Opinión

Pacto cupular vs pacto cultural popular

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

“Consummatum est”. Peña Nieto es el nuevo Presidente espurio, y las reformas estructurales a leyes federales, que antes protegían a la población y que ahora la vulneran, siguen avanzando. Por más protestas populares que haya habido en toda la República, quienes están encerrados en la cúpula del poder no escuchan al pueblo, pues no lo consideran digno de atención, como se vio claramente en los discursos autistas de posicionamiento del PRI, PAN, Panal y PVEM, previos a la toma de protesta del Presidente entrante. (Vale leerlos todos en los principales diarios o en la red electrónica).

¿Habremos de conceder al nuevo gobierno y su reciente “Pacto por México” (con el PRI, PAN y PRD) el beneficio de la duda? Con él, la clase política dominante busca deslumbrar a la población y convencerla de que se deslinda del resto de los “poderes fácticos” (sic) y ahora sí les pondrá límites; es decir: “Ya no habrá más monopolios, ni privilegios fiscales para los ricos, ni corrupción, ni hambre. Habrá, en cambio, gobernabilidad democrática, crecimiento económico, justicia social, empleo, ejercicio pleno de los derechos y libertades sociales, competitividad, seguridad, transparencia y rendición de cuentas…”

Las buenas declaraciones, sin embargo, no bastan para dar un giro tan radical. Volver ese pacto realidad implica ir contra la propia idiosincrasia de quienes lo firman y contra la de aquellos a quienes obedecen. ¿Cómo concretar ese pacto sin romper con las tremendas inercias históricas, ni con el Consenso de Washington; sin terminar con la acrítica y vergonzosa sumisión al BM, al FMI o a la OCDE, que en las últimas décadas (no sólo durante el panismo) han imperado sobre México?; ¿cómo concretarlo, abriendo simultáneamente las puertas a la voracidad del gran capital nacional y extranjero (que ve a Pemex como botín), y sin poner cortapisas al duopolio televisivo, a Coca-Cola, a Monsanto, a las grandes mineras e hidroeléctricas y demás empresas trasnacionales, que alienan, generan graves problemas de salud y que están devastando nuestro hábitat?; ¿cómo realizarlo, sin terminar con los privilegios de las poderosísimas cúpulas de los sindicatos corruptos (SNTE, por ejemplo)?, en fin, ¿cómo plasmarlo, sin poner un alto efectivo a la lógica capitalista con la que todos ellos comulgan? ¿Qué cambio real puede haber cuando no se cuestionan las bases perversas de este sistema?

Aunque sea difícil de entender, mucha gente sigue creyendo en las buenas declaraciones, sin escuchar su propia experiencia. La necesidad de creer en algo (aunque sea absurdo), para no sucumbir psíquicamente, aunada al miedo, a la desidia y a la tremenda ignorancia en la que vive la mayoría de la población explican por qué muchos mexicanos, aunque están hartos de la situación dominante y sus gobiernos, siguen confiando en que el cambio vendrá sin necesidad de transformar al sistema.

Un interesante estudio del Instituto Nacional de la Juventud aclara parcialmente esta situación: el 71.1 por ciento de los jóvenes mexicanos, entre 12 y 29 años, cree en el pecado, 67.1 por ciento en los santos, 58.1 por ciento en el infierno, 40.1 por ciento en fantasmas y espíritus, 27.8 por ciento en amuletos, 26.7 por ciento en las limpias y la lectura de cartas, y 24.7 por ciento en la brujería; mientras que sólo el 6.1 por ciento entiende que la desigualdad es uno de los problemas más graves de México. (Nota de Karina Avilés en La jornada, 30 de noviembre de 2012).

No cabe duda: la escuela es inoperante para desarrollar el pensamiento crítico en las nuevas generaciones, frente a la tremenda influencia del poderío eclesiástico, la sociedad de mercado, y sus medios masivos.

La fe en los milagros no transforma la realidad (al menos no en la dirección de la justicia social y el bienestar para todos); tampoco la transforman simplemente los discursos críticos. Se requiere una praxis articulada de muchos actores hacia un proyecto alternativo de nación.

En mi artículo anterior comentaba que hay formas opuestas de ser optimistas: La de los poderes fácticos (incluida la clase política que ahora los critica), que niegan la parte oscura de la realidad y sólo quieren que nos fijemos en las bellezas turísticas o en la “felicidad” que supuestamente da lo vendible-comprable, y la del pueblo crítico, que sabe que la verdadera riqueza está en su historia y su utopía, en el trabajo al que se entrega, en la cultura, el conocimiento científico o las artes que genera. Ese pueblo optimista no se rinde, aunque opere en condiciones muy precarias.

Los promotores de cultura son un ejemplo palpable de pacto con la esperanza.

Varias reuniones de esta extraña clase, promovidas por el Instituto de Cultura del Municipio de Querétaro evidencian la enorme diversidad, riqueza y creatividad de prácticas culturales (fascinantes, excéntricas, tiernas, geniales) que tenemos, y demuestran que la utopía, el empeño y la libertad pueden infiltrarse por múltiples resquicios, también en ciertos espacios gubernamentales.

A algunas de esas propuestas me referiré en próximas entregas.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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