Opinión

¿Por qué justificamos creencias tontas, malas decisiones y actos hirientes?

Por Ricardo Rivón Lazcano

Lo peculiar de la ciencia es arrastrarnos al cambio de opinión. La ciencia del futuro apenas se está elaborando y de algo estamos seguros; no será como la actual.

Hoy podemos decir que, junto con el lugar común que sentencia al fracaso de los pueblos que no conocen su historia, el pueblo que no conoce su futuro está condenado a seguir diciendo las mismas vaguedades de su pasado.

Replantearse ideas preconcebidas, examinar la experiencia adquirida, debatir lo ya conocido y reinventar el futuro.

 

El autoengaño es un mecanismo de supervivencia del cerebro y del organismo entero.

¿Por qué algunas personas, ante conductas idénticas, tienen reacciones diferentes? Por qué si esa acción causa daño, unos tienen el remordimiento y la culpa, mientras que otros no sienten el menor atisbo de ninguna de esas emociones. Estas, cuando se dan cuenta de que le han hecho daño a alguien que les importa, no sienten culpa, la pregunta es, ¿por qué?

El psicólogo social Leon Festinger ofreció hace más de 50 años, con su teoría de la disonancia cognitiva, una explicación que hasta la fecha sigue teniendo fuerza explicativa.

La disonancia, expresada con sencillez, es lo que sentimos cuando una creencia y una conducta entran en conflicto. Por ejemplo, cuando alguien fuma y “sabe” que puede dañarle hasta la muerte y dañar a personas cercanas. Sin embargo sigue fumando. De igual manera, cuando alguien defiende valores humanistas y de justicia social o laboral y sus acciones agreden físicamente y hasta aniquilan la vida y esperanzas de las personas por las que dice luchar.

(El equipo de investigación de Festinger no solamente confirmó la existencia de la disonancia sino que, mediante una sofisticada tecnología experimental, la localizó en el cerebro).

Ante la disonancia –que genera malestar interno– los seres humanos estamos dispuestos a prestar atención solamente a la información que confirma nuestras creencias y a ignorar o minimizar la información que las refuta. Es decir, nuestras mentes están diseñadas para la consonancia.

La disonancia –dice la teoría– es dolorosa y punzante cuando amenaza el concepto que tenemos de nosotros mismos. Es una información que pone en peligro la manera que tenemos de vernos, pero es igualmente peligrosa cuando desafía una creencia política o religiosa que consideramos fundamental.

Por ejemplo, si nos consideramos personas competentes, con una moralidad kantiana a toda prueba, amables, “educadas” y repentinamente tomamos conciencia de que hemos hecho algo incompetente o muy probablemente algo poco ético, poco amable, tenemos dos grandes maneras –con su múltiple gama de matices–, de reducir la disonancia. En primer lugar podemos decir: “gracias tesoro de mi vida, gracias por mostrarme lo incompetente, estúpido y cruel que he sido, perdóname, discúlpame inmediatamente”, o bien, le podemos decir a la otra persona: “¡gracias dulzura, pero tú y tu puta información se pueden ir mucho a la chingada!”.

La auto justificación no es lo mismo que decirle a los demás que se vayan al demonio, más bien es la forma en que funciona inconscientemente la disonancia cognitiva y que nos permite mentirnos a nosotros mismos.

Es verdad que hay personas crueles y malvadas en el mundo, pero los mayores problemas no nos los dan las personas crueles y malosas, sino las buenas personas que justifican las cosas malas para mantener intacta su convicción de que son buenas personas

Puede que el malestar de la disonancia sea parte del funcionamiento natural del cerebro para así conservar nuestras creencias, sin embargo, aceptar nuestros errores y pensar que lo que significa equivocarse es algo “normal”, es estar abiertos a que otro refute nuestras ideas, lo que nos lleva a ideas mejores que pueden refrescar nuestras vidas o alcanzar mejores estadios como sociedad.

Reconocernos disonantes, paradójicamente, es abrir la brecha de las mejores conversaciones y la consonancia. (ver, de Carol Anne Tavris youtu.be/XXAHtL2Fqdo)

rivonrl@gmail.com

 

 

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