Opinión

Política y Futbol

Por: Daniel Muñoz Vega

Twitter: @danielopski

Vivimos en los días del extremo debate. En redes sociales todo nos parece debatible. De pronto surgen los defensores de todo. Los clichés facebuqueros los expresamos todos los días. Nuestras reflexiones son chocantes además de estar sobresaturadas. El periodismo viral de las redes te muestra la mucha degradación en la que vivimos hoy; quizá siempre ha existido, pero ahora se exhibe como si fuera un reality show.

Hablemos de futbol y de política. Un debate surge de cientos de post de los usuarios en las redes sociales: ¿El futbol funciona como opio para distraer la atención sobre los asuntos de la agenda nacional? Los asuntos centrales en los cuales el actual gobierno trabaja son las leyes secundarias de las reformas del presidente Peña Nieto. Nos podría parecer incomprensible mezclar una cosa con la otra, pero el contexto en el que se da la discusión de disposiciones tan importantes es la de la Copa del Mundo que se jugará en Brasil y que comienza en 15 días. El futbol no es cualquier espectáculo, es un fenómeno capaz de cambiar la percepción del ciudadano sobre su entorno. Sin exagerar, me atrevo a decir que es un asunto de Estado. Si el país se paraliza por un partido de futbol, no se puede analizar como una simple distracción; el futbol encanta y fascina, es simplista crucificarlo y añadirle culpas sobre la indiferencia nacional a temas de real importancia de la política nacional.

Tendría que haber el razonamiento de separar las cosas desde el punto de vista ciudadano. Disfrutar el futbol no puede ser considerado un pecado cívico a la vez que vemos la forma como es desmantelado este país por el actual gobierno. Hay que entender la naturaleza de las dos cosas. Si bien funciona como una distracción, si bien ponemos etiquetas de salvadores de la patria a un puñado de 23 futbolistas que representarán al país, si bien el futbol es turbio en su administración, corresponde a los ciudadanos entender el espacio de ocio sin convertirlo en lo más importante. El fanatismo al futbol es igual a cualquier otro, absurdo y oscuro en cualquiera de sus formas. La conciencia cívica no tendría que estar peleada con el gusto a tan hermoso deporte.

Hay que destacar que las reformas constitucionales en materia energética ya se dieron. Reformas tan importantes pasaron por nuestras narices sin debates profundos. Un tema tan trascendental como el energético fue discutido de forma superficial; en el congreso local de Querétaro, la reforma constitucional fue votada en una hora. Las reformas trascendentales que tanto afectan la vida del país ya se dieron, desde la reforma laboral, al finalizar el sexenio de Calderón, y todas las de la actual administración. ¿Y dónde estuvimos en aquellos momentos tan importantes? ¿Dónde estuvimos como sociedad para protestar por dichas reformas?

Si bien está claro que a los gobernantes les interesa ocupar como plataforma el futbol y que se exagera el patriotismo en torno a nuestra Selección, es un tema aparte que el país carezca de ciudadanos críticos y preocupados por los temas de interés nacional. El problema no es el futbol, el problema es la apatía nacional en la que estamos inmersos.

Hablemos ahora de Brasil. El futbol está administrado por una institución opaca y corrupta como lo es la FIFA. Volvamos a hablar del fenómeno llamado futbol, esta organización tiene más agremiados que la Organización de las Naciones Unidas. La FIFA ha llevado a un extremo muy cuestionable la comercialización del futbol, debería exigir su transmisión por canales abiertos. La actual organización ha significado un gasto excesivo para el país anfitrión. Cuando Luiz Inácio Lula da Silva llegó al poder en 2002, Brasil acababa de ganar la Copa del Mundo de Corea-Japón. Lula vendió su administración como transformadora de la realidad del brasileño. Doce años después, un evento deportivo que tendría que explicarse bajo conceptos de nobleza, paz, unión, etc., muestra la tremenda frivolidad del actual gobierno, heredero natural de la administración de Lula. El mundo despierta y los brasileños son muestra de eso. Si son un puñado mínimo los que están en las calles protestando cosas tan justas como el dispendio por la organización de la Copa, no importa; razones suficientes tienen para exigir al gobierno mejores condiciones de vida. Brasil se muestra al mundo y quiere esconder la mugre debajo de la alfombra. Exhiben la poca transformación que tuvieron después de Lula y, a la vez, demuestran la burbuja económica en la que viven. Brasil todo lo debe y sus ciudadanos, con el ansia de ser nuevos ricos, compran todo a crédito.

Por más que se quiera defender al futbol, no es congruente construir estadios de primera calidad cuando sus escuelas se caen a pedazos. Brasil ocupará la fuerza para mostrarse como candil de la calle. Mucho aprendizaje dejará esta Copa del Mundo; y como diría Maradona, la pelota no se mancha. Disfruten el Mundial y estén informados y sean críticos de la vida política del país.

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