Opinión

¡Pobres finanzas!

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

 

Cuando de corrupción se trata, rara vez pensamos en las empresas privadas. Pero igual que entre los gobernantes, abundan los empresarios diestros en burlar la ley para procurar la máxima ganancia al menor costo.

Si tuviéramos que trazar el perfil de las empresas infractoras de la ley, particularmente entre las entidades financieras de México, podría ser de gran utilidad el más reciente Boletín de Sanciones de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores. Esto es importante porque es la primera vez que ese informe trimestral incluye el listado de las conductas infractoras típicas en que incurre la industria del dinero. Esta industria ocupa la primera fila entre las actividades extractivas en el país, sin invertir nada, por cierto, pues sin arriesgar nada el dinero se multiplica a sí mismo en proporciones siderales.

Ese informe revela que se trata de empresas proclives a difundir información errónea. Esto de errónea habrá que ponerlo entre comillas, pues esa denominación formal pretende persuadir que se trata de errores involuntarios, siendo que podría tratarse de inclinación a la opacidad y voluntad deliberada de manipulación de datos con propósitos de engaño y defraudación.

Se trata, igualmente, de empresas que no tienen empacho en presentar a la autoridad estados financieros en forma inadecuada; que celebran operaciones sin la aprobación de sus consejos de Administración; que operan con deficiencias en los sistemas automatizados y que burlan los plazos legales dispuestos para la entrega de información.

Estamos hablando de bancos, uniones de crédito, centros cambiarios, casas de bolsa, sociedades operadoras de Fondos de Inversión de Capitales, Transmisores de dinero, Sociedades Valuadoras de Sociedades de Inversión y Sociedades Cooperativas de Ahorro y Préstamo. ¿Quién no tiene que tratar por lo menos una vez al día con alguno de estos poderosos caballeros que forman la guardia suiza del Capital? Que nada perdonan y que al menor descuido del usuario pasan la rasuradora a la cartera.

Tan sólo en el primer trimestre de 2016 la Comisión Nacional Bancaria y de Valores sancionó 392 conductas a través de 288 resoluciones que implican multas por 106 millones de pesos. Habrá que seguirle el paso a este tema, pues se trata de sanciones de muy baja intensidad. Sólo con fines comparativos tenemos que en los seis años que van de 2008 a 2013, el monto por multas aplicadas fue de 976 millones de pesos. Por conductas antimonopolio, por ejemplo, la Comisión Europea, con un criterio más rigorista, acaba de imponer a una multinacional de la comunicación global una multa equivalente a 3 mil 400 millones de dólares.

En el boletín al que nos venimos refiriendo se consignan sólo las conductas relacionadas con su operación respecto de las obligaciones ante la autoridad. Si revisamos el catálogo de abusos en perjuicio del usuario estaremos ante escándalos de proporciones colosales.

Esta información nos obliga a preguntarnos a qué clase de empresas confían sus finanzas los mexicanos. Y qué tan proclives son al crimen financiero, por lo general alentadas por la impunidad.

Vale la pena traer a la memoria un estudio realizado hace unos años por un bufete de abogados en Estados Unidos. Ese estudio dotó de líneas más o menos legibles del nebuloso mundo de las finanzas y confirmó que la deshonestidad está en la base del éxito en las finanzas. Sus conclusiones se basan en un sondeo entre 500 dirigentes bursátiles de Londres y Wall Street. Bueno, pues sucede que la cuarta parte de ellos no tuvo empacho en admitir que con la finalidad de ganar estarían dispuestos a violar la ley. Además, 16 de cada 100 confesaron que no vacilarían en usar información privilegiada, aunque ello fuera un delito bursátil, si hacerlo produce rendimientos financieros.

Uno de los abogados responsables del estudio concluyó que “cuando la deshonestidad es una práctica comúnmente aceptada por los profesionales de las finanzas, es la integridad misma de todo nuestro sistema financiero lo que está en peligro”. Pues sí, tal vez el propio sistema financiero y su funcionamiento sean, en sí mismos, el auténtico peligro.

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