Opinión

“Preocupante”

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

UNO

Goethe: “La gente no sabe cuánto tiempo y esfuerzo cuesta aprender a leer. He necesitado ochenta años para conseguirlo, y todavía no sabría decir si lo he logrado”.

La lectura es una actividad de formación y transformación del yo, la lectura es un ejercicio espiritual cuyo alcance es inimaginadamente amplio, afectando la totalidad de nuestra vida que no es otra que la vida cotidiana.

La idea de formar el espíritu en vez de informarlo está en la base de la educación. Pero la hemos olvidado. Leer, estudiar, resulta ser un ejercicio espiritual y debemos aprender (y enseñar) a hacerlo, es decir, detenernos, liberarnos de nuestras preocupaciones, replegarnos sobre nosotros mismos, dejando de lado la búsqueda de sutilidad y originalidad meditando tranquilamente, dando vueltas en nuestra mente a los textos, permitiendo que nos hablen.

La naturaleza ilusoria de nuestra libertad trata de esconder la prisión de la propia violencia y el propio egoísmo, semejante y reflejo del mundo posmoderno, por lo demás, el mundo de siempre.

El mundo actual es retrato del infierno de cualquier mitología, un mundo lleno de creyentes demócratas que no obstante, con sus acciones, acaban aborreciéndola: se dicen convencidos de sus bondades, temerosos de autoritarismos y totalitarismo y fascismos, pero sucumben a sus miedos y a desesperadas apetencias antagónicas.

A no mucha distancia, en las periferias de los manantiales académicos, o de centros de decisión política, hombres, mujeres, niños, se pudren en enfangadas condiciones materiales (y espirituales).

Mientras, la retórica de la reivindicación, la supuesta crítica demoledora de sistemas injustos, solo alcanza para medianamente satisfacer el hambriento ego gustoso de comodidades. Instalados en el prejuicio mezquino de larga duración, toda, o casi toda, la fantasía intelectual claudica ante el automóvil nuevo, el cine, el refrigerador, periódicos, redes sociales, quién anda con quién, ojalá se muera.

Regresan victoriosos con el Vellocino de Oro, pero se olvidan ¿se olvidan? de cambiar las velas negras.

Intelectos prefabricados, sin originalidad, recortados según el común patrón burgués, según el tipo general que detestan. Dogmáticos más que escépticos, buenos modales ladinos, cortesía hipócrita, ingeniosos e inútiles a sus propias causas y aun en cierto sentido útiles a lo que tanto dicen “preocupante”.

DOS

1.      Obcecados en la ética teórica se ciega la posibilidad de ver a la humanidad como un todo común. Un yo sumergido en los hábitos mecánicos y en los reflejos automáticos, lejos de la existencia que no le teme a la angustia porque es existencia perfeccionada.

2.      Plutarco escribió un tratado titulado Sobre si la política es asunto de ancianos. Ahí habla de Sócrates y afirma que no alcanzó consideración de filósofo por enseñar subido a una tarima y desarrollar ciertas tesis, sino que lo fue por bromear, beber, guerrear, ir al ágora y, sobre todos, por beber cicuta. Sócrates demuestra que en cualquier situación, suceda lo que suceda, o hagamos lo que hagamos, la vida cotidiana resulta inseparable de la posibilidad de filosofar, que filosofar no es una actividad reservada a unos pocos contemplativos encerrados en sus gabinetes de estudio, que cesa cuando salen a tomar el aire o dejan de dar clases, se trata, más bien, de algo por completo habitual.

3.      La ética teórica es inútil, la ética práctica es terapéutica, más cuando nos lleva a disfrutar del silencio interior. Silencio de múltiples sentidos, el principal es que impide, con suavidad y gentileza, decir precisamente lo más importante, es decir, habitar la sabiduría.

4.      La ética es una forma de vida, no un código cosificado.

5.      Lo cierto es que algunos pueden encontrar su camino en el budismo o en una actitud escéptica, o incluso en el existencialismo, puesto que propone al menos una forma de vida.

(Ver Hardot, Pierre. Ejercicios espirituales y filosofía antigua. Siruela)

@rivonrl

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