Opinión

¡Que no se ofenda el presidente!

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En días pasados, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró que “es constitucional la evaluación para los docentes de educación básica”, argumentando que ésta “es coherente con tratados internacionales y permite controlar la calidad del Servicio Profesional Docente”. Esto, después de fuertes controversias ocasionadas por los dislates del Secretario de Educación, al suspender primero, “por tiempo indefinido” la evaluación docente, sin consultar al INEE, y luego, al retractarse y pretender aplicarla, “llueve o truene”.

Extraña declaración la de la Suprema Corte, que no ayuda a superar el problema. Muchas cosas hay escritas en la Constitución que no se cumplen, como la gratuidad de la educación básica. ¿Por qué no se pronuncia la SCJN, enfatizando esa norma? ¿Por qué esa idea reduccionista de que “la evaluación docente garantiza la calidad educativa”?

Más extraño resulta el “argumento” del Secretario Chuayffet: “los maestros que se nieguen a ser evaluados, ofenden al presidente”.

Si algo ha sido constante en el sistema educativo nacional, son las evaluaciones. Desde la Normal, los profesores reconocen a la evaluación sistemática, que los incluye, como parte inherente de su trabajo. Mil veces los docentes han señalado que no rechazan la evaluación, sino de los exámenes estandarizados, que dejan fuera la enorme complejidad de la relación educativa. Muchas veces, durante muchos años, muchos maestros se vienen sometiendo a exámenes estandarizados, en el marco de la carrera magisterial. El que los aprueben, sin embargo, no significa de ninguna manera, que se sean mejores.

Si la educación presenta un grave deterioro, hay que indagar sus causas profundas, poco tematizadas en los debates correspondientes. Tan grave ha sido la denostación de los profesores, por parte de los grupos empresariales y del Secretario de Educación, que los primeros han concentrado su lucha, más en la defensa de sus derechos laborales, que en la de una perspectiva de educación integral y liberadora, en peligro de ser desmantelada, por el embate neoliberal.

Hay tanto ruido en esta discusión que la escucha no tiene lugar. Ni siquiera escuchan los expertos del INEE, que a pesar de haber reconocido, en su momento, la necesidad de hacer evaluaciones integrales (de todo el sistema) y diferenciadas, según cada contexto, siguen insistiendo en comenzar por aplicar exámenes estandarizados a los docentes (lo más fácil, considerando las fuertes presiones de la OCDE y los empresarios).

Algunas ideas pedagógicas permiten reconocer por qué la calidad educativa no se resuelve, examinando a los profesores con pruebas estandarizadas.

Las preguntas, ¿qué es la educación?, y ¿cómo se forman los seres humanos? emergen desde la Antigüedad y varias metáforas intentan responderlas. No sólo existe esa idea de la arcilla moldeable, que luego recibe el soplo divino. Hay otras que dan cuenta de la enorme complejidad del acto educativo y del papel que juegan en el proceso, el maestro, el estudiante y el contexto.

Con la Parábola del sembrador, la agricultura y la educación se develan como tareas que requieren de gran cuidado y paciencia. Las semillas sólo se transformarán en plantas, si caen en tierra fértil y preparada; no entre piedras o abrojos.

Los sabios maestros entienden a la educación como diálogo, como intensa y compleja relación comunicativa, reconociendo que si hay algo verdaderamente difícil de conseguir en una relación humana es la comunicación.

En la búsqueda de comprensión del fenómeno educativo, participan discusiones filosóficas, antropológicas, psicosociológicas, políticas y demás: ¿Para qué proyecto social educamos?, ¿formamos hombres pensantes, responsables, seguros de sí mismos, creativos u objetos útiles al mercado?

¿Cómo se gestan los hombres pensantes?; ¿qué papel desempeña la neotenia o “útero social”, en esa formación?; ¿cómo generar el deseo de saber?, ¿cómo superar los obstáculos epistemológicos y evitar que los errores y las rupturas cognitivas desalienten a los educandos?; ¿cómo diseñar desafíos que provoquen gozo en lugar de frustración?; ¿cómo promover el trabajo cooperativo y el mutuo respeto?

¿Qué ha sucedido con el alma de los chicos, antes, dentro y fuera de la escuela en su proceso de crecer?, ¿qué información asimilan del exterior tan confuso, violento, corrupto, mercantil, superfluo, tan alienante y desesperanzador?

¿Qué pueden hacer los maestros, para comunicarse con esos chicos y para animar su esperanza, a pesar de todo?; ¿qué pueden hacer, con más de 50 estudiantes, muchos de los cuales han sido heridos por la vida, o están desorientados y con la mente perdida en asuntos, del todo ajenos a los contenidos escolares?; ¿qué pueden hacer, los profesores, cuando son sometidos a jornadas exhaustivas y engorrosos trámites, que les impiden detenerse a pensar en lo que hacen?; ¿qué pueden hacer, si además de enseñar, han de ocuparse en conseguir los materiales que requieren para su labor, cuando los gobiernos evaden la responsabilidad de proveerlos?

Éstas y otras muchas reflexiones debieran llevarnos a comprender la complejísima tarea de la formación humana. ¿Puede acaso un examen de opción múltiple medir la cultura, el compromiso, el entusiasmo, la responsabilidad, el amor, la solidaridad, la alegría o el respeto? ¿No acaso estas cualidades caracterizan al “buen maestro”?

Reducir la evaluación a exámenes estandarizados, no es inocuo; terminará por reducir la educación a mero trámite burocrático. La pésima imagen que el Secretario tiene de los profesores, como “roba-exámenes”, terminará por concretarse, por puro principio de supervivencia.

Reflexiones similares, por lo visto están ausentes en los afanes evaluativos de la SEP, del INEE y de los grupos empresariales (que no pueden dejar de ver en la evaluación, un jugoso negocio, que se frustrará, si los disidentes se imponen).

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