi cien mil pesos), y el resto s’iría pagando en mensualidades, como renta.
Con apoyo de nuestros papás, que nos prestaron un dinero y, como se pudo, con ahorros y vendiendo cosas que teníamos, dimos un enganche en dos plazos. Al fin, tendríamos casa propia, y más grande que los cuartos’ onde antes’ stábamos. Nos hacía mucha ilusión; rete contentos, andábamos todo el tiempo platicándolo a los amigos. ‘Tons nos mudamos pa’cá. La verdá, ’tábamos muy ilusionados, anque todo el tiempo tronándonos los dedos. En esto nos hemos gastado ya los ahorros que guardamos pa’la vejez. No es mucho, pero es lo que teníamos. Mi suegra nos apoyó con sus propios ahorros.
El caso es que la inmobiliaria que vendió las casas se fue del estado (no sabemos a dónde). Pero siguen sus abogados: nos enviaron una requisición porque, según ellos, debemos. Varios se defienden de estos cobros: “no sé qué quieren”, dicen, “si hace años que no vivimos en el estado ni tenemos nada que ver con él”. Aun así, la inmobiliaria exige que paguemos lo que debemos (enganche y mensualidades) o, de lo contrario, nos echarán a la policía, y ya sin derecho a vivienda. Es lo que hemos ganado: deudas que no reconocemos y ser expulsados de la casa donde dejamos la vida entera.

