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Prevost es León XIV

Es muy temprano para anticipar lo que vendrá con el pontificado de León XIV. Algunas pistas permiten advertir que la elección del cardenal norteamericano-peruano Robert Prevost es la apuesta de la mayoría del colegio cardenalicio para frenar las reformas empujadas en los últimos doce años por el papa Francisco. Al optar por un funcionario de la Curia romana de suaves formas diplomáticas, sin una particular inclinación por el acento en los desafíos del mundo, apostar por la moderación equivale a retroceder.

Su condición de hijo de francés y ecuatoriana-española, originario de Estados Unidos y con la nacionalidad peruana, parece darle un pulso global, pero en momentos como el presente carecer del pulso global habría sido un pecado. La cuestión radica en la dirección que de su pulso se derivará. Su elección evidencia el acento puesto en el orden doméstico, se optó por un experto en derecho canónico, capaz de moverse con fluidez en la corte vaticana (como Prefecto de la Congregación de los Obispos, garantiza paz y armonía con la alta burocracia), a la que Francisco acusó de “narcisista y autorreferencial”, el “leprosario del papado”.

 Proveniente de la potencia económica y militar de Occidente, que experimenta un dramático declive que lleva décadas, no pasa desapercibido su silencio ante las insolentes injerencias del presidente de ese país en el proceso que culminó con su propia elección. Por ejemplo, cuando reveló que su favorito para suceder a Francisco era el ultraconservador norteamericano Raymond Burke, antiinmigrante y detractor público de Bergoglio, y cuando su gobierno, y él mismo, difundieron una imagen del presidente con indumentaria pontificia. A diferencia de la dureza con la que, en este segundo caso, reaccionó el cardenal de Nueva York, Prevost prefirió guardar prudente silencio.

En una institución de símbolos, como lo es la Católica, ha sido notable que en su primera aparición el nuevo papa haya optado por apartarse de la sencillez de Francisco y volver al atuendo tradicional. Al portar la estola “en terciopelo burdeos ornamentada con bordados de oro”, y rematada con flecos dorados, dejó claro que le interesa parecerse más a Benedicto XVI que a Francisco, y le interesa restaurar las formas y el ceremonial de solvente peso en la tradición. Al optar por llevar un discurso preparado, señaló su fidelidad al guion estructurado, incluido el guion de las estructuras de poder en la Curia Romana; esto es, no le interesa la espontánea conexión con sus interlocutores vivos y actuantes en la plaza. El énfasis en la gratitud a los cardenales, en fin, indica que no es prioritario dirigirse al pueblo llano.

 Llama la atención que haya recuperado a Francisco, su predecesor, como una “voz débil pero siempre valiente”. Podrá decirse que aludía a la última aparición de Bergoglio en Roma, sí, sólo que su pontificado tuvo en doce años momentos mucho más significativos en términos de fortaleza. Pudo elegir la voz fuerte de Francisco contra la pederastia y el encubrimiento institucional, como cuando pidió la renuncia masiva del episcopado chileno, E y pudo elegir la voz fuerte de Francisco cuando inició un juicio contra un poderoso cardenal italiano que acabó siendo sentenciado a prisión por la maquinación de un fraude con los dineros de la iglesia.

Como la institución católica se mueve en tiempos largos, medidos por siglos y épocas históricas, la alusión a papas precedentes es una clave para descifrar la concepción del mundo. De ahí que el nombre elegido por el nuevo pontífice sea revelador. No sólo toma distancia del acento social de Francisco, que adoptó el nombre del Pobre de Asís, sino que se decidió por el nombre de un papa que en el siglo XIX (León XIII, 1878-1903) cuestionó no al capitalismo, sino sus excesos, y ofreció, en cambio, un combate frontal contra “el comunismo”. Fue severo no contra la opresión del sistema económico, sino contra el movimiento obrero y el sindicalismo socialista que se proponían organizar a los trabajadores frente al capital, y los acusó de obrar contra la justicia y destruir la organización familiar, al grado de sostener que el comunismo era sinónimo de odio y ateísmo. Llegó a decir que las clases sociales y la desigualdad “constituyen rasgos inalterables de la condición humana, como son los derechos de propiedad”.

Poco puede esperarse de un cardenal norteamericano. Su liderazgo local es escaso: al interior de EU el catolicismo pesa menos del 20 por ciento, además de ser una nación, con o sin Trump, que concita altos índices de sentimiento adverso en el mundo, lo que me parece un defecto de cálculo geopolítico. Y por lo que hace al Perú, si bien de alto catolicismo, su población equivale a una décima parte de EU.

Más allá de las obvias cortesías a su predecesor, nada de fondo planteó respecto de los desafíos de la institución que ahora encabeza. No son pocos los temas acuciantes que le obligarán a mostrar su talante: la exigencia (del episcopado alemán, por ejemplo), de una reforma radical para que el gobierno de la Iglesia adopte un modelo de sinodalidad, horizontal, que incluya a los laicos (133 cardenales eligen, por sí y ante sí, sin consulta de ninguna naturaleza, al líder de mil 400 millones de católicos, de espaldas al concepto conciliar de la iglesia como “asamblea del pueblo de Dios”); la exigencia de abrir el sacerdocio a las mujeres en una institución patriarcal con mando masculino exclusivo; la demanda de conceder carácter de opcional al celibato sacerdotal y la demanda de cambios en la moral sexual (bendición a parejas del mismo sexo y a divorciados vueltos a casar, por citar algunas).

 A nadie importa mi revisión, por supuesto, pero esta designación me confirma que la institución optó por avanzar hacia la marginalidad (el catolicismo representa hoy apenas el 18% del mundo, en tanto que la proporción de ateos y sin religión avanza y pronto le emparejará y podría rebasarle). El colegio cardenalicio optó por las élites, la moderación, el bajo perfil, la institucionalidad y la diplomacia, en las antípodas del clamor de los pueblos rezagados y los segmentos excluidos. ¿Hacia dónde quiere ir la institución? Hacia sí misma, a resguardarse en sus muros mientras pasa el vendaval de la secularización y el “relativismo”, que bien podrían acabar arrasando con ella y con sus tradiciones, estolas bordadas en oro incluidas.

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