¿Realmente es posible escuchar-nos? Educación alternativa: ¿acierto o error?

Paulo Freire, uno de los pedagogos que más ha inspirado a la Nueva Escuela Mexicana, definió a la educación como “comunicación de las personas entre sí y con el mundo”. Su apuesta fundamental fue no solo aprender a leer el mundo, sino “dar voz a los sin voz”. Los hechos, sin embargo, dan cuenta de la enorme dificultad que esto implica en la “era de la hiper-comunicación”.
Charlando con una amiga quinceañera escuché dos razones que se repiten en otros espacios: “Los adultos (en casa y en la escuela) no saben escucharnos o no tienen tiempo, pues están demasiado abrumados con sus cosas; se ponen muy tensos o se enojan y su actitud no ayuda…” “La gente grande debería entender que a nuestra edad somos muy tímidos; no nos atrevemos a expresar lo que realmente sentimos; nos da miedo o vergüenza…; como que no encajamos en ningún lado, en especial los varones; juntos pueden hacer mucho ruido, pero comunicarse, lo que se dice comunicarse, ¡para nada!”.
Muchos adultos perciben lo mismo a la inversa: “Por más que les insistimos, no escuchan; creen que pueden dominar al mundo solo con su celular, y lo que podamos decirles es tratado a priori como caduco”. “Como docente me enfrento a desafíos opuestos casi insuperables: Entiendo que quedó atrás la ‘pedagogía de la saliva’ y que debo promover que todos participen, pero cuando planteo alguna propuesta de trabajo o algún problema de conocimiento que, según yo, generaría buena discusión, solo se impone el silencio. Otras veces, en cambio, hay tanta algarabía, pues todos quieren decir algo ante el nuevo chisme, que no puedo más que pedir ‘guarden silencio, por favor’ (aunque atrás siempre hay alguien que calla por temor al juicio). Sus voces se atropellan y cambian de tema una y otra vez sin cerrar nada; prejuicios y dogmas chocan, los ánimos se encienden, y tratar de encausar el ruido de la masa, para que escuchen las barbaridades que dicen y distingan hechos de creencias o rumores, parece inalcanzable…”.
La llamada “comunidad digital” no es tal; unos y otros presumen de pertenecer a muchas redes, aspiran y compiten por tener numerosos seguidores, pero rara vez hay un vínculo; pocas veces hay lectura reflexiva de los mensajes recibidos y, aunque todos defiendan su “derecho a la libre expresión”, abundan más bien los reenvíos en automático.
Las plataformas no producen comunidad. Me sorprendió la lucidez de la chica con la que platiqué sobre lo que llaman “burbuja algorítmica”. “Es curioso”, decía, “que estamos como encapsulados, creyendo que ya hicimos amigos de todo el mundo y que podemos formarnos una opinión sobre cualquier tema porque nos llega demasiada información, pero lo que recibimos es lo que queremos oír y lo que oye cada quien es distinto; entonces no hay comunicación; no vemos lo que pasa fuera de esa burbuja”.
En muchos casos se observa un extraño ensimismamiento: los individuos se encierran, pero sin poder siquiera escuchar su yo interior por el ruido que satura su mente.
El problema es tan grave y complejo que la SEP de Mario Delgado —acusada recurrentemente de “sorda” por gran cantidad de profesores, comprometidos con el mejoramiento de la educación pública— ahora impulsa un debate nacional (¿tardío?), para analizar cómo regular el uso de dispositivos digitales en las escuelas.
La SEP ha sido sorda en muchos sentidos, porque sigue sin escuchar que la educación pública constituye un área estratégica fundamental en la construcción nacional, y que la docencia en el nivel básico es una de las profesiones más complejas e importantes que existen; sobre todo ahora que el gobierno de la 4T enfrenta el pesado embate de la derecha plutócrata global.
No se trata de que los profesores cambien de giro a coaches; cada adulto en su micro-espacio familiar o escolar tiene la ineludible responsabilidad de garantizar momentos de co-escucha activa, para evitar que la IA sea la principal interlocutora y todos terminemos arrastrados por el desquiciamiento social.



