Opinión

País convulsionado

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Quejándose de la complicada situación del país, la madre de Porfirio Díaz de plano dijo un día a sus hijos: ¡No nos quedará otra que cambiarnos de país! En esto pensaba yo al oír las noticias terribles que vienen de Iguala, Ayotzinapa y Tlatlaya, donde la desaparición de personas, las ejecuciones extrajudiciales y el hallazgo infinito de cadáveres constituyen la prolongación y agudización de la pesadilla iniciada en 2006. Y es que muchos hoy están pensando cambiarse de país. Doña Petrona, que vivía en Oaxaca, pensó en irse a Guatemala, porque México era Guatepeor. No sé a dónde podríamos ir nosotros.

Desde hace ocho años el país se ha convertido en una inmensa fosa clandestina. La contabilidad registra, hasta ahora, nada menos que 400 fosas que han vomitado más de 4 mil cadáveres. En tres cuartas partes del territorio nacional se vive este horror. Hoy, el presunto asesinato de 43 jóvenes normalistas en Iguala-Ayotzinapa, que pudo movilizar hasta a los queretanos, sintetiza todo este horror. Ahí tenemos todo: secuestros, desaparecidos, asesinatos, fosas clandestinas, estudiantes y víctimas del criminal vínculo entre policías y delincuentes. Y más, hay iracundia en las calles. Ahí está la agresión a Cuauhtémoc Cárdenas y Adolfo Gilly.

Iguala no es un pueblo perdido entre las cumbres de Maltrata o en la profundidad de las barrancas del cobre. De la capital del país está a la misma distancia que la ciudad de Querétaro. Este caso ha escalado dimensiones que pueden complicarse para el país y el gobierno federal, no sólo en cuanto a su imagen, sino que podría impactar en el sueño de las inversiones trasnacionales. ¿Quién viene a invertir a un país convulsionado? Ya la ONU, la OEA, el propio gobierno de EU y organismos internacionales de derechos humanos han dirigido sus ojos a nuestro país como lo han dirigido antes a Siria o Guinea.

A veces cae uno en la ilusión de creer que ya lo vio todo. En el pasado fueron magnicidios, alzamientos armados y devaluaciones. Lo que hoy vivimos es una virtual guerra civil y el imperio de la impunidad. Se han diluido las fronteras entre la violencia de los cuerpos de seguridad del Estado y la violencia de los grupos delincuenciales, con capacidad armamentista a veces superior a la del Estado. Y no es cosa de ahora, ni se reduce a policías municipales o a esposas de alcaldes. Quizá la más nítida metáfora de este horror sea la persona del general Jesús Gutiérrez Rebollo, el zar antidrogas que todavía bajo el régimen priista, antes de la alternancia, fue sentenciado a 40 años de cárcel por narcotráfico.

Efectivamente, no figuramos entre los 24 estados del país donde han descubierto fosas clandestinas, pero estamos muy lejos de ser la ínsula donde no pasa nada. Antes bien, pareciera que todos los caminos de la criminalidad por aquí pasan. Nazario Moreno, Héctor Beltrán Leyva, Amado Carrillo, Daniel Arizmendi, Amado Yáñez y Germán Goyeneche, a quienes el público seguramente identificará mejor por sus alias: El Chayo, El H, El Señor de los Cielos y El Mochaorejas, desde sus prisiones o desde sus tumbas algo tendrán que decir de Querétaro más allá de sus bellezas coloniales.

Por lo demás, como cree nuestro querido Inocencio Reyes, no sólo es lícito sospechar, estamos obligados a sospechar de todo. ¡Tantos montajes hemos visto que hay que dudar aún de lo que vemos! No podemos dejar de ver esa otra violencia con cara de entretenimiento y bondad. Por ejemplo, es de llamar la atención cómo de pronto los corporativos mediáticos parecen sumarse a una indignación nacional: a Televisa sólo le faltó la inflexión y el puño cerrado para rubricar el último miércoles con un ¡vivos se los llevaron, vivos los queremos! la pasarela de nombres y retratos de los 43 desaparecidos de Iguala. Más que indignación, seguro está ajustando cuentas con algún otro poder.

Sí, tal vez la televisión mexicana nunca nos dará gusto. Eso que llamaron “caja idiota”, de idiota nada tiene, pues hasta cuando abraza causas nobles habría que ponerlas en duda. Cuando la televisión informó de la imponente marcha de los estudiantes del Politécnico, en realidad estaba elogiando la “insólita sagacidad” del señor Osorio Chong en mangas de camisa, y los estudiantes no eran sino preciosa escenografía para el brillo de su magnífica persona. Cuando Televisa presentó con furor ecologista la denuncia por la contaminación del río Sonora, en realidad estaba preparándole la cama al señor Germán Larrea, que estorbaba dentro de su consejo de administración.

Ahora que están llenando sus pantallas de presunta preocupación por los desaparecidos, habría que preguntarnos por los temas de la agenda nacional que habría que añadir a la lista de los desaparecidos de nuestros días. Por ejemplo, las negociaciones que desde el 5 de septiembre se están realizando en el más absoluto sigilo para la asignación de los 4 billones de pesos que formarán el presupuesto federal de 2015; por ejemplo, las negociaciones sigilosas para el reparto de la economía nacional al amparo de las llamadas reformas estructurales (que mucho de criminal tienen, por cierto), y que comprometen megaproyectos de poderosas trasnacionales. Claro, mientras más ruido haya afuera, menos oiremos lo que conversan adentro. Claro, los tiburones en sigilo trabajan mejor.

Que doña Petrona no nos aconseje dejar el país. Hay que hacernos cargo de él. Que los crímenes de la calle no hagan imperceptibles aquellos crímenes que bajo sigilo se cometen.

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