Opinión

Pobreza, desigualdad y asimetrías de mercado en el Querétaro global

Por: Saúl Ugalde González*

Desde que Adam Smith publicó “La riqueza de las naciones” en 1776, generaciones de economistas siguen dando por sentado que los mercados funcionan a la perfección, que desequilibrios como la inflación, el desempleo, las altas tasas de interés o la limitación en el acceso al crédito se reajustan sin que sea necesaria la intervención del Estado.

Asumen que los mercados operan en condiciones perfectas, que no hay monopolios y que no existen asimetrías en la información que los ciudadanos reciben para su toma de decisiones. Que un habitante de San Gaspar, en el municipio serrano de Pinal de Amoles, tiene la misma información para decidir que los habitantes de la zona metropolitana de Querétaro, por ejemplo.

Desafortunadamente no es así. Nuestros mercados tradicionales, puede ser el de La Cruz o el del Tepetate, usted elija, son los mejores ejemplos que se me ocurren de mercados en competencia perfecta, es decir, espacios de interacción entre oferentes y demandantes en los que los primeros no tienen la posibilidad de imponer precios o barreras y los segundos pueden comparar el precio y la calidad de los productos. Estoy simplificando mucho, pero la idea de fondo es que los ajustes para encontrar el precio de equilibrio entre la oferta y la demanda se pueden dar casi en tiempo real porque los demandantes tienen acceso a la información para su toma de decisiones, basta comparar entre un puesto y otro en el pasillo de frutas y verduras, por ejemplo.

Replicar este sencillo mecanismo de mercado a escala global es muy complejo, tan complejo que ni siquiera la Organización Mundial de Comercio (OMC), creada en 1995 con el propósito de regular las relaciones comerciales internacionales, ha logrado resolver estos desajustes después de dieciocho años de esfuerzos.

Hay muchas fallas que impiden la existencia de mercados en competencia perfecta, promover el libre flujo de bienes y servicios en mercados imperfectos, en los que existen los monopolios, actores dominantes que fijan precios, o países desarrollados que imponen barreras comerciales a la entrada de productos agrícolas, pero exigen que las naciones pobres eliminen las suyas para poder exportar tecnologías y capitales, son desequilibrios que amplían la desigualdad.

¿Cómo impacta eso a nivel local? El premio Nobel de economía 2001, Joseph Stiglitz, un defensor crítico de la globalización, ha alertado sobre el efecto devastador que el libre flujo de bienes y servicios en mercados imperfectos puede tener –y de hecho tiene– sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países.

En su libro “El malestar en la globalización”, Stiglitz reconoce que muchas veces las decisiones económicas se toman con base en criterios ideológicos y políticos, se tuerce la realidad para ajustarla a las políticas del gobierno en turno. Es muy limitado o nulo el debate científico, político e, incluso, mediático, basado en datos y hechos concretos, sobre las consecuencias que la globalización tiene en la economía de una familia promedio, pero menos interés merece el debate acerca de sus efectos entre los más pobres.

Las autoridades promueven y celebran la llegada de nuevas empresas y la consolidación de Querétaro como polo de desarrollo aeronáutico. Que bien que así sea, eso genera empleos e incrementa la renta promedio, pero, por sí sola, la política de atracción de empresas no va a tener un impacto positivo en la disminución de la pobreza, es más, el efecto más probable es que amplíe la desigualdad entre ricos y pobres porque el incremento de la renta no implica una distribución igualitaria.

¿Cuál es el impacto concreto para los habitantes de San Gaspar de la ubicación de Querétaro como primer estado productor de autopartes en el país? Esto mejora sus condiciones de vida, disminuye su pobreza, los hace menos dependientes de programas electoreros o solamente refuerza las asimetrías, de ingreso y calidad de vida, respecto a los habitantes de la zona metropolitana.

Para disminuir la desigualdad en el ingreso y abatir la pobreza no bastan los programas sociales electorales. Bien utilizados pueden ser un paliativo y beneficiar a miles de familias, pero esos programas se han aplicado durante décadas con distintos nombres, más o menos beneficios, y el número de queretanos pobres parece no disminuir.

En tanto las autoridades acepten la globalización como la integración de mercados a partir de la eliminación de barreras a los flujos de bienes, servicios y capitales, asuman que es en sí misma desarrollo y la acepten sin cuestionar los “efectos devastadores” que puede generar, sobre todo entre los más pobres, la polarización en la distribución de la riqueza será cada vez mayor, ese es un efecto negativo concreto de los muchos que tiene la globalización ¿Quién o quienes están pensando el tema y sus impactos a nivel local?

Mientras los políticos sigan creyendo que globalización es desarrollo y los economistas den por sentado que los mercados operan en condiciones perfectas, el incremento de la renta promedio, la llegada de más empresas o la consolidación de Querétaro como polo de la industria aeronáutica en el país, nada significará objetivamente en la vida de miles de familias que viven en condiciones de marginación. Crecimiento no es desarrollo, pero para entender la diferencia habría que recurrir a datos y hechos concretos que a nuestras autoridades no les gusta ver, mucho menos aceptar.

 

*Estudiante de la Maestría en Ciencias Sociales, UAQ.

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