Opinión

Responso por un poeta queretano, mexicano y universal

Por: José Luis de la Vega

José Luis Sierra Saucedo falleció el 18 de mayo de este aciago 2013, a la edad de 64 años, pues nació en 1949, en su querida Ciudad de Querétaro. Mas, José Luis Sierra (como siempre firmó su legado literario) es y será un intelectual pleno del conocimiento, que sólo es posible transmitir por medio de la poesía. Con fervoroso empeño, desde su temprana juventud, cultivó la lírica  y los diez títulos publicados a lo largo de su vida, no dejan mentir.

En su oportunidad, a quince días de su desaparición física, para hacerle un mínimo homenaje póstumo y enaltecer su memoria, Radio Universidad Autónoma de Querétaro trasmitió un programa en el que nos acompañaron los poetas Arturo Santana, Blas C. Terán y José Andrade Urbina. Tomando como base mi intervención en aquella tarde, redacto el presente texto testimonial del pleno reconocimiento que tengo para su vida y su quehacer literario.

Más allá de su paso por las aulas de la, entonces, Escuela de Derecho y de la, hoy, Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Querétaro de la que egresó  y de sus estudios de Filología en Madrid y Málaga, como de su provechosa carrera en la academia universitaria y de que fue residente invitado en la Universidad Estatal de Nuevo México (EUA) y, dos veces, de la Universidad de Amberes (Bélgica), Pepe, como aún le decimos sus amigos, será el poeta que repetidamente se asumió en vida y el que siempre quiso ser. Un poeta queretano, mexicano y universal.

Un recuento de su obra nos lleva a Olga, Ediciones El Juego. Querétaro, 1979; Paisaje con país y árboles nuevos, Universidad Autónoma de Querétaro. Querétaro, 1982; Clamor desde lo hondo, UAQ. Querétaro, 1986; Ritual Monográfico en Mientras llega la claridad, Universidad Nacional Autónoma de México, en la colección El Ala del tigre. México, 1987; Sueña canarios, amor. Joan Boldó i Climent Editores. Querétaro, 1991; Ritual Monográfico (poesía 1972-1987), Fondo Editorial de Querétaro, en Autores de Querétaro. Querétaro 1993; Memoria ocupada, Praxis Editores/Presidencia Municipal de Querétaro. Querétaro, 1995; Para la historia de las decisiones de la Ciudad de Querétaro, ilustrado por Carmen Capdeville, Edición de autor. Querétaro, 1996; Patio Menguante en La luz colérica. UNAM; El ala del tigre. México, 1998; Una ciudad para José María y otros poemas.  Primera edición, Universidad de Lovaina y traducido al flamenco por el poeta, Esteefan van den Brent. Bélgica, 2004 y una reedición del mismo poemario realizada por Calygrama. Querétaro, 2012.

Sin duda, nuestro poeta muere reconocido por el mundo cultural y social que lo rodeó. Para darnos cuenta, sólo basta buscar en la prensa y en la red la noticia de su deceso. Como muestra de su importancia literaria, únicamente diré que participó en el Encuentro de poetas del mundo Latino, celebrado en Monterrey, capital del estado de Nuevo León, en 2001 y apenas, en el pasado mes de marzo, la Universidad Autónoma de Querétaro y el Instituto Queretano para la Cultura y las Artes, le rindieron un cumplido y justo homenaje.

José Luis Sierra dedicó gran parte de su vida a fomentar el conocimiento y difundir la cultura. Entre su fructífero quehacer y a manera de ejemplo, señalaré que fue editor del legendario Ruido de las letras (Suplemento cultural del Diario Noticias, que inició Paula de Allende). También, fue editor de Gobierno del Estado de Querétaro, fundador de la Revista Superación Académica, del SUPAUAQ y conductor de los programas radiofónicos Acá la letras y Leernos por la tarde en nuestra entrañable Radio UAQ. También se le recuerda como el primer presidente del Instituto Electoral de Querétaro.

Pero, lo importante es que la poesía de José Luis Sierra contribuye a reconocernos como en un espejo, a encontrarnos. En algunos de sus mejores momentos, lo hace con una sorprendente brillantez de azogue o con abigarradas sombras de obsidiana. Siempre incisivo y esclarecedor, con versos tan delicados como la espuma o duros tal espadas de diamante, Pepe nos deja ver lo que nos duele, lo que nos da placer, miedo o alegría. Como prueba de mi dicho, me permito transcribir tres poemas, incluidos en Esos que no hablan pero están, la Antología de poetas en Querétaro, nacidos entre 1940 y 1969, realizada por los adelantados Román Luján y Luis Alberto Arellano.

Matar los ritos

Piensa en la niebla;

en el riesgo de la media voz,

en el mínimo secreto de la luz,

los murmullos perceptibles de las hojas

en el estío;

cuando se prenden las almas

en los labios de los viejos.

Las ceremonias se acurrucan en la madrugada:

hay que dejarlas dormir,

abandonarlas…

(Patio menguante)

Una muerte

Ustedes me han mentido,

papá, mamá. La muerte no se pasea

con los pájaros;

No es cierto que se asome por la ventana

en las noche como aviso.

Yo he visto como el viento la revuelca

entre los lodazales.

Lo que enterramos son los cuerpos flacos

sin alma, en cajas como panes para el horno.

(Clamor desde lo hondo)

 

Tengo que decir

Tengo que decir

enfermo

a cada rato

que se deshilacha

mi estructura

que me siento mal

de la cabeza

que mi ojo izquierdo

cambia sin orden

ni dirección exacta

que me arde la piel

si te me arrimas

que tengo tantas

maldiciones

en mis manos temblorosas

que me duele el corazón pues

que me jode.

(Clamor desde lo hondo)

Así pues, pido luz para el poeta, para sus familiares y amigos, para Tie-Rodrigo, Dalia y José María, sus amados hijos, para Tere Ortiz que, aquella tarde, estuvo en los controles, para Lupita Hernández Lugo que tomó la foto fija y para los que estuvimos en cabina, Arturo, Blas César, José y un servidor, que también somos sus deudos.

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