Opinión

Reencuentro con “El principio esperanza”

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@gotmaiul.com

PARA DESTACAR: La tremenda sacudida que representó el triunfo de Donald Trump está moviendo a muchos mexicanos, para impulsar miles de iniciativas, dirigidas a fortalecer nuestras economías locales, frente al gran imperio de los Estados Unidos.

Cada fin de año, varios acostumbran hacer una limpieza profunda de sus casas para deshacerse de todos esos trebejos inútiles que han ido acumulando. Esta práctica anual, sirve también como metáfora para el espíritu, para deshacerse de las malas vibras que fueron invadiendo el espacio vital y reencontrarse con otras, alentadoras.

Mientras limpiaba mi biblioteca reencontré ‘El principio esperanza’ de Ernst Bloch, un filósofo judío-alemán, militante marxista, de principios del siglo pasado, que dio un giro importante al planteamiento de Tomás Moro y su ‘Utopía’.

Recordemos que ‘Utopía’ es el nombre que dio Moro a una isla imaginaria, habitada por una comunidad que se organiza y convive, de modo radicalmente opuesto a la sociedad inglesa de la época (el Renacimiento). En esa isla no hay propiedad privada, ni posibilidad de acumular riquezas. Todo es común y reina la igualdad, la justicia y la felicidad; aunque nadie posea nada, todos son ricos porque disfrutan de todo lo que comparten.

Desde entonces, la palabra “utopía” suele designar, peyorativamente, a los proyectos sociales que se consideran irrealizables.

Además de ‘Utopía’, surgieron entonces otras ficciones sociales como reacción al dolor que causaba su entorno: violento, injusto, miserable, resultado de la tremenda crisis económica que sacudió al régimen feudal, y dio lugar a otro modo de producción. Con este cambio, se transitó además, de una cosmovisión teocéntrica (Dios dicta la vida de las personas), a otra antropocéntrica (el ser humano es el responsable de lo que le sucede).

Ernst Bloch, en su análisis etimológico de la palabra (del griego “u”: no, y “topos”: lugar; “el no-lugar” o “el lugar inexistente”), la resignifica desde la perspectiva de LO POSIBLE: “Aún no existe, pero puede llegar a existir”. Así la utopía deja atrás su connotación de quimera, para concebirse como proyecto o visión de futuro; como motor que impulsa la concreción de los sueños.

Sin sueños, la realidad se estanca y el ser humano sucumbe. Con el principio utopía se impulsa el movimiento de la realidad y la humanidad renace una y otra vez, inaugurando nuevos caminos de vida.

Si la realidad se mueve, se abre un inmenso horizonte de preguntas y también de esperanzas: ¿cómo se mueve?, ¿por qué se mueve?, ¿qué la mueve?, ¿hacia dónde se dirige?, ¿cómo puede reorientarse su movimiento? Estas preguntas han dado lugar en Latinoamérica a diversos planteamientos esperanzadores, como el de la Epistemología Crítica del chileno Hugo Zemelman, de gran influencia en México.

En los últimos tiempos, sin embargo, esas preguntas parecen haber perdido vigencia entre amplios sectores de la población mexicana; en especial entre esos jóvenes que no ven otros horizontes, más allá de la voraz sociedad de mercado.

Ya, desde 1992, el politólogo Fukuyama había cancelado (o pretendido cancelar) otras opciones de futuro, a través de su polémico libro ‘El fin de la Historia y el último hombre’, en el que asegura que “la historia humana, como lucha entre ideologías, ha concluido, para dar lugar a un mundo, basado en la política y la economía de libre mercado”.

Con el nuevo orden económico y con el fracaso del llamado comunismo real, “se paralizó el motor de la historia, y la única opción viable es el liberalismo democrático”. Así, se impone el pensamiento único. Según este pensador, las ideologías ya no son necesarias, pues han sido sustituidas por la economía. La historia y el futuro serán, entonces, determinados por la ciencia…

Aunque este planteamiento ha sido seriamente cuestionado, pues el mundo sigue convulsionando y surgen nuevos fundamentalismos, contrarios al neoliberal, así como muchas formas creativas de resistencia, pareciera que el pensamiento dominante en México, en especial el de la clase que nos gobierna, se quedó atrapado en esa idea.

Por fortuna, la tremenda sacudida que representó el triunfo de Donald Trump está moviendo a muchos mexicanos, para impulsar miles de iniciativas, dirigidas a fortalecer nuestras economías locales, frente al gran imperio de los Estados Unidos. Por doquier se intercambian mensajes que invitan a dejar de comprar productos “gringos”, o de ser usuarios de servicios con sus marcas.

Sin embargo, si hacemos un recuento de todos los negocios y productos que en cualquier plaza queretana tienen nombres en inglés, y si observamos las enormes ganancias que tuvo la venta del pasado “Buen Fin”, habremos de reconocer que hay un largo camino por recorrer, para renovar nuestra identidad nacional, empezando por conseguir que los mexicanos deseen y le encuentren sentido a andarlo.

¡Ánimo! El principio esperanza, convence de que los pequeños esfuerzos, articulados con otros, pueden ser la chispa que prenda una gran revolución.

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