ColumnistasOpiniónSe dice en el barrio

PARA NO HACER OLAS

Lo recuerdo como si fuera hoy mismo: el camión de volteo llegó a ese terreno tan hermoso, y accionó para tirar su carga entre los arbolitos, tronchándolos; algunos lugares, que parecían copia del paraíso, por su belleza, quedaron totalmente cubiertas de piedras y tierra por la descarga. Parecía que había explotado una bomba.

Desde hace poco más de un año, varios vecinos tomaron la decisión de convocarnos a los del barrio, a causa de los dañosque se han estado ocasionando al bosque, por abandono oagresiones. Hilaria, la que encabeza al grupo de vecinos que nos han invitado, nos explica que la idea es que nos reunamos y trabajemos un poco por el espacio –aunque es un bosque chiquito y medio rascuache- y nadie nos va a pagar nada. Al revés: si le entramos (como ella dice) seremos nosotros mismos quienes tengamos que poner algo de nuestros propios bolsillos.Hilaria, Salustia y Vicente nos invitan al ver que, últimamente, se abandonan campos y tierras de cultivo para poner en su lugar, sobre todo, comercios, edificios muy altos (para oficinas), viviendas, fábricas y cemento. Nos explicó Vicente: “el campo se sustituye con una modernidad que hace pensar a todos en progreso para el mundo entero, aunque, en realidad, significa hacer desaparecer la unidad de los habitantes y la riqueza de la naturaleza, donde todo bulle, florece, retoña y da vida”. Salustia añadió: “donde quiera que se apoltrona, esa modernidad –a la que le llaman gentrificación– deja su huella de agresión: se acaba el agua, mata plantas y animales y destruye todo rincón donde el ser humano podría ser feliz. Su lugar es ocupado por un erial: abandono, pobreza, hambre, muerte e incultura; total falta de respeto a los seres humanos y a la naturaleza viva”.

Cuando ellos terminaron de presentar la idea, todos les aplaudimos. Al fin, encontramos a alguien que se ocupa de lo que todos deseamos, pero que los funcionarios no atienden.

Por eso, tengo bien presente cuando, ese día, llegó el camión de volteo. De lejitos lo vimos detenerse en medio de los árboles y tirar la piedra. Fue cuando mi Gabriel tomó su celular, y fue a fotografiar al camión, mientras me decía: “con esas imágenes,después denunciaré daños y agresiones al bosque”. Al poco rato se me acercó mi marido, todo blanco como si se hubiera llenado de harina; venía asustado y trabado de la rabia. Me lo explicó todo: “Al quedarte atrás, frente a unas plantas y lejos de mí, no te diste cuenta de todo lo que me dijo Celso –el vecino que a gritos me amenazó– cuando se me acercó y me exigió con palabras muy feas que apagara mi teléfono o, si no, me lo iba aquitar para destruirlo y, de paso, me iba a partir la m…”, o algo peor. Mi marido le respondió: “no tengo por qué dejar de tomarle fotos al camión; no hay ninguna ley que me lo prohíba”.

Yo andaba con mi Gabriel, pero me había detenido un poco más atrás, pues estaba viendo que la zona que se quemó hace días ya se estaba reponiendo con hierba joven. Sólo oí los gritos de los dos hombres, pero no pude entender lo que hablaban. Sin embargo, sí vi clarito cuando el otro, con un tubo en la mano derecha, se puso a espaldas de mi marido. Me hizo pensar en lo peor, y me estremecí, porque Celso, hace unos días, lazó a otro vecino y ató la cuerda a la defensa trasera de su camión; así lo trajo arrastrando por varias calles, hasta que se detuvo y lo dejó tirado en un crucero. El problema es que yo había dejado mi teléfono en la casa, y sólo mi esposo traía el suyo. No los pude fotografiar.

De hecho, parece que Celso ya debe dos o tres vidas, de hace poco más de un mes. Pero no hay ninguna autoridad que se haga cargo del tema, y nos piden que les llevemos fotos de cuando estén ocurriendo las agresiones, y entonces sí lo detendrán. DosDefensores del bosque -así se llama nuestro grupo- estaban por allí cerquita, y se acercaron corriendo. Al verlos, Mauricio se trepó a su troca, la puso en marcha y se fue, dejando la piedra regada.

Mi marido, los vecinos y yo fuimos a la delegación a poner la queja. Nos pidieron fotos de los hechos, pero explicamos que no llevábamos cámara ni teléfono celular, por lo que no podíamos mostrar evidencias. Nos dijeron que, en cuanto se las lleváramos, ellos tomarían cartas en el asunto.

Al otro día, mis hijos llegaron a casa. Les contamos lo sucedido y se llevaron a mi Gaspar a su casa, al otro lado del barrio, para que él se calmara y dejar que todos nos serenáramos.

Me quedé pensando: “entonces, ¿lo mejor es no hacer olas?”.

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