Presupuesto participativo en Querétaro: un camino por recorrer Primera Parte

Hay buenas noticias que, precisamente porque son buenas, merecen ser discutidas.
Este año, el municipio de Querétaro puso en marcha su primer ejercicio de presupuesto participativo. Por primera vez, una parte de los recursos públicos municipales, más de cien millones de pesos, puede destinarse a proyectos propuestos por la ciudadanía y ser seleccionados mediante su participación directa. No es poca cosa. Significa abrir a las y los habitantes una puerta que durante mucho tiempo permaneció mayormente reservada a la administración pública: participar en la decisión sobre dónde y para qué se gasta una parte del dinero público.
Del 6 al 12 de agosto se abrió el periodo para la presentación de proyectos. Vecinas, vecinos, colectivos y organizaciones llevaron sus ideas para mejorar su entorno.
Llegar hasta aquí ha requerido un enorme trabajo institucional, la construcción de una nueva normatividad y también el esfuerzo de organizaciones, colectivos y personas que desde hace años impulsan mayores espacios de participación ciudadana. Vale la pena reconocerlo y, sobre todo, aprovecharlo. Porque los mecanismos de participación también se construyen participando.
Una idea que lleva tiempo dando vueltas
Querétaro abrió una puerta que comenzó a abrirse en otras ciudades hace varias décadas.
La experiencia más conocida de presupuesto participativo surgió en Porto Alegre, Brasil, a finales de los años ochenta. Después, el modelo se multiplicó y transformó en América Latina, Europa y otras regiones. México tampoco ha sido ajeno a estas experiencias. La Ciudad de México cuenta con uno de los sistemas más institucionalizados; Nuevo León incorporó la figura vinculándola con asambleas ciudadanas y organizaciones vecinales, y Jalisco ha desarrollado diferentes mecanismos de participación presupuestaria.
Sin embargo, bajo el mismo nombre existen modelos bastante diferentes. Algunos distribuyen previamente recursos entre territorios; otros permiten presentar proyectos para competir por una bolsa común; algunos utilizan asambleas, otros consultas y votaciones; algunos ponen el énfasis en decidir qué obra realizar y otros en discutir previamente cuáles son las necesidades que deben atenderse. Y ahí comienza una pregunta que quizá tendremos que hacernos también en Querétaro: ¿qué queremos decir cuando decimos que un presupuesto es “participativo”?
Querétaro ya comenzó
La respuesta, por ahora, se está construyéndose. La ciudadanía presentó diversas propuestas de obras, acciones, políticas públicas y programas. Las propuestas pasaron por una revisión jurídica, económica y técnica para determinar cuáles cumplen con los requisitos de la convocatoria. Durante los días 27 y 28 de agosto, personal de la Secretaría de Planeación y Participación Ciudadana, junto con representantes de la sociedad civil, revisó las propuestas ciudadanas, tanto aquellas que habían recibido dictámenes favorables como las que presentaban impedimentos para continuar.
Entre las propuestas de obra pública encontramos banquetas, calles, cruces seguros, parques, drenaje, alumbrado, infraestructura ciclista, espacios recreativos y recuperación del espacio público. Vistas en conjunto, constituyen una especie de mapa ciudadano de los problemas cotidianos de la ciudad.
Todo esto tiene un enorme valor. Los problemas urbanos dejan de aparecer solamente en diagnósticos técnicos gubernamentales y comienzan también a expresarse desde la experiencia de quienes caminan una banqueta, esperan un autobús, atraviesan una calle, llevan a sus hijos al parque o padecen una inundación.
Una vez concluidos los dictámenes, se darán a conocer oficialmente los proyectos que continuarán en el proceso. Después viene el voto. Por eso estos días importan. Hay que conocer los proyectos, discutirlos y participar en la votación. Si queremos presupuesto participativo, una primera condición bastante elemental consiste en participar en él. Pero participar también significa preguntarnos cómo funciona.
¿En qué momento construimos el problema juntos?
Los propios lineamientos queretanos dicen que el presupuesto participativo debe generar un “espacio de diálogo y colaboración” entre gobierno y ciudadanía. Hablan de participación informada y corresponsable, inclusión, rendición de cuentas y equidad territorial. La pregunta es dónde ocurre ese diálogo.
El procedimiento permite que una persona o colectivo identifique un problema, formule una propuesta y la presente. Las instituciones revisan posteriormente si puede realizarse y, finalmente, la ciudadanía vota entre aquellas que resultaron viables. Pero ¿en qué momento nos reunimos para discutir qué necesita nuestra colonia? ¿Cuándo escuchamos los problemas del barrio vecino? ¿Dónde decidimos colectivamente si necesitamos primero drenaje, banquetas, árboles o espacios para jóvenes? ¿En qué momento una necesidad deja de ser “mi proyecto” para convertirse en una prioridad construida entre muchos?
Una cosa es sumar preferencias individuales y otra construir prioridades colectivas. Ambas pueden formar parte de la democracia, pero no producen exactamente lo mismo. Podríamos imaginar que la solución consiste simplemente en reunir a los habitantes de cada territorio y dejar que una asamblea decida. Pero ¿qué ocurriría si cientos de personas deliberan, llegan a un acuerdo sobre determinada obra y posteriormente el gobierno les informa que técnicamente no puede construirse? Ya no sería el proyecto de una persona rechazado por una dependencia. Sería una comunidad organizada exigiendo una obra que el gobierno considera inviable. Democratizar la planeación, por tanto, no significa simplemente sustituir técnicos por ciudadanos.
Quizá la pregunta sea otra: ¿cómo hacemos para que ciudadanos y técnicos construyan conjuntamente las alternativas antes de decidirlas?
El conocimiento técnico podría aparecer antes de la dictaminación. No solamente para decir esto sí o esto no, sino para explicar: de esta manera no puede hacerse, pero podemos intentar resolver el problema de esta otra. Solo podemos decidir con mayor libertad cuando contamos con información suficiente, tanto sobre los problemas de nuestra ciudad como sobre las posibilidades y límites de las soluciones propuestas.
En ese sentido, algunos colectivos ciudadanos comenzaron espontáneamente a hacer algo parecido. Desde que se abrió la convocatoria, acompañaron propuestas, organizaron revisiones, discutieron costos y ayudaron a reformular proyectos. Tal vez ahí exista una pista de lo que estamos aprendiendo en el camino: la asistencia técnica también puede convertirse en una forma de deliberación y formación ciudadana.