Opinión

Panorama internacional 2017

Rodrigo Chávez Fierro / @chavezfierro

Recientemente, ‘Foreign Policy’ publicó lo que considera los diez conflictos a observar durante 2017, del cual ofrecemos una traducción del inicio de la investigación para ilustrar la complejidad en las relaciones internacionales en el año que comienza. De acuerdo con la publicación, el mundo se encuentra entrando en su capítulo más peligroso en décadas.

Los conflictos que enumeran han traído consigo consecuencias como la crisis global de refugiados hasta la propagación del terrorismo, advirtiendo el fracaso de la humanidad para resolver problemas. Incluso en las sociedades pacíficas, la política del miedo está llevando a una peligrosa polarización y demagogia.

Es contra este telón de fondo, Donald Trump fue electo presidente de los Estados Unidos; el evento más importante del año pasado y con profundas implicaciones geopolíticas para el futuro. Mucho se ha dicho sobre las incógnitas de la agenda de la política exterior de Trump.

Pero una cosa que sí sabemos es que la incertidumbre misma puede ser profundamente desestabilizadora, especialmente cuando involucra al actor más poderoso en la escena global. Los aliados nerviosos de Europa hasta Asia Oriental están analizando los tuits de Trump y los disparates ocasionales ¿Cortará un trato con Rusia sobre las cabezas de los europeos? ¿Va a intentar deshacer el acuerdo nuclear de Irán? ¿Está proponiendo seriamente una nueva carrera armamentista?

¿Quién sabe? Y ese es precisamente el problema. Los últimos 60 años han sufrido su parte de las crisis. Pero la visión de un orden internacional cooperativo que surgió después de la Segunda Guerra Mundial, defendida y dirigida por Estados Unidos, ha estructurado las relaciones entre las grandes potencias desde el final de la Guerra Fría.

Ese orden ha comenzado a cambiar incluso antes de que Trump ganara. La contracción de Washington, tanto para el bien como para el mal, comenzó durante la presidencia de Obama. Pero este trabajó para apuntalar las instituciones internacionales con el fin de llenar la brecha.

Hoy en día, ya no podemos suponer que un Estados Unidos bajo el slogan «América primero» proporcionará los ladrillos del sistema internacional. El poder duro de Estados Unidos, cuando no está acompañado y enmarcado por su poder blando, es más probable que se perciba como una amenaza en lugar de la tranquilidad que ha sido para muchos.

En Europa, la incertidumbre sobre la nueva postura política de Estados Unidos se ve agravada por las desordenadas consecuencias del Brexit. Las fuerzas nacionalistas han ganado fuerza y las próximas elecciones en Francia, Alemania y los Países Bajos pondrán a prueba el futuro del proyecto europeo. El desenlace potencial de la Unión Europea es uno de los mayores desafíos que enfrentamos hoy en día.

Las exacerbadas rivalidades regionales también están transformando el paisaje, como es particularmente evidente en la competencia entre Irán y los países del golfo Pérsico por su influencia en Oriente Medio. Las guerras de poder resultantes han tenido consecuencias devastadoras de Siria a Irak.

Muchos líderes mundiales afirman que el camino para salir de las divisiones profundas es unirse alrededor de la meta compartida de combatir el terrorismo. Pero eso es una ilusión: el terrorismo es solo una táctica y la lucha contra una táctica no puede definir una estrategia. Los grupos jihadistas explotan las guerras y el colapso del Estado para consolidar el poder, y prosperan en el caos. Al fin y al cabo, lo que el sistema internacional realmente necesita es una estrategia de prevención de conflictos.

Con la llegada de la administración Trump, la negociación táctica está reemplazando las estrategias a largo plazo y a las políticas impulsadas por los valores. Un acercamiento entre Rusia y Turquía tiene alguna promesa para reducir el nivel de violencia en Siria. Sin embargo, deben ayudar a forjar un camino hacia una gobernanza más inclusiva -o corren el riesgo de ser succionados cada vez más en el atolladero sirio-. Es poco probable que un Oriente Medio estable salga de la consolidación temporal de regímenes autoritarios que ignoran las demandas de la mayoría de su pueblo.

La Unión Europea, que desde hace tiempo defiende la diplomacia basada en los valores, ha negociado con Turquía, Afganistán y los estados africanos para detener el flujo de migrantes y refugiados, con preocupantes consecuencias mundiales. Por otra parte, Europa podría aprovechar cualquier mejora en las relaciones entre Estados Unidos y Rusia para restablecer el control de armas tanto para las fuerzas convencionales como nucleares, lo que sería más oportuno que oportunista.

El enfoque rígido de Pekín en sus relaciones con otros países asiáticos y con África y Latinoamérica muestra lo que parecerá un mundo privado de la tranquilidad implícita de Estados Unidos.

Tales acuerdos transaccionales pueden parecerse a un renacimiento de la ‘realpolitik’. Pero es improbable que un sistema internacional guiado por la negociación a corto plazo sea estable. Las ofertas pueden romperse cuando no reflejan estrategias a largo plazo. Sin un orden predecible, reglas ampliamente aceptadas e instituciones fuertes, el espacio para la problemática es mayor.

El mundo es cada vez más fluido y multipolar, empujado y arrastrado por un conjunto diverso de Estados y actores no estatales, tanto por grupos armados como por la sociedad civil. En un mundo de abajo hacia arriba, las grandes potencias no pueden contener ni controlar los conflictos locales, sino que pueden manipularlos o atraerlos: los conflictos locales pueden ser la chispa que enciende fuegos mucho más grandes.

Nos guste o no, la globalización es un hecho. Todos estamos conectados. La guerra de Siria desencadenó una crisis de refugiados que contribuyó a Brexit, cuyas profundas consecuencias políticas y económicas volverán a extenderse hacia el exterior. Los países tal vez deseen volverse hacia adentro, pero no hay paz y prosperidad sin una gestión más cooperativa de los asuntos mundiales.

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