Opinión

¿Qué les pasa a los jóvenes, que andan tan apáticos?

María del Carmen Vicencio Acevedo

En un libro de Quino encontré una vez una página llena de cabezas sin cara. En la segunda escena, en una de las cabezas, se dibujó una tímida sonrisa. En la tercera, todas las chollas que rodeaban a la sonriente, se pintaron de furia contra la que se había atrevido a mostrarse distinta. La última escena repite la primera: puras cabezas sin cara.

El peso gris de lo social es tremebundo. Ay de aquél que se atreva a ser negrito en el arroz, a subir o a bajar de tono, y más aún, ay de aquél que se devele arcoíris. El mundo, aunque predique lo contrario, no soporta a los distintos, ni puede permitir que alguien haga algo fuera de lo establecido, porque cree que quien salga del huacal, generará catastrófica reacción en cadena, terrible efecto dominó, dramática caída del frágil castillo de naipes.

Por eso todo se organiza para volver masa a las personas. Eso nos recordó el exitoso Pink Floyd sinfónico, que presenciamos hace algunos días en el auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, con la Filarmónica del Estado de Querétaro y The Surrogate Band. Detrás de los músicos, las escenas de The Wall: Una enorme pared se eleva, para tapar el horizonte, para no permitir ver más allá, para asfixiar la conciencia y la libertad; un montón de niños con uniforme y sin cara, producidos en serie y arrastrados por una banda fabril, caen en un molino escuela mata-preguntas, mata-expresiones, mata-proyectos, mata-sentidos, mata-cerebros, que los convierte en carne molida, puré homogéneo. Por eso Pink Floyd canta “We don’t need more education”, porque la escuela, así como la tenemos, sólo sirve para homogeneizar, para formar al hombre unidimensional, para nulificar todo gusto por lo extraordinario, lo diferente, lo sin igual.

El “no se puede”, “no se debe”, “no protestes porque puedes perder la beca o no conseguirás empleo”, o el “mejor ni le muevas, porque podría salir peor”, son frases que se inoculan en el alma de las nuevas generaciones, para que se conformen, para que no aspiren a algo mejor y, por lo que parece, en quien más mella hacen estas consignas es, ni más ni menos, que en el gremio de los maestros de educación básica y en los estudiantes normalistas. No en balde la Normal se llama Normal.

Nuestro sistema escolar se ha ido estructurando de tal modo que obliga a los niños, a los adolescentes, a los jóvenes estudiantes y a los propios profesores a guardar silencio, a tragarse su sinsentido, su frustración y su rabia, a simular que aprenden y que enseñan, para no quedar fuera del sistema.

Por eso no puede esperarse gran cosa de las reformas curriculares. ¿Qué importa que cambien los temas, los nombres de las materias, las horas asignadas a cada una o los libros de texto, si las estructuras autoritarias profundas permanecen intactas?

Ésta puede ser una explicación al señalamiento de varios expertos, que refiere Laura Poy Solano (La Jornada, 8 de noviembre de 2011): “Excluidos por el sistema, es sorprendente que jóvenes no exijan sus derechos”. Uno de esos expertos, Guillermo Hurtado, expone en su libro México sin sentido que los jóvenes “están apáticos, casi deprimidos. Hay un desánimo muy grande, una falta de idealismo, de sueños; incluso podemos decir que cierto cinismo flota en el ambiente”.

En la misma lógica, unos días antes, Manuel Pérez Rocha, en su artículo “Contra el silencio impuesto, la expresión” (Ídem, 3 de noviembre) advierte cómo, en la educación tradicional, el “hablar en clase, en filas o en otros espacios escolares es falta mayor penalizada con puntos menos en el renglón de ‘conducta’ en la libreta de calificaciones”… Por otro lado, “el pecado mayor cometido por los ‘indignados’ de muchos países, de expresarse pacíficamente, es castigado con represiones violentas cuyas consecuencias son imprevisibles” y por eso a los chicos les da miedo hablar.

Arnoldo Kraus, (En “Dudar: necesidad y decencia”, Ídem, 9 de noviembre) por su parte, señala que los responsables de la Secretaría de Educación cometieron una gran equivocación al eliminar del bachillerato las materias filosóficas, que son las que “siembran preguntas y fertilizan dudas”; son las que proveen a las nuevas generaciones de pensamiento crítico-reflexivo. Con esta decisión, “la anemia moral e intelectual de la SEP”, se ha contagiado a los jóvenes, atizando la barbarie y el individualismo que impide dialogar con los demás y preocuparse por ellos.

Otros autores, sin embargo, consideran que todo lo dicho anteriormente corresponde a una percepción “retro”, propia de quienes pertenecen a la generación de los rebeldes libertarios, disidentes del statu quo y utópicos (del siglo pasado, sesentones hoy), que luchaban en contra el autoritarismo social y escolar. Esta preocupación de los viejos, que de chicos experimentaron la furia, la efervescencia y el entusiasmo del 68, parece hoy un tanto trasnochada: No esperemos que los jóvenes se comporten ahora como nosotros nos comportamos en el pasado. El problema no es de México, es mundial, propio de la época.

Si en el Renacimiento, la juventud estuvo dispuesta a aventurarse más allá de las Columnas de Hércules, a pesar de las advertencias de sus mayores de que, si se alejaban demasiado, llegarían al fin del mundo y caerían en el infierno; si estuvieron dispuestos, en América, a perder la vida para detener la violencia invasiva de los conquistadores; si luego estuvieron dispuestos a morir también para abolir la esclavitud y lograr la independencia, o a luchar en contra de los grandes hacendados y latifundistas, por la libertad, la justicia social y la democracia, los muchachos de estos tiempos ya no tienen esos bríos; se invirtieron los papeles.

Los jóvenes (clasemedieros) se ubican hoy, según algunos estudiosos, en dos grandes grupos (Fascículo de colección de Algarabía, julio-agosto 2011): El primero, la generación “X” (entre los 30 y 48 años), es el de los “desencantados crónicos por convicción” (Francisco Masse). Ellos prefieren no expresarse porque andan “depre”, “ni fu ni fa”; sufrieron cuando niños el abandono, el desenfreno y el peligro que corrían sus padres y hoy prefieren la indeterminación; son “apolíticos” (“We don’t need another hero”), y, cuando hay necesidad de optar, lo hacen por “lo que diga la mayoría” (siempre que esto no los mueva del cómodo lugar en el que están); suelen tener las bajas expectativas sobre el mundo y sobre sí mismos; los caracteriza el escepticismo; en ocasiones acuden a fármacos “para sobrellevar una existencia llena de sinsabores y una insatisfacción perpetua”, o prefieren recluirse en el budismo zen o en los cantos tibetanos y, si requieren adrenalina, en lugar de arriesgarse socialmente, practican algún deporte extremo.

La segunda generación, conocida como “Y” o “millennial”, corresponde a los nacidos entre 1982 y 2000. Son los que aún están en la escuela (si es que ésta no los ha expulsado). A ellos jamás se les ocurriría protestar, pero no porque vean las cosas con mayor optimismo. Simplemente tienen su cabeza puesta en otro lado, que no los estrese tanto. Donovan Landa señala que esta generación, del extremo relativismo o el “todo se vale”, es típica de la era posmoderna (sea lo que esto signifique). Los “Y” están acostumbrados a interactuar con toda clase de “TICs”; son altamente consumistas y tienen poca conciencia de lo que cuestan las cosas. Viven sobre-estimulados y la información que reciben suele ser predominantemente visual, estridente, rápida, simple, breve, digerible; buscan la comodidad y suelen ser sobreprotegidos por sus padres (y es que el mundo exterior es demasiado peligroso) y saben que ante sus errores no recibirán ninguna sanción importante, por lo que toman sus responsabilidades muy a la ligera y no tienen ninguna prisa por independizarse

Lo curioso con esta generación es que, al poseer un individualismo exacerbado, en el que cada quien busca ser diferente al otro, termina por ser también masa amorfa, sumisa al mercado; puras cabezas sin cara. Aunque multicolor, de lejos también se percibe gris; sin capacidad transformadora alguna.

Esta apatía y conformismo, sin embargo tiene límites. A diferencia de los indignados chilenos o españoles; independientemente de lo que suceda en otros países, los jóvenes mexicanos viven, actualmente, en un “coctel explosivo”, que mezcla las exaltaciones publicitarias de la vida desahogada (e inalcanzable), la violencia generalizada, la falta de perspectivas, el sinsentido y autoritarismo escolar, el abuso impune del más fuerte y el patético ejemplo de cinismo y corrupción de muchos de quienes se presentan como “autoridad formal”.

El estallido social que ya tenemos, dista mucho de ser revolucionario, se parece más a una barbarie de múltiples egoísmos y furias sin rumbo. El capitalismo exacerbado que vivimos actualmente hace aflorar lo peor de cada ser humano. Por eso, buscamos unirnos con quienes aún no hayan sido atrapados por las lógicas inmovilizadoras, para construir algo distinto.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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