Opinión

Por eso estamos como estamos; los duelos fantasmas y el día de muertos

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

La primera parte del título de este artículo, “Por eso estamos como estamos”, remite al libro de Carlos Elizondo (Ed. Debate), del CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas), al que me referí en otra ocasión. Aunque no coincido del todo con él, por su convicción pro liberalismo, me parece que pone el dedo en la llaga, en varios aspectos de su recuento histórico, sobre cómo nuestra nación llegó a ser lo que es y a tener los problemas que ahora tiene.

Resulta interesante reconocer cómo idealizamos, tanto nuestro país de antaño, como “las luchas por mejorarlo”; pues no está tan claro que lo que nuestros antepasados vivieron, fuera mejor de lo que hoy vivimos y, en los hechos, varias pugnas que dicen librarse “por un país mejor”, responden en realidad a mezquinos intereses personales o de grupos.

La llamada federalización o el principio del Municipio libre, por ejemplo, que rompían con el poder central y absoluto del presidencialismo, fueron impulsados no sólo por visionarios demócratas, sino también por caciques corruptos, ávidos de poder, a quienes lo que más interesaba era tener manos libres, para apropiarse del erario, sin tener que rendir cuentas a ningún poder superior. El llamado “Milagro mexicano” y la estabilidad política (1938-1970), tuvo más que ver con el florecimiento del capitalismo mundial y con el corporativismo corrupto de la dictadura priista (capaz de cooptar a cualquier disidente), que con un buen proyecto de nación, con un buen plan de desarrollo urbano, con un auténtico consenso democrático, o con la capacidad estadista de nuestros gobernantes. (Dejo a Elizondo).

Cuando hablamos con nostalgia de “El México que se nos fue”, como en la canción de Juan Gabriel (“Cómo ha cambiado mi pueblo/ mi pueblo ya no es el mismo/ de aquel pueblo tan hermoso/ al de hoy hay un abismo”); o vemos películas de Ismael Rodríguez y Gabriel Figueroa, con Pedro Infante, Jorge Negrete, Dolores del Río o el Indio Fernández, entre tantos otros, disfrutamos los paisajes, los idílicos romances y las tradiciones mexicanas, pero no consideramos los dramas del México Bárbaro (Kenneth Turner) ni de La Rebelión de los Colgados (B. Traven), casi de la misma época que algunas películas refieren.

Cuando miramos hacia nuestros recuerdos infantiles, traemos quizá a la memoria hermosas escenas “de crepúsculos arrebolados”, (como dice don Jaimito), y de estrellas que los niños de hoy no conocen; pero con esos recuerdos aliviamos (¿negamos?) muchas veces el infierno grande que eran y siguen siendo los pueblos chicos.

A veces me pregunto si alguna vez tuvimos realmente ese “México maravilloso” por el que suspiramos y que ahora vivimos en forma de múltiples duelos, o si ese México que nos ha dado identidad, es sólo un invento de la Historia de Bronce, de la promoción de la Secretaría de Turismo y de las empresas dedicadas al mismo. Quizá confundimos los tiempos, y el México que recreamos en nuestros recuerdos, no pertenece al pasado, sino a la utopía, a la proyección de cómo nos gustaría que fuera; y ese deseo de futuro nos devuelve al útero materno, en el que nos sentimos protegidos, alimentados, calientitos y en paz. Quizá nos dolemos de la pérdida ilusa de lo que no fue; y así, como hay embarazos fantasmas, también hay duelos fantasmas. Y es que tener una tumba ante la cual llorar, (como dijo Chachita en Nosotros los pobres), da mayor consuelo que no tenerla.

De esa deformación, que de la realidad hace nuestra nostalgia del pasado, y nuestra proyección utópica, nace la Literatura. Vargas Llosa comenta (en Cartas a un joven novelista) que la vocación literaria “NACE DE LA REBELDÍA”: “Estoy convencido de que quien se abandona a la elucubración de vidas distintas a aquella que vive en la realidad, manifiesta su rechazo y crítica a la vida tal como es, del mundo real y su deseo de sustituirlos por aquellos que fabrica con su imaginación”.

La realidad social es muy compleja y las experiencias humanas con las que se construye, múltiples. ¿Cuál es la que vale o “la más real”?, ¿la de las estadísticas abstractas de las “sanas finanzas” o “del avance macroeconómico”, a las que suelen referirse los políticos?, o la que el pueblo vive en carne propia, en su percepción “distorsionada”. El asunto con la percepción social es que también crea realidades.

En nuestra posible deformación, parece haber consenso (al menos entre la clase media), en que sí hubo un cambio radical en los últimos 30 años y en que el duelo es legítimo. “Las cosas ya no son como eran antes”, nos dicen los directores de las escuelas a quienes nos dirigimos, buscando promover la organización popular: “La conformación de familias cambió; las mujeres salen a trabajar y los niños se quedan solos mucho tiempo y pocos se atreven a salir a las calles, por el peligro que éstas representan. Ya muy pocas son sólo amas de casa y pueden venir a las reuniones. Los maestros normalistas también han cambiado. Antes se comprometía con la comunidad y se consideraban líderes sociales y agentes de cambio. Ahora tenemos estrictamente prohibido involucrarnos con los dolores de la gente; mucho menos en tiempos electorales. Ahora nos tienen acogotados y todo se ha vuelto muy difícil. Yo, como director, para cualquier iniciativa, debo pedir permiso y dar cuentas a seis patrones (sic) arriba de mí. No me mando solo, y si intento hacerlo, seré severamente sancionado.”

Mientras esto sucede en algún lugar del “mundo real”, en otros espacios resuenan las conclusiones contundentes de prestigiados estudiosos: “Mucho más que el esfuerzo o la falta de empeño de los individuos, mucho más que la penetración del neoliberalismo en las diferentes naciones de occidente, LO QUE HACE LA DIFERENCIA, entre los países que progresan y los que se estancan, ES LA FORTALEZA O LA DEBILIDAD DE SUS INSTITUCIONES”.

Cuando una institución es fuerte, “jala” y exige a sus miembros serlo. Cuando es fuerte, los soporta, los cohesiona y disciplina; opone un muro de resistencia frente a las tendencias dominantes y no se somete a ellas; se da el lujo de negociar y poner límites. La UNAM rechazó la imposición generalizada de los exámenes CENEVAL, pues tenía con qué; la UAM denuncia por anticonstitucionales y violatorios de la autonomía universitaria los programas de certificación médica, que prevé la reforma a la Ley General de Salud, aprobada recientemente por el Senado.

Lograr la fortaleza de las instituciones no se consigue imponiendo sobre sus miembros, unilateralmente desde el poder, reformas, ni programas de certificación, ni evaluaciones estandarizadas con parámetros internacionales, ni programas de estímulos Promep. El fortalecimiento institucional sólo es posible, cuando sus dirigentes comprendan que los trabajadores no son piezas de ajedrez, ni objetos desechables que pueden eliminarse, si no se someten a las nuevas reglas; cuando están dispuestos a generar foros para DEBATIR o, al menos DISCUTIR con todos los pros y contras de tomar una decisión o aceptar un cambio de rumbo, con respecto el que se tenía.

Cuando, en cambio, los dirigentes formales se subordinan acríticamente, y someten a “su gente”, como capataces, a las nuevas consignas que “vienen desde arriba”; cuando sólo se apoyan en sus cuates o lambiscones; cuando aprenden rápidamente y repiten como pericos los discursos del poder, sin escuchar ni tratar de comprender las razones de quienes se oponen a los nuevos dictados; cuando prefieren no convocar, para no tener conflictos…, es muy difícil que las instituciones, se fortalezcan.

Tampoco puede haber fortaleza, cuando quienes conforman la institución sólo velan por sus propios intereses y se la viven en pleitos intestinos (como en el PRD) o sólo buscan salvar el pellejo, haciendo lo mínimo posible y tratando de pasar desapercibidos (como sucede en muchas instituciones públicas).

Todas estas conductas las aprendimos los mexicanos del viejo PRI. Quizá por eso, hasta los geniales anuncios de la Gandhi, nos advierten: “¿Vas a votar por el PRI en el 2012?, tenemos libros de historia”. Pero la nostalgia ilusa del pasado, revuelta con la ilusión de “audacia” de los “modernos”, llevará a la población alienada a votar por quien privatizará Pemex.

El Día de Muertos constituye un espacio para el duelo. Quizá no perdimos al “México maravilloso” de antaño, porque nunca lo tuvimos. La sensación de duelo ahora, es por algo que parece que sí estamos perdiendo: nuestra cohesión e identidad mexicana, nuestra capacidad de soñar y nuestra confianza en que podemos crear un futuro mejor.

Los psicólogos clínicos dicen que vale más perder el amor o la esperanza (aunque el dolor sea insoportable), que nunca haberlos tenido. ¿Cómo será el sentir de nuestros chicos, que nacieron y viven ya sin sueños? Quizá por eso, de la mexicanísima Catrina de Posada, pasamos a la saga vampiresca de Crepúsculo.

Una chica me dijo una vez: “Si esto es la vida, prefiero ser Drácula”.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba