PARA NO HACER MÁS ALBOROTO

Lo recuerdo como si fuera hoy mismo: el camión de volteo llegó al lugar, y comenzó a tirar la piedra entre los arbolitos, tronchándolos, o tapando totalmente las plantitas de la zona.
Desde hace tiempo (poco más de un año), por los daños que ha sufrido por el abandono, varios vecinos nuestros nos convocaron para cuidar el bosque. Esa idea nos mueve para reunirnos, hacer planes y trabajar por el espacio, aunque es un bosque chiquito y medio rascuache. Vemos cómo, en los últimos tiempos, se han abandonado el campo y las tierras de cultivo para poner en su lugar, sobre todo, empresas comerciales, edificios, viviendas, fábricas y cemento: el campo se sustituye con una modernidad que hace pensar a todos en progreso para el mundo entero, aunque, en realidad, significa hacer desaparecer la unidad de los habitantes y la riqueza de la naturaleza, donde todo bulle, florece, retoña y da vida. Donde quiera que se apoltrona, esa modernidad -a la que le dicen gentrificación– deja hoy su feroz huella: se acaba el agua, mata a las plantas, a los animales silvestres y todo rincón donde el ser humano puede vivir feliz. En su lugar quedan el abandono, la pobreza, la incultura, la falta de respeto a los seres humanos, el hambre y la muerte.
Por eso, tengo bien presente cuando, ese día, llegó el camión de volteo. De lejitos lo vimos detenerse en medio de los árboles y tirar la piedra. Fue cuando mi Gaspar tomó su celular, para ir a sacarle fotos al camión; así podría denunciar después, me comentó, la agresión al bosque. En eso estaba cuando Celso -el que a gritos amenazó a mi esposo- se le acercó y le exigió que apagara su teléfono o, si no, se lo rompería. Mi marido le respondió que no tenía por qué dejar de tomarle fotos al camión, pues no hay ninguna ley que así lo ordene.
Yo andaba con mi Gabriel, pero me había detenido un poco más atrás, pues estaba viendo que la zona que se quemó hace días ya se estaba reponiendo con hierba joven. Sólo oí los gritos de los dos hombres, pero no pude entender lo que hablaban. Sin embargo, sí vi clarito cuando el otro, con un tubo en la mano derecha, se puso a espaldas de mi marido. Me hizo pensar en lo peor, y me estremecí, porque Celso, hace unos días, lazó a otro vecino y ató la cuerda a la defensa trasera de su camión; así lo trajo arrastrando por varias calles, hasta que se detuvo y lo dejó tirado en un crucero. El problema es que yo había dejado mi teléfono en la casa, y sólo mi esposo traía el suyo. No los pude fotografiar.
De hecho, parece que Celso ya debe dos o tres vidas, de hace poco más de un mes. Pero no hay ninguna autoridad que se haga cargo del tema, y nos piden que les llevemos fotos de cuando estén ocurriendo las agresiones, y entonces sí lo detendrán. Dos Defensores del bosque -así se llama nuestro grupo- estaban por allí cerquita, y se acercaron corriendo. Al verlos, Mauricio se trepó a su troca, la puso en marcha y se fue, dejando la piedra regada.
Mi marido, los vecinos y yo fuimos a la delegación a poner la queja. Nos pidieron fotos de los hechos, pero explicamos que no llevábamos cámara ni teléfono celular, por lo que no podíamos mostrar evidencias. Nos dijeron que, en cuanto se las lleváramos, ellos tomarían cartas en el asunto.
Al otro día, mis hijos llegaron a casa. Les contamos lo sucedido y se llevaron a mi Gaspar a su casa, al otro lado del barrio, para que él se calmara y dejar que todos nos serenáramos.
Me quedé pensando: “entonces, ¿lo mejor es no hacer olas?”.



