Opinión

Pesada loza: la dependencia del mercado norteamericano

Por Ricardo Noguerón Silva

En 1982, la administración de Miguel de la Madrid abandonó gradualmente la estrategia de industrialización adoptada por el Presidente Manuel Ávila Camacho en 1940, iniciando la ruta de la liberalización económica que a partir de 2008, está completamente abierta gracias a los compromisos adquiridos en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El papel del Estado como promotor del desarrollo fue abandonado; se privatizaron la mayor parte de las empresas públicas, se desregularon muchos aspectos de la vida económica, como los transportes y las instituciones financieras, y se contrajo de manera drástica la inversión pública. Este largo proceso de cambio, incluyó, de manera protagónica, la apertura del país a los mercados de capitales.

A 17 años de la entrada en vigor del TLCAN, seguimos preguntándonos acerca de los beneficios que dicho acuerdo ha traído consigo para la economía mexicana. Hasta el momento, la fortaleza productiva de los Estados Unidos, ha sido determinante para el sustento de México y por ende, la dependencia adquirida por nuestro país en referencia al vecino del norte, no sólo en materia económica sino también en cuestión social, cultural y de seguridad, se ha convertido en la base para la creación de nuevas políticas públicas que nos orillan a dejar de lado la soberanía nacional.

De cierta manera, el compromiso adquirido por México a la firma del TLCAN, establece ciertos parámetros que a todas luces ofrecen infinidad de ventajas para la inversión norteamericana y canadiense, a pesar de la supuesta competitividad e igualdad de condiciones apuntadas en este tratado.

Según los datos publicados por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en su informe del 2005, a 11 años de la entrada en vigor del TLCAN, el 55 por ciento de las empresas establecidas en México, eran estadounidenses. Además, como consecuencia de la intervención directa de las economías norteamericana y canadiense, los índices de pobreza en México ascendieron al 55 por ciento y el desempleo, sumó poco más del 30 por ciento en aquel entonces, situación que nos obliga a cuestionar: ¿realmente el TLCAN fue benéfico para nuestro país?

Desde la apertura comercial en 1985 y en específico, desde la entrada en vigor de este Tratado, la dependencia de la industria automotriz mexicana se ha hecho evidente al mostrar magníficos resultados en los momentos de auge de la industria estadounidense y por consiguiente, en tiempos difíciles (2008–2009 por ejemplo), los periodos recesivos de la misma, afectan de sobremanera al registrarse caídas súbitas por miles de millones de dólares en la producción, las ventas internas, las importaciones y exportaciones.

Como en casi todos los sectores, el TLCAN ha traído grandes ventajas para los inversionistas norteamericanos al momento de establecerse en el territorio nacional. En primera instancia, los salarios que paga una empresa estadounidense en México, representan casi la décima parte del mismo que tendría que pagarse si estuviesen establecidos en su país de origen (sobre todo, después de la devaluación de 1995), lo anterior, sin contar a la mano de obra calificada ofrecida en nuestro país, obteniendo también, como segunda ventaja, los bajos costos logísticos derivados de nuestra oportuna ubicación geográfica.

A pesar de que los montos de las exportaciones mexicanas hacia los Estados Unidos han aumentado considerablemente a partir de la firma del TLCAN, y que los productos fabricados en México (no importando el origen del capital de la empresa productora) han adquirido mayor demanda en el país del norte, llama la atención que los saldos en la balanza comercial mexicana hayan sido deficitarios durante los últimos 10 años, es decir, nuestro país, del año 2000 al 2010, ha registrado mayores montos en su importaciones que en las exportaciones al mercado norteamericano. Lo anterior, nos habla no sólo de una dependencia comercial, sino también de una preocupante pérdida en la competitividad nacional.

Por otro lado, siendo uno de los principales objetivos del Tratado de Libre Comercio el incremento de esa “competitividad” entre los países firmantes, misma que en teoría, debiera garantizar la reducción de precios de acuerdo a la oferta existente en el mercado, en los últimos 10 años, el incremento en los precios al consumidor en México fue de poco menos del 50 por ciento y por si esto fuera poco, la deuda pública del país, tanto interna como externa, durante el periodo comprendido entre 2001 a 2009, aumentó considerablemente en un 230 por ciento; situación que denota, como principal problemática, la incapacidad del país por generar mayores ingresos a través de las exportaciones y su mercado interno; mismo que dicho sea de paso, consume lo que se adquiere y produce en el extranjero. Lamentablemente, los ingresos que necesita el país para seguir adelante, son sustituidos, en parte, con la creación de nuevas modalidades y operaciones fiscales que pretenden generar los ingresos perdidos.

A pesar de las evidentes desventajas que ha significado para México el TLCAN desde sus inicios, de las cuales ya hemos mencionado algunas en el presente artículo, la tenacidad de la industria mexicana, preocupada por la competitividad en el mercado externo e interno, a través de distintas cámaras y asociaciones, organizaciones y empresarios de todo el país, han hecho llegar al Gobierno Federal 252 propuestas que tienen por objeto, eliminar o reducir costos innecesarios para fomentar e incentivar las actividades de comercio exterior con los Estados Unidos.

Dichas propuestas, abarcan temas referentes a la actividad comercial entre Estados Unidos y México, así como también las regulaciones en la actividad aduanera y la simplificación administrativa de la actividad comercial entre ambas naciones. Dentro de estas 252 propuestas, los empresarios mexicanos destacaron la importancia de la desaparición del padrón de importadores y el respeto a las garantías individuales del sector de importadores en México, mismo que permita la creación de una agenda integral que incluya el tema de flexibilidad laboral e innovación empresarial, con el objetivo de promover un incremento en la productividad de la industria nacional y la completa integración de México en los esquemas de comercio internacional, principalmente con los Estados Unidos y Canadá.

Aunque México sigue y quizá por mucho tiempo, seguirá, cargando con la pesada loza que significa depender, en casi todo momento, económicamente de los estadounidenses, derivado del compromiso asociado con la apertura comercial, hoy día denominada “TLCAN”, es imprescindible que los Gobiernos Federal y estatales, apuesten, inviertan y fomenten el crecimiento de la productividad que tenga por origen el capital nacional, para de esta manera, suavizar los efectos y las imposiciones de nuestro vecino del norte, es decir, es imprescindible, que el estado vuelva a ser el promotor del desarrollo nacional, comenzando por imponerse al yugo norteamericano.

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