Opinión

Perdón y consecuencias

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

Sólo por provocador, aprovechando los aires santos de estos días, sugiero detenernos a reflexionar sobre el perdón. No me refiero, por supuesto, al perdón cristiano, vinculado al pecado y a la penitencia. Hemos oído hablar del perdón que alguna vez aconsejó Oscar Wilde, consistente en otorgarlo al enemigo para avergonzarlo y enfurecerlo aún más. Pero tampoco pensemos en ese perdón. Pensemos en otros tipos de perdón que en nuestros tiempos han tomado tintes casi de espectáculo. Veamos al menos dos.

Un primer tipo de perdón es aquel que el Estado se ve obligado a ofrecer, aunque al hacerlo monta mamparas y micrófonos, emite boletines de prensa y paga gacetillas en los periódicos. El Estado no reconoce sus culpas a menos que se vea forzado a ello. Ha sido cosa muy reciente. Sin embargo, es algo novedoso: que los ciudadanos agraviados consigan que entidades procuradoras de justicia obliguen al Estado a asumir públicamente sus faltas.

Apenas este último febrero presenciamos un caso. Tocó al secretario de Seguridad Pública del municipio de Culiacán, Sinaloa, ofrecer una disculpa pública a la familia de un joven asesinado por policías un año atrás. La disculpa se hizo a nombre del gobierno municipal y en obediencia a una recomendación de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos.

Otro ejemplo lo tuvimos hace tres años, precisamente el 6 de marzo de 2012, cuando el Secretario de Gobernación federal tuvo que apersonarse en Ayutla, Guerrero, para ofrecer una disculpa pública a una mujer indígena que diez años atrás fue violada por tres militares delante de sus hijos. Tras un sinuoso y muy penoso proceso judicial, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ordenó una disculpa pública por parte del Estado mexicano.

Lo relevante de casos como estos tiene un efecto benéfico para la sociedad: hacer ver que el Estado tiene límites, que el Estado no es todopoderoso, y que ante los abusos existen formas de resarcimiento de los daños. Con estos actos se fortalece la concepción democrática de la sociedad, pues deja claro que las instituciones del Estado no gozan de impunidad y que, antes bien, deben funcionar como instancias subordinadas de la sociedad.

El segundo tipo de perdón al que quiero referirme es al que poderes supranacionales han recurrido recientemente, y ante los cuales habría que perseguir acción legal. Hasta ahora se han quedado en meras declaratorias, y el paso natural siguiente sería que los agraviados empujen la maquinaria de las instituciones para que no se queden en el plano moral y declarativo, y asuman las consecuencias legales de sus actos u omisiones.

El 25 de febrero pasado, dos de los principales ejecutivos del banco HSBC en Londres, el presidente y el director de finanzas, tuvieron que comparecer ante un comité parlamentario para responder a la acusación de haber colaborado con al menos un millar de clientes acaudalados para evadir el pago de impuestos al erario británico. Es decir, en perjuicio del Estado y consiguientemente de la sociedad en su conjunto. Los ejecutivos dijeron disculparse por las “inaceptables” prácticas del banco que dirigen. Por supuesto que ese reconocimiento de la culpa es parte de una estrategia de control de daños frente al castigo que les será aplicado. El gigante financiero fue sorprendido con las manos en la masa y el Estado tiene ya una confesión para someterlo.

Por último, traigo a la memoria la visita que realizó a México el ex presidente Bill Clinton, el último febrero. Vale la pena reproducir las palabras del hombre que gobernó a la potencia norteamericana entre 1993 y 2001, al referirse al lamentable estado en que se encuentra nuestro país por los efectos de la droga y las políticas aplicadas para su combate. Dijo textualmente a sus interlocutores mexicanos: «Desearía que no tuvieran narcotráfico, pero no es su responsabilidad. Nosotros dirigimos el transporte (de droga) fuera del aire y del agua y entonces todo se dio por tierra y yo me disculpo por ello». Y yo me disculpo por ello, dijo.

Ofreció el presidente Clinton una disculpa. No es poca cosa. Así la haya planteado a título personal, no hay que tomar esto como un acto de contrición, como un arrepentimiento personal o gesto de sinceridad. Clinton fue jefe de Estado y ha reconocido que el gobierno a su cargo ejecutó actos que perjudicaron la economía y la seguridad de México. Ese reconocimiento de responsabilidad debería ser el punto de partida para que el Estado mexicano active los mecanismos internacionales y obligue al Estado norteamericano a asumir oficialmente la responsabilidad. De este modo sería posible obligar a que aquella potencia se haga cargo de las consecuencias de sus actos.

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