Opinión

PLAN ESTATAL Y DRÁCULA

JICOTES

Edmundo González Llaca

El Plan Estatal de Francisco Domínguez jura y perjura que tiene como propósitos la transparencia, el acceso a la información, la participación ciudadana, la rendición de cuentas y la lucha contra la corrupción, pero a la hora de demostrar con hechos estos propósitos, los redactores vuelven los ojos al cielo y se retiran chiflando. El gobernador omitió la Contraloría Social a la que se había comprometido, pero no sólo eso, el Plan no contiene los indicadores de gestión a los que obliga la propia Constitución en su artículo sexto para que precisamente la ciudadanía pueda exigir la rendición de cuentas. Los indicadores de gestión son los parámetros que nos permiten medir la eficacia, la eficiencia y el buen manejo de los recursos públicos. En pocas palabras, sirven para verificar si lo prometido se cumple. El Plan Estatal huyó de los indicadores como Drácula de la luz del sol. 

PLAN ESTATAL. CONCLUSIÓN
El Plan Estatal de Francisco Domínguez no tiene fisuras, es hemisféricamente pésimo en la forma y en el fondo; no cumple con los requisitos mínimos de metodología ni siquiera los que demanda la Constitución para todo plan institucional. Texto escrito en papel mojado con el propósito de cumplir un trámite burocrático y ocultar bajo una retórica, sin sustancia ni nervio, el tejemaneje de la política gubernamental. Seguimos sin saber los objetivos, estrategias y lineamientos que inspirarán el gobierno de Francisco Domínguez durante sus seis años, pues hacer un listado de problemas y de buenas intenciones, sin posibilidad evaluación y rendición de cuentas, es una burla, una vacilada. Creo que las vacaciones del gobernador en Europa fueron mejor planeadas que este burdo atole con el dedo llamado Plan Estatal.

LOS LINCHAMIENTOS
Los linchamientos que se han producido en el país, cada vez con más alarmante frecuencia, son el reflejo de una falta de credibilidad en la policía, las leyes, los jueces, las cárceles, los gobernantes. Por si fuera poco, es la incredulidad ante la posibilidad de la redención humana. Hacerse justicia por su propia mano es regresar a la barbarie de las relaciones sociales basadas en la sinrazón y en la venganza. Los linchamientos son testimonio que para los participantes no existe el Estado de Derecho ni tampoco instituciones, y si existen, no sirven para nada. Una masa que se reúne para golpear hasta matar a un posible delincuente, no aspira a la revolución social, sino a al desquite inmediato que fecunda el terreno para la anarquía. Los linchamientos tienen mensajes más allá de la nota roja. Ojalá que los sepamos leer.

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