Opinión

Por una universidad pública y autónoma, al servicio del pueblo

María del Carmen Vicencio / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: Con el neoliberalismo, las universidades públicas son violentadas por el Estado y consideradas “mala inversión”. Éste las somete a burdas evaluaciones estandarizadas, a excesivos controles burocráticos y a la “libre competencia”, so pretexto de “elevar su calidad” y de justificar su financiamiento.

En artículos anteriores he escrito sobre la Hidra capitalista y la búsqueda de “un nuevo Hércules”, capaz de destruirla. La pregunta sobre cómo formar a ese Hércules remite a otras: qué es ser hombre, qué es el mundo, y qué papel juega la universidad pública en la formación humana. Las respuestas desatan múltiples conflictos, pues entran en juego intereses encontrados de quienes buscan poner a dicha institución a su servicio.

Las respuestas de la historia se mueven entre luchas de por concentrar del poder y luchas por extenderlo a todos. Estas últimas van promoviendo el tránsito de la esclavitud al trabajador libre; de la teocracia, a la república laica y democrática; de las declaraciones de los derechos individuales (de varones y propietarios), a las que velan por los de todas las personas y pueblos, independientemente de si tienen propiedades o no.

El trazo emancipador avanza con dificultades, sobre todo cuando unos cuantos se arrogan el derecho de llamarse “humanos”, excluyendo a los demás.

Con el avance de la historia, la formación de las universidades se define siguiendo diversas concepciones (individualistas/capitalistas): aristocrática, liberal, neoliberal, a las que se contraponen tendencias sociales “alternativas”.

Desde el medioevo las universidades surgieron de gremios académicos, organizados en consejos democráticos que consiguieron regirse autónomamente (respecto del poder político y eclesiástico). Así transitaron de la teología (centrada en la fe) a la filosofía (guiada por la razón) y se construyeron los principios de libertad de cátedra y libre discusión de las ideas. Para acceder a dichas instituciones, sin embargo, prevaleció la concepción aristocrática: Sólo entrarán “los mejores” (hijos de la nobleza).

En México, desde la Constitución de 1857, formalmente no hay aristocracia, aunque sí en los hechos. Los “mirreyes”, que aspiran a los puestos de poder, se forman en “universidades” privadas de Europa o Estados Unidos, o cuando menos en la Anáhuac, la Panamericana o el ITAM (o la de Arkansas en Colón)… (Hay una fuerte discusión sobre si esas instituciones privadas son universidades, pues no cuentan con consejos académicos autónomos, ni pueden contravenir los intereses del dueño).

Cuando las luchas libertarias vulneran la aristocracia, surgen las universidades públicas con sus tres funciones sustantivas (en una lógica liberal): Todo individuo (aunque no cuente con título nobiliario), si es capaz (y tiene dinero), puede estudiar lo que guste. Las universidades, “cerebro” social y espacio de formación del pensamiento crítico, capacitan a los estudiantes para ejercer diferentes profesiones “liberales”: médico, ingeniero, abogado, químico…, que obtienen títulos tras grandes esfuerzos (canjeables, en ocasiones, por privilegios similares a los nobiliarios).

Con el neoliberalismo, las universidades públicas son violentadas por el Estado y consideradas “mala inversión”. Éste las somete a burdas evaluaciones estandarizadas, a excesivos controles burocráticos y a la “libre competencia”, so pretexto de “elevar su calidad” y de justificar su financiamiento. Pero en la “libre competencia, no son libres los individuos, sino sólo el capital” (Marx). En este contexto pierden sentido la democracia y la amplia discusión de las ideas, dando paso a una feroz lucha por el poder. El resultado deviene en ignorancia generalizada, disfrazada de “sociedad del conocimiento”.

Las gravísimas consecuencias que esto tiene para una nación han sido ampliamente documentadas por investigadores como Naomi Klein (‘No Logo’), Hugo Aboytes (‘La medida de una nación’), Andrew Rosi (‘La torre de marfil’), entre otros.

En medio de la crisis, la celebración de la Autonomía universitaria no debiera reducirse a un mero ritual. Urge reconstruir el papel de la universidad pública, en una perspectiva alternativa al capitalismo. La concepción liberal resulta obsoleta ante los grandes retos actuales y la neoliberal, nos está destruyendo.

México requiere una universidad pública, comprometida con los anhelos populares. Una docencia para comprender mejor el mundo en que vivimos; una investigación para construir nuevos caminos de solución a los más graves problemas de la nación y para asegurar su soberanía científica y tecnológica; una extensión, para promover la vinculación con los diversos núcleos sociales; aprender de ellos y compartir con ellos lo que la universidad va descubriendo.

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