Opinión

Querétaro: Sedesol y SCT humillan a ancianos del municipio de El Marqués… por una tele

Por: Jorge Coronel

La terrible e imperdonable falta de coordinación entre empleados de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), más una nula logística, provocaron la irritación de miles de ancianos del municipio de El Marqués el pasado viernes 2 de enero de 2015, durante la entrega de la televisión digital terrestre en terrenos del poco accesible Centro de Congresos de Querétaro (ubicado en el municipio del mismo nombre).

Como mi tía, una mujer de 78 años, ya no puede caminar muy bien, me pidió que acudiese en su representación. La cita era a las 8 de la mañana, yo llegué a las 9.30 am y ya había dos filas inmensas: una dedicada a la gente de la “tercera edad” y la otra dedicada a personas beneficiadas con distintos programas dizque sociales (más bien, de corte electorero).

Transcurría la jornada sin anomalías, el avanzar de las filas era lento pero seguro (una cierta agilidad).

El caos comenzó alrededor de las 11 de la mañana: de pronto las inmensas filas empezaron a estancarse hasta que de plano ya no hubo avance alguno. Pasaron 30, 50 y 60 minutos. Y llegaron otros 60 minutos ¡y nada de avance!

(Los ancianos llegaron de todas partes: de las comunidades de Atongo, El Lobo, Agua Azul, etc.; y se trasladaron como pudieron al poco accesible Centro de Congresos: la mayoría en autobuses rentados. Y estuvieron en la cita llevando consigo sillas de ruedas, muletas, andaderas. Es como si el ser humano, esa extraña mezcla de “pecados y santidades” —Ernesto Sábato dixit— pagara por todos sus excesos en la vida).

Afortunadamente, llevaba conmigo el libro “Odio a los indiferentes”, de Antonio Gramsci, el cual devoré como en una hora, por lo que, en esos momentos, no se me hizo tan pesada la tardanza:

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir significa tomar partido. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede ser no ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Y de regreso a la realidad, los ancianos del municipio de El Marqués comenzaron a desesperarse; uno de ellos, formado en la misma fila mía, espetaba: “Esto que nos hacen es inhumano”. Otra señora decía: “Aquí estamos, todos chuecos, pero aquí andamos, no se vale que nos hagan esperar tanto. ¡No avanza nada la fila!”

Don Gelasio, oriundo de La Cañada, cabecera municipal, afirmaba: “Ya fui hasta adelante para ver qué pasa. Son los de la Sedesol y la SCT que no se ponen de acuerdo. Ya les reclamé. Me dijeron que les estaba faltando al respeto. ¡Pero es que ellos se lo buscan! Mira cómo sufren las señoras. Uno todavía aguanta, ¿pero ellas? ¡Son chingaderas las que nos hacen!”

Otra señora agregaba: “Han de creer que con esta tele tienen el voto asegurado. ¡Nada está asegurado!”

Vi cómo tres señoras se desmayan en un lapso de 30 minutos, producto del intenso sol (en pleno oportunismo, el priista de La Cañada, Juan Martínez conocido como “El Pelos”, derrotado en el 2012 en el cargo a presidente municipal, saludaba a todo mundo con la hipocresía característica de los que sólo ven a la gente un número más, un voto posible. ¡Cuánto descaro!).

El rosario de quejas seguía, la desesperación hacía que más de uno abandonara la fila (“ya me anda del hambre”, me confesó una señora que mejor se regresó a casa a “comer”).

Por fin, a eso de las 14:00 horas, las filas otra vez avanzaron. Los empleados de la Sedesol y de la SCT sólo dejaban pasar a cierto número de personas. Lentitud infame. A mí me tocó llegar al segundo filtro a eso de las 15:30 horas. Hubo una escena terrible: ¡empleados de la SCT y Sedesol discutían entre sí porque no se ponían de acuerdo para ver cuál fila avanzaría primero! Otra pérdida de tiempo. ¡Adentro sólo cuatro personas atendiendo, en ventanillas, a miles de personas!

Otra escena brutal: fue tal la falta de planificación que ahí mismo se tuvo que improvisar gente para atender a las personas (“¿A quién le toca esta parte?”, “¿cómo te llamas?”, “¿esto cómo se hace?”, se cuestionaban entre sí los improvisados empleados).

Por si fuera poco, un tipejo que atendía una de las ventanillas, prepotente, déspota, se burlaba de la condición humilde de más de uno de los asistentes. Me tocó presenciar esto: una mujer joven, oriunda de la comunidad de Jesús María, en representación de su padre enfermo, tuvo que soportar a ese empleadillo (pregunté por su nombre: nadie supo), cuando éste le recriminaba que uno de sus papeles estaba manchado: “Ha de ser de pulque y de mole y otras cochinadas, como acostumbran en sus ranchos”.

Ahí ya no aguanté más, mandé todo a la goma, ya no soporté más humillaciones, salí, furioso, a eso de las 5 pm. Y pude ver, cuando llegué otra vez al exterior, que mucha gente hacía todavía filas…

“¿El ser humano ha caído tanto que se deja humillar en aras de conseguir una tele?”, me largué, caminando, para descargar mi furia, haciéndome ésta y otras preguntas.

De mi mochila saqué, nuevamente, el “Odio a los indiferentes”:

“La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bala de muerte para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes…”

Y porque yo también odio a los indiferentes, escribo este texto. Y porque odio la humillación, por eso esto escribo…

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